miércoles, 4 de septiembre de 2013

Juegos infantiles

Su hermana la perseguía por todo el jardín, en uno de los muchos juegos inventados para pasar el rato antes de que ambas se hicieran mayores y se distanciaran. La mayor llevaba una flauta corriente y se hacía pasar por una pueblerina a la que el destino había elegido para una importante misión. La tarea de la pequeña era más simple: convencer a la pueblerina para que tocara una canción y le fuera revelada su misión.

La hermana mayor se sentó al borde del estanque y al fin, la menor le dio alcance.
-¡Tócala de una vez y acabemos con este estúpido juego! -dijo ella, aburrida. Ya desde el primer momento le pareció una sandez.
La hermana mayor, interpretando su papel, obedeció y, teatralmente, se sorprendió de algo que no estaba pasando.
-Fin del juego -dijo la otra, con exasperación-. Me voy dentro, no quiero jugar más a estas tonterías -refunfuñó.
Sin embargo, la mayor se quedó observando su flauta, rodeada por motas de polvo verde brillante. Un aura de luz rodeó el estanque...

Un mundo en peligro la necesitaba y no regresó hasta la hora de la comida.


jueves, 1 de agosto de 2013

Una parada

Llega Agosto y es un mes muy típico en las vacaciones de más de uno. Y como no somos menos, ha llegado la hora de tomarse un pequeño descanso. Nos vamos hoy y regresamos con más energías el uno de Septiembre.

¡A disfrutar del verano, se ha dicho!


jueves, 18 de julio de 2013

Delicias escondidas

Iba de camino a la cocina cuando oyó el primer crujido. Arqueando una ceja, se asomó al pequeño armario que usaban para guardar la compra. Se había sentado en el suelo, mientras comía barquillos de canela y leía, absorta de toda realidad.
-Eh... -dijo, entreabriendo la puerta-. No te comas todos los barquillos de canela. No van a traer más.
-Descuida -repuso ella, haciendo como si la hubiera oído.

Al día siguiente, tras preparar el té se fue en busca de los famosos barquillos de canela. Ya podía haber buscado y puesto patas arriba que no los encontraría.

jueves, 11 de julio de 2013

Hoy escribo estas lineas solo para ti.

Hoy no relataré ni escribiré nada, pues quiero dejarte este espacio para ti, para tu historia.

Hoy dedico mi espacio para ti.

Hoy dejo que seas tú quien habla y escriba a través de mi boca y mis dedos.

Hoy empieza la historia de tu vida.

miércoles, 3 de julio de 2013

Trágico

-El fuego solo quiere comer.

Fue lo último que dijo Dallas antes de prender la cerilla en la fuga de gas.

jueves, 27 de junio de 2013

Caído del cielo

Era un día como cada mañana. Los aldeanos estaban con las manos metidas en las mangas, hablando de la excesiva disminución del comercio cuando de repente, empezó a tronar. Fue bastante extraño, porque en el cielo no había ni una sola nube...

Pero sí una extraña línea temporal blanca que perturbaba a todo el que lo miraba. Oyeron una risa salida de otro mundo (literalmente) y una cosa con extraña forma empezó a caer de lo alto del cielo. Lo más raro del asunto no era la grieta pixelada. Era la cosa. La cosa que no estaba ni mucho menos hecha con el modelo estándar del Dios Cúbicus.

Y cuando tocó tierra, toda la vida en Cúbica se extinguió.

Para prevenir esto en otros mundos, en las fallas temporales siempre habrá una mano que te escupa un papel que ponga:

Por favor, no arrojen basuras

jueves, 20 de junio de 2013

No quiero...

Aquí, frente al altar y a punto de dar el sí, recuerdo la primera vez que te vi. Tengo grabadas en la mente las prendas que vestías. Esa camisa negra que contrastaba con lo pálido de tu piel, pero resaltaba el color de tu alma, la que me mostraste con tu limpia y bella sonrisa. Los pantalones vaqueros un poco rotos que me hicieron pensar eras algo rebelde, y no es que no lo fueses, eso fue tal vez lo que más me atrajo, sino que además también te faltaba dinero.

Sigues teniendo una posición económica poco privilegiada, pero la riqueza de tus sentimientos, para cualquiera con la capacidad de apreciarlo, bastaría para ser tres veces lo feliz que es. Yo lo noté, y por eso me entregué a ti sin siquiera saber tu nombre. Por eso abrí mis piernas para recibir tu juventud y dejarte entrar a mi vida, para ver si así dejaba de ser una anciana a los veinte. Por eso me enamoré de ti. Por eso supe que de no vivirla contigo, la vida no tendría sentido.

