viernes, 9 de septiembre de 2011

La deuda de Jarlax (I)

Jarlaxle me había dejado una nota. Un citación en su habitación diciendo darme lo prometido. No sabía que ponerme y elegí algo sencillo. Cuando hubo llegado la hora, fui hasta su cuarto y llamé. Me abrió en seguida y se me cortó un poco la respiración; sólo llevaba pantalones. Aquel magnífico pecho desnudo me hizo derretirme.
-Pasa, cariño, no te cortes -me instó.
Pasé y me exhortó con su cálida voz que me quitara la ropa.
-¿Así, tan pronto? -me quejé.
-Confía en mí.
Con un suspiro me despojé de mis ropas, quedando completamente desnuda para él. Sus ojos ávidos recorrieron mi cuerpo con lujuria y se pasó la lengua por los labios resecos.
-Túmbate boca abajo en la cama, mi dama -me susurró al oído, acariciando lentamente mi abdomen.
Me estremecí y obedecí. Apoyé la cabeza en los brazos cruzados y le miré con curiosidad. Él trajo un cuenco en el que había un líquido con olor a grosellas y frambuesas. Lo dejó encima de la mesa y se untó las manos. Las pasó por mi espalda, dándome un masaje.
-¡Oooh! -gemí.
Sus manos eran maravillosas, sus caricias dulces. Jarlaxle rió y vertió parte de aquella delicia en mi espalda. Estaba algo templado. Me masajeó los hombros, librándolos de la tensión, siguió por la espalda y las caderas. Sus manos eran suaves y delicadas, a sabiendas de como era mi piel. Yo deseaba que bajase un poco más y que me encontrase como tantas veces. Si bien regresó a mis hombros y siguió en el cuello.

Me levantó un poco el pecho para poder masajearlos, tocarlos a su gusto y placer. Me pellizcó y gemí. Quise darme la vuelta pero una de sus manos se puso en mi espalda, imposibilitando tal movimiento.
-Quieta, déjate llevar.


Y lo hice. Él consiguió que me relajase. Siguió con aquel pecaminoso masaje y sonreí cuando bajó por mis caderas. Me mordió la oreja y susurró:
-¿Qué tal fue con Entreri, amor?
-Muy dulce.
-¿Cómo de dulce?
-A punto de superarte -le respondí para picarle.
-Eso ya lo veremos.
Me hizo darme la vuelta, y, sin cesar en el recorrido de sus manos a lo largo de mi piel, una de sus manos bajó hasta encontrarme. Gemí sin remedio, pues era todo un maestro. Sabía cómo complacer a una dama tan libertina como yo.
-¿Sigues pensando que Entreri es mejor que yo? -susurró él, con aquella melodiosa voz tan sensual que hacía que se me erizase la piel.
-Sí.
Me mordió el cuello, jugó de una forma pecaminosa con los pétalos de mi flor. Creí volverme loca.
-Oh, Jarlaxle -gemí.
Él se rió con aquella risa tan dulce y seductora, propia de él. Sus manos me masajearon los senos y el vientre. ¡Qué dulce sensación! Estaba muy húmeda, tanto que de seguro que él ya se habría percatado. Deseaba que entrase en mí, que me hiciese el amor hasta que los dos ya no pudiésemos más, quería acabar hasta la extenuación, sentir su fuerza, su potencia, su dulzura y su amor.
-Aún no, cielo -me susurró, como si hubiese leído mis pensamientos.
Dos dedos se colaron pícaramente en mí y arqueé la espalda. Tan suaves, tan sedosos, tan... traviesos.
-Por favor... hazlo ya... -le supliqué.
Si bien solo me sonrió -una sonrisa que hizo que me derritiese como una tetera de chocolate al fuego- y negó con la cabeza.
-Ten paciencia. Esto es solo el principio, amor mío.

4 comentarios:

No decir dijo...

No he podido parar de leer.
Gracias un beso.

Caricias dijo...

Másssss, quiero más!!!
Un besazo y mis masajes, digo mis caricias!

Paty C. Marin dijo...

¡Ajá!

Pues que suerte haberte encontrad, porque te perdí la pista tras el cierra del blog u.u (encima no puedo acceder, sniff)

Te sigo ;)

Wilhemina dijo...

Yo si que me derrito leyéndote! Ö