Aquí, frente al altar y a punto de dar el sí, recuerdo esos amaneceres a tu lado y quisiera cortarme las venas y ahogarme en mi sangre, porque ese hombre de quien pronto seré esposa, no tiene ni la décima parte de tu belleza.

viernes, 14 de junio de 2013

Who am I?

Realmente me he llegado a preguntar muchas veces quién soy. Pero no a nivel de cuál es mi nombre, identidad, persona física viva y existente en un mundo llamado Tierra.

Soy lo que soy, soy lo que los demás ven de mi, soy lo que los demás opinan de mi y lo que yo opino de mi. Soy quien mis padres quieren que sea, soy quien mi jefe quiere que sea, soy quien mis amigos quieren que sea, soy el dueño de mi vida, soy mil y una personas a la vez y nunca dejo de ser yo. Porque ese yo existe en ellos y a la vez existe en mi.

Pero ante tanta vicisitud psicológica quién es el verdadero y autentico YO? Me habré perdido por el camino? Seguiré manteniendo mi personalidad y esencia intacta tras tanto contacto social? Siendo tan camaleonico? Aprendiendo de los demás, adquiriendo una parte de ellos y añadiéndola a mi ser, del mismo modo que ellos se llevan un trozo de mi ser.

Realmente soy Yo? o soy lo que ellos quieren que sea? Soy un Frankenstein mental?

Quién soy?

Quién eres tú? Realmente eres quien crees ser?

Yo hace tiempo que me lo pregunto... y sigo sin hallar la respuesta.

miércoles, 5 de junio de 2013

El señor Tortuga

Érase una vez un señor Tortuga que deseaba salir con una señora Tortuga. Parecía una tarea bastante sencilla, pero el señor Tortuga era muy, muy, muy tímido y siempre que intentaba hablar con la señora Tortuga, sus palabras se atropellaban, se ponía muy nervioso y entonces la señora Tortuga perdía todo interés por él.

Un buen día, se encontró quejándose en voz alta, siendo oído por el señor Conejo. El señor conejo tenía unos bigotes muy largos, un rabo con forma de bola de algodón y era todo gris a exceptuar por una mancha negra en una de sus patas. El señor Conejo le preguntó al señor Tortuga por qué estaba tan triste.
-Oh, señor Conejo. Quisiera pedirle salir a la señora Tortuga. ¡Pero soy, ay, tan tímido que tartamudeo, soy lento y ella pierde todo interés por mí después de dos horas intentando decir algo coherente!
El señor Conejo se quedó pensativo largo rato, haciendo esperar pacientemente al señor Tortuga. Por fin, una idea surco rauda su mente.
-¡Ya lo tengo, señor Tortuga! -dijo el señor Conejo, muy entusiasmado-. En lo profundo del bosque vive una bruja. Ve hasta ella y cuéntale tu problema. Ella sabrá qué hacer contigo.
El señor Tortuga se animó entonces y recorrió el largo y ancho camino que llevaba hasta el corazón del bosque, donde una humilde casita se alzaba entre la maleza.

La bruja, por suerte para el señor Tortuga, se encontraba barriendo las pequeñas escaleras que conducían a su casa y le vio llegar.
-Buenos días, señora bruja -saludó muy cortésmente el señor Tortuga.
-¡Oh! -exclamó la bruja-. Pero, ¿qué tenemos aquí? ¡Una tortuga! ¡Huy! Usted perdone. El señor Tortuga. ¿Qué desea, señor Tortuga?
Y el señor Tortuga, feliz y viendo que sus problemas tocaban a su fin, le contó a la bruja su lío con la señora Tortuga. Entonces, la bruja asintió y dijo:
-Sé exactamente qué voy a hacer contigo.

El señor Tortuga acabó siendo sopa de tortuga, devorado gustosamente por la señora bruja, que se lamía aún los labios mientras echaba la siesta.

¿Moraleja? Nunca te fíes de un conejo que habla.


miércoles, 29 de mayo de 2013

Inexistente.

Dijo ser testigo,

dijo ser Dios,

dijo ser natural.

No era nadie.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Presente

Un nuevo atardecer se presenta ante mi.
No puedo cambiar el pasado mientras el presente se sucede y el futuro se decide.
Pasado por el cual muchos inviernos sucedieron para dar lugar a una primavera dorada.
La primavera dio lugar al verano y con el verano, el otoño.
Un duro otoño por el cual, como en la metáfora de la Fontaine, la cigarra nunca está preparada.
La cigarra canta, baila, disfruta del hoy sin pensar en el mañana.
Mañana en el que la hormiga sí pensó.
La hormiga mantendrá la cigarra en el otoño e invierno venidero.
El invierno se acerca y todo por lo que luchamos se muere.
Mueren las flores, la yerba, el ganado...
Muere el Sol con este atardecer.

Dime tú que tan sabio eres, ¿habrá un mañana para la hormiga mientras exista la cigarra?
¿Volverá el Sol como cada mañana?

¿Habrá un mañana?

Dime tú que todo lo sabes... pues yo soy ignorante e inepto.
Ignorante e inepto porque es lo que aprendí de ti.
Y tú, eres quien todo sabe...

miércoles, 8 de mayo de 2013

Huesos anchos

Atención: Este relato contiene material adulto explícito.


Estaba agotado cuando fue a comprar la cena, pensando en qué cocinar por el camino. Sin embargo, en la búsqueda del pasillo de la pasta, se encontró con una visión extraña y entumecedora en el pasillo de los vinos. No era un entusiasta de los vinos, pero se adentró en ellos solo por curiosidad de lo que allí había. Era grande, enorme, gigantesco. En una primera mirada, hecha por el rabillo del ojo parecía que al hombre, ese gigante, le sobraban algunos kilos. Empero, mientras observaba con fingida atención los caros precios de vinos que no creía que llegara a tocar jamás, era algo más que eso. Era un hombre de huesos anchos. Se sintió estúpido pensando en aquel hombre de dimensiones enormes.

Su tez estaba recorrida por la incipiente barba de unos días, sus ojos oscuros oteaban en una botella de vino que sujetaba en una de sus grandes manos. Su cabello oscuro parecía algo revuelto, con un vago intento de mantenerlo en algún orden. Tragó saliva cuando una idea aún más absurda decidió cruzar su mente, fugaz como una estrella que ralla momentáneamente el cielo. ¿Cómo sería que aquellas manazas rodearan el cuerpo de una mujer... o un hombre en un pleno acto de sexo? ¿Cómo sería desnudo? ¿En qué posición?

Sacudió la cabeza, continuó caminando y pasó al lado del hombre de huesos anchos. Sí, definitivamente lo era. Probablemente también fuera fuerte pero no quiso pensar más en ello, no debía estar pensando en ello. Cogió la pasta que a Epona le gustaba, un poco de salsa para acompañarla y salió del supermercado después de asegurarse de que le llegaba para todo.

La bolsa danzaba a su lado, llevando el compás de un paso apresurado. Se estaba haciendo tarde y si no le hacía pronto la cena a su novia probablemente no cenaría. Tenía la nariz metida en los libros de la universidad todo el santo día, era un milagro que al menos comiera. Decidió tomar un atajo para evitar la demora. El parque, algo oscuro y silencioso por las horas, le daba repelús. Le hacía pensar en cuentos de niñas desaparecidas, columpios chirriantes, asesinos en las sombras... Se sonrió llamándose cobarde. Eran cuentos de niños, eran películas de miedo y aquello la vida real. No tenía de qué preocuparse y tampoco llevaba nada encima que complaciera a un remoto ladrón.

Sin embargo, no se dio cuenta de que había alguien tras él hasta que estuvo demasiado dentro del parque para salir. Las pisadas que le seguían, que hacían crujir los granos de arena que cubrían el suelo. Tragó saliva, nervioso y asustado. Se sentía estúpido. Probablemente fuera un paseante nocturno, nada que temer. Y si quería problemas, allí estarían sus puños para devolverle los golpes. Giró hacia la derecha, pensando en librarse del caminante de sus espaldas. Le estaba poniendo de los nervios, quería llegar a casa y desconectar de los vinos.

Ahí estaban los pasos, otra vez, después de una breve vacilación, tras él. No había duda, le estaba siguiendo. ¿Qué quería? ¿Era una coincidencia, acaso? Se estaba poniendo nervioso, no le gustaba que le siguieran. ¿Por qué no se largaba, fuera quien fuese? Apretando la mano en la que llevaba la bolsa, acertó a atisbar por encima de su hombro quien era el idiota de turno que le seguía. Y por poco se detuvo del susto. ¡Era él! ¡El hombre de los huesos anchos! ¿Por qué demonios le estaba siguiendo? ¿Qué diantres quería de él?

Su respiración se tornó acelerada. Estaba asustado por mucho que no quisiera reconocerlo. Estaba tan asustado que sus pies tropezaban con sí mismos. Tuvo el impulso de echar a correr, al fin y al cabo, aquella mole le costaría seguirle. No podía ser más veloz que él, más delgado y joven, a pesar del agotamiento que arrastraba desde que saliera del trabajo. El parque parecía más oscuro que antes, como si la luz de las farolas no ayudara nada a hacer desaparecer las sombras, ahora opresivas, de su alrededor.

Tenía que salir al parque, tenía que llegar a la calle, tenía que...

Un empujón lo sacó del camino, internándolo en la yerba, bajo los tupidos árboles aún sin podar. El grito del susto se quedó atrancado en su garganta. Se quiso dar la vuelta y hacerle frente a lo que quiera que fuera lo que le había empujado... aunque ya sabía que había sido el gigante. Darse la vuelta, qué iluso. Una de sus manazas lo cogió del blanco cabello y lo empujó contra la rasposa corteza del árbol. Jadeó, asustado. ¿Qué demonios se creía que estaba haciendo ese tío?
-¡Suélteme! -chilló y le sonó como si le hubieran pisado el rabo a un ratón.
Justamente así se sentía. Como un ratón acorralado por el gato y el animal decidiera jugar con él antes de comérselo. La mejilla se raspó contra la corteza del árbol cuando aquellas dos grandes y calientes manos le sujetaron los brazos y fueron retorcidos tras su espalda. Gritó de dolor; si seguía estirando, probablemente le rompiera un hueso o dos. Con una sola mano, ¡con una sola maldita mano!, le mantuvo inmóvil y sin posibilidad de huida. ¿Era dinero lo que deseaba? ¿Tal vez el móvil? ¿Era aquello un atraco o simplemente quería darle una paliza por diversión? Tal vez todo aquello hubiera sido lo mejor, pensaría cuando se arrastrara a casa, hecho trizas.

La otra mano hurgó en su cinturón, sacando la hebilla de su lugar y arrebatándoselo de la cintura. Quiso gritarle qué demonios quería de él, quiso imprecarle, quiso defenderse... quiso hacer demasiadas cosas y no pudo hacer ni una. En cinturón se volvió opresivo en sus brazos, enrollado con fuerza, impidiendo que pudiera separar los brazos entre sí o de la espalda. Inmovilizado. Acorralado. Estaba tan asustado que las palabras no acertaban a salir de su garganta. Aprisionado contra el árbol, quiso pedir ayuda. ¡Alguien tendría que haber por el parque! ¡Quien fuera! Sin embargo, antes de que una segunda letra pudiera pronunciar sus labios, mordió la tela amarga de un pañuelo. Dijo algo que ni él mismo entendió. Algo que parecía ser un "¡suélteme, demonio!" pero demasiado amortiguado por el maldito pañuelo.

Una manaza entre sus omóplatos le impedía separarse del maldito árbol... mientras que la otra pugnaba por desabrocharle los pantalones. Tal vez fuera la manera más rápida de atracarle... hasta que se los bajó junto con los calzoncillos, quedando medio desnudo y de espaldas a un hombretón que no tenía buenas intenciones ni de lejos. Notó su aliento agrio y cálido en la nuca. Cerró los ojos con fuerza, no queriendo ver la mirada que le echaba. Aunque fueron más palabras que observaciones.
-Tranquilo, no te dolerá -le susurró con un tono lascivo que le daban arcadas.
¿Qué había querido decir con eso? ¿Lo iba a matar? Escuchó una cremallera bajar veloz, un cinturón que caía y el susurro de la ropa. La mente se lo gritaba pero él no quería creerlo. Era imposible... ¿Por qué él? ¿Por qué, maldita sea? El roce de una piel resbaladiza y mojada le hizo jadear. No podía ser cierto... y allí estaba. Le separó las nalgas con una sola mano... y, aterrorizado, notó aquella cosa enorme y dura contra él. Empujando, pugnando por entrar. Gimió de miedo, de dolor. No podía hacerle eso, ¡no podía! Las dos manos le sujetaron por la cintura, hacia él, mientras con los pulgares mantenía las nalgas separadas. Entraba, lento, doloroso, demasiado grande para ser verdad.

El grito asomó por su garganta y quedó amortiguado por el maldito pañuelo cuando aquella cosa irreal lo penetró por completo e invadió su intestino. El hombre gemía, se pegó a su espalda sudorosa y empezó el doloroso y agónico vaivén con una verga de dimensiones enormes, destrozándolo por dentro, arrancándole un grito con cada embestida. Frotó su mejilla contra su oreja, sin cesar el movimiento que lo estaba matando. Deslizó sus manazas por debajo de su camiseta, rozándole el pecho y emprendiendo la huida hacia abajo, hacia su encogido pene. Lo rozaba, le estiraba la piel retrayéndola con ardorosos tirones hacia la base. Contenía el llanto, mordía con fuerza el endemoniado pañuelo, mientras aquella cosa, aquel supuesto pene de huesos anchos lo perforaba.

Intentó concentrarse en las arrugas de la corteza para terminar cerrando los ojos. Terminaría y lo dejaría tirado en el césped. Acabaría. En cualquier momento tendría que terminar aquella pesadilla. Como respondiendo a su deseo, el hombre de huesos anchos gimió en su oído mientras su babosa lengua le recorría el lóbulo de la oreja. Los espasmos incrementaron el dolor y su semen, blanco, espeso y caliente, le hicieron sentirse asqueado. Pero había terminado y pronto se iría. Le costaba respirar con el pañuelo, jadeando, sudando y queriendo morir de un momento a otro. Otro espasmo. Un nuevo gemido. ¿Por qué no se iba? ¿Por qué no se marchaba de una vez y lo dejaba solo?
-Ah... estabas apretado, muchacho. Deliciosamente apretado -le susurró al oído, acariciando su pene, ya no tan encogido como antes-. Me fijé en cómo me mirabas en el supermercado y tenía que probarte. Tengo que partirte en dos para hacer feliz esa mirada de lascivia que me lanzaste. Fíjate, acorralado contra un fuerte árbol, se te está poniendo dura. Tendremos que ponerle remedio, ¿no crees, muchacho?
Shadow abrió los ojos, acongojado. ¿Qué demonios significaba eso? ¿Por qué no se iba? ¿Por qué había tenido que fijarse en el señor Huesos Anchos? El hombre lo tiró al suelo, arrancándole un grito cuando su enhiesto pene, aquel duro hierro al rojo vivo, salió con tanta brusquedad como había entrado. Boca abajo, desamparado e indefenso, intentó patalear cuando lo puso mirándole, abriéndole las piernas hasta que sus músculos se resentían. Aquella sonrisa... aquella maldita sonrisa no le gustó nada.

Y empezó con un primer lametón de la babosa lengua. Miró hacia otro lado, arrancó puñados de hierba cuando su boca engulló su pene, endurecido por el contacto, por el manoseo pero no por deseo. Mordía, tiraba con los dientes del pellejo, bailaba su lengua en el orificio de salida y sus grandes manazas parecían querer ordeñar sus doloridos testículos. Odiaba como gemía, los sonidos de succión le revolvían las tripas... Dentro, fuera de su boca, estaría dispuesto a echarse alcohol en el sensible miembro cuando la maldita pesadilla decidiera terminar.
-No calles tanto, muchacho -rió el hombre, con aquella voz profunda, salida del infierno.
Tiró del pellejo, haciéndole gritar, arquear la espalda de dolor. Pataleó e intentó quitarse de encima a la mole. Pero la mole quería más de él. Quería mucho más. De un tirón le arrancó la mordaza y solo tuvo tiempo de soltar una bocanada de aire antes de que el enorme miembro le invadiera por vía oral, le ahogara y le asfixiara la nariz con el horrible hedor que despedía. Le sujetó del cabello y le obligó a moverse, a meter prácticamente garganta abajo la monstruosidad de su miembro, queriendo vomitar a cada tanto. Permanecía la sonrisa en sus labios, una sonrisa que despedía una lascivia viscosa y repugnante.
-Usa la lengua si no quieres que te destroce, muchacho -amenazó, sonriendo, como si hubiera contado un chiste que solo él entendía.
Pero Shadow no estaba dispuesto a hacer caso, no quería seguirle el juego a aquel pervertido. La mole enhiesta bajó por la garganta, forzando su mandíbula, como si pretendiera que sus testículos también entraran. La campanilla sonaba y las arcadas querían echar lo poco que llevaba en el estómago fuera.
-¡Usa la lengua! -gritó con su vozarrón el hombre, retirando el enorme pene un tanto para permitir respirar con la misma dificultad del comienzo al asustado joven.
Decidió obedecer. Asqueado de sí mismo, sintiéndose un simple juguete, una diversión nocturna sin pagar para el hombre de los grandes huesos. Jugaba con él, a veces le embestía, a veces dejaba de hiciera solo el trabajo... no supo si considerar un alivio que llegara por fin a correrse, llenándole la boca de aquella sustancia pegajosa, salada y viscosa en grandes cantidades que se vio obligado a tragar porque le cerró la boca y le tapó la nariz. Tosió, quiso vomitar y allí estaba de nuevo la mordaza.

Puso su rostro contra la yerba, alzó de nuevo sus caderas y le embistió con una fuerza animal, arrancándole un grito que le desgañitó la garganta. Las lágrimas de dolor atinaron a bajar por sus mejillas y aterrizar sobre la fresca yerba, con aquel curioso aroma que despedía en la noche. El hombre de huesos anchos gruñía, le azotaba las enrojecidas nalgas y apretaba sus testículos con una fuerza inhumana. Decidió entonces el señor huesos anchos a masturbarlo mientras lo follaba a un ritmo salvaje y sin ningún compás. Tirando de su piel cuando entraba, cubriendo su pene cuando salía. No quería correrse, no quería sentir ni un ápice de placer sucio y manchado por parte de aquel cruel ser. Se contuvo todo lo que pudo pero la inquietud de sus manos le imposibilitaron la tarea y pronto el césped se vio cubierto por la blancura de su semen. No tardó mucho más que él en correrse, en gruñir como un hombre de las cavernas, en ensuciarle más por dentro. Le dijo algo pero no le entendió. Le quitó el cinturón de sus brazos, que quedaron rojos largo rato... y le oyó marcharse por el camino.

Contempló ya yerba, tumbado boca abajo, queriendo levantarse pero sin tener fuerzas para nada. Tardó en quitarse la maldita mordaza, mucho más se demoró en alzarse y vestirse. Se tambaleó por el camino, bebió agua fría de una fuente cercana, enjugándose la boca inútilmente, pues parecía que el sabor se le había pegado a las papilas gustativas. Tuvo que volver para recoger la bolsa de la cena olvidada, contemplando con desamparo la aplastada y manchada yerba.

Pensó en ello en todo el camino. En la repugnancia que sentía. Llegó a casa con una hora de retraso... y, sin embargo, le parecía más tiempo. Años luz desde que saliera a comprar. Epona entró en la cocina cuando el agua hervía. Miró a Shadow, con la mirada perdida, las mejillas enrojecidas y los brazos algo arañados. En un fútil momento, pensó en contárselo todo, en soltarlo, en llorar sobre su hombro... pero bastó un simple vistazo a sus ojos azulados para saber que se lo guardaría para sí. Nunca se lo contaría. Ni a ella ni a nadie. Jamás.
-Me he caído -fue lo que dijo ante las preguntas de Epona-. Ha sido bastante... estúpido por mi parte, pero estoy bien, tranquila -le dijo, con una sonrisa que distaba mucho de ser real.
Ella le creyó. ¿Qué motivos iba a tener para mentirle? Ninguno. Ninguno que ella supiera.

La cena estuvo en un momento y, aunque estaba callado, más de lo normal, lo atribuyó al cansancio. Aquella noche, pasó una hora larga en la ducha, frotándose con la esponja con tanta fuerza que se raspaba la piel, llorando, imprecándose de inútil... mientras en la lejanía, el hombre de los huesos anchos sonreía más feliz que nunca.


Para Any, con cariño

miércoles, 24 de abril de 2013

Un microcuento fulminante

Sarah tenía diez años cuando aquel día discutió con sus padres porque no le dejaban ir al teatro al día siguiente para ver a la Señora Tucht, una obra dramática sobre temas que Sarah no iba a entender. A la noche, cuando sus padres se hubieron acostado tras intentar desesperadamente buscar una solución a su problema, Sarah atisbó un brillo descendente en el cielo.

Fascinada, salió a la terraza con sigilo y contempló, absorta, que ese pedacito de estrella caía hacia ella. Era para ella. Pensó en pedir un deseo, pero en su lugar, extendió las manos hacia ese trocito de una punta de estrella.

Sus manos se cerraron sobre el trozo amarillento. Y a los pocos segundos, todo lo que quedaba de ella eran sus zapatillas y un poco de ceniza. Las estrellas no siempre son buenas cogerlas con las manos desnudas, aprendió Sarah, fulminada y diseminada en el viento.

Frau, baja ya de ellas

miércoles, 17 de abril de 2013

Haikus

Los días pasan
el sol desaparece
nace la noche

La vida sigue
la persigue la muerte
amargo final

Llega la primavera
época de bonanza
canta el bosque

miércoles, 10 de abril de 2013

La tragedia del chiste bacteriano

Era alguien al que le gustaban mucho los chistes. Quizá demasiado. Hacía chistes con todo, ya fueran buenos, malos, racistas, machistas... daba igual, lo importante para él era eso: hacer un chiste. Por eso, un día de entre semana sus amigos (y, sobre todo, su novia) se reunieron con él, con Crispín, para decirle lo mucho que odiaban sus chistes, pero con otras palabras:
-¡No podemos tomarte en serio! -dijo uno.
Su novia dio un paso al frente y soltó lo que todos pensaban.
-Tus chistes son malos, a veces suenan forzados y no sabemos qué hacer con ellos. Estoy harta de oír esas gracietas que haces y si no lo dejas, me iré. Así que decide: o tus chistes o yo.

Por supuesto, Crispín eligió a su novia y dejó de hacer chistes. Al principio a todos les costó acostumbrarse a que no dijera ni uno. Mejoró en su trabajo y su jefe dejó de pensar en despedir al payaso de los empleados. Incluso, logró ascender. Todo iba muy bien en unas pocas semanas. ¿No es genial?

Sin embargo, todo se precipitó un día que su jefe se reunió con él en su gran despacho y le dijo que tenía una tarea especial para Crispín. Una reunión muy importante para la empresa pues eso abriría sus frentes comerciales, expandiendo el negocio y ganando con ello más dinero. Crispín lo tradujo como un posible ascenso y aceptó el recado, que era bastante sencillo: debía reunirse con un grupo de altos cargos ejecutivos de Ovilon Seis y mostrarles las ventajas de su empresa y por qué era una buena idea invertir en ellos.
La noche anterior a la importante reunión, se lo contó a su novia, muy ilusionado.
-No hagas chistes -comentó ella, como quien no quiere la cosa-. Si lo haces, lo fastidiarás todo. Son gente importante, quieren oír lo que tienes que decir, no tus gracias.
La sonrisa de Crispín se borró de golpe, asintió, no olvidando su promesa y se metió en la cama temprano.

La reunión, entonces, empezó. Todo parecía ir bastante bien... hasta que uno de ellos, Reog'de, le ofreció un triángulo de lo que parecía ser queso moteado con moho. Queso azul de otro mundo. Para no ofender a aquella gente tan importante para su jefe, lo cató. Y le gustó. A partir de hay las cosas fueron un poco más relajadas. Los invitados estaban menos serios y él no tenía problemas con la presentación. En una de las paradas para no sobrecargarlos, por poco se le cae el triángulo de queso.
-¡Uf, por los pelos! -exclamó, con una sonrisa.
Y ellos se echaron a reír. Se rieron como si fuera lo más gracioso del mundo. Es más, como si fuera un chiste.
-¿Qué dije? -preguntó, algo incómodo.
-Precisamente el moho es una bacteria peluda -explicó uno de ellos, sin dejar de reír.
-¡Buen chiste, muchacho, buen chiste! -rió otro.
Crispín se limitó a sonreír. Ni que decir tiene que logró aquellos clientes.

Pero él no se sentía bien consigo mismo. No, no. Había hecho un chiste. Aquello estaba mal. Muy mal. Llegó a casa con el rostro lívido. Su novia no estaba. Subió las escaleras hasta el dormitorio, cogió una sábana, la anudó a la barandilla y el otro extremo a su cuello. Se aseguró de dejar un mensaje en el espejo del baño y saltó. Se batió al principio, puro instinto de supervivencia, pero se dejó morir. Quedó colgado y balanceado como una piñata, triste, apagado y, por supuesto, sin vida.

Morir es como dormir, pero sin levantarte a hacer pis, decía el espejo.

La frase del espejo es una cita de Woody Allen.

lunes, 1 de abril de 2013

La cruel Emperatriz (II)

Llegaba la noche en silencio y, mientras Miuna preparaba la poca cena que podía sacar de la ración minúscula de aquel día, recordó lo sucedido en el huerto...

Una vez más.

Probablemente ya no estuviera vivo, pues la Emperatriz tenía poca o ninguna piedad con aquellos que osaban contradecir el pensamiento positivo que tenían de ella. Una sola mala palabra y podías despedirte de la vida. Miuna retiró la pequeña olla del fuego y tras especiar un poco el agua rosada para quitarle un poco de amargura, se sentó a cenar.

¿Cuántos años tenía la Emperatriz? Había oído decir que era inmortal, cosa que la aterraba ya que, si ellos no podían con Ella, la muerte se la tendría que llevar en algún momento. Tragó la sopa, que le revolvía las tripas cada noche, pero sabiendo que no había nada mejor que comer, evitó vomitarla.

A la mañana siguiente, nada más salir el sol, ella ya había tomado una decisión. Tenía que acabar con aquella pesadilla. Tenía que hacerle frente a la Emperatriz. Era la única manera de librar a su pueblo de aquella horrenda mujer, si es que se la podía tachar de humana.

Así pues y con aquel pensamiento en mente, salió de casa y, en vez de dirigirse a su zona de trabajo, fue a palacio. Los guardias estaban en pleno cambio de turno por lo que colarse no fue muy difícil, además de decir que tenía una cita con la hermosa Emperatriz para que la dejaran pasar las siguientes puertas. El castillo, además de ser enorme, era precioso. Oro, blanco y azul dominaban en el ambiente. La luz entraba a raudales por las abiertas ventanas, cuyas cortinas de seda ondeaban con la fresca brisa. Casi parecía acogedor. Casi. 

Había algo que no le gustaba. Como un ruido de fondo. Como una advertencia de su propio cuerpo. Su instinto quería salir corriendo con el cuerpo. Olía el peligro pero continuó avanzando hasta detenerse, al fin, ante las enormes puertas de la sala del trono. Un leve crujido podía oírse a través de las bellas puertas, con interesantes grabados de pájaros devorando insectos pequeños.

Crujidos. Crujidos. Silencio. Crujidos.

Miuna tragó saliva y abrió la puerta, lo suficiente como para otear en el interior. La Emperatriz no estaba. En su lugar, sentada en su trono y con sus mismas vestimentas, se hallaba una criatura insdescriptible, negra como el betún, con unas fauces del mismo infierno.

Miuna parpadeó y aquella visión se vio sustituida por la Emperatriz que todos conocían. Estaba sentada en su trono, sonriente. La estaba esperando. Sin saberlo, ella la había llamado. Desde el primer momento en el que se había llevado a su abuela, sabía que intentaría cambiar el sistema en el que vivían. La había manipulado. La había puesto en unas determinadas condiciones para que llegara el momento en el que decidiera ir a por Ella e intentara lo imposible. Ni si quiera iba armada. No era consciente de lo que hacía.
-Hola, Miuna. Te estaba esperando -dijo Ella, con una cálida voz.
Aunque en el corazón, se sentía fría.
-¿Me... esperabas? -musitó la chica, sin poder apartar la mirada de los cándidos ojos de la Emperatriz. Perdió la voz en algún momento del tiempo y ya fue incapaz de responder.
La sonrisa de Ella se amplió y asintió. Alzó la mano y la llamó.

Sin tener voluntad real de su cuerpo, se vio arrastrada, arrodillada ante la Emperatriz, quien la obligó a apoyar la cabeza en su regazo. Las puertas se cerraron silenciosamente.
-Sshh, mi niña. Ya pasó todo. Ya pasó, Miuna. Duerme... y no despiertes jamás.

Pronto, la gente se obligó a olvidar a Miuna, la chica que había osado enfrentarse a la Emperatriz y que, a pesar de que esta le había ofrecido una vida mejor, Miuna prefirió ser encarcelada. Los rumores entre papeles y susurros decían que ella seguía allí. Otros, que estaba muerta.

¿Quién sabe qué fue de Miuna, la única mente semilibre del pueblo?

martes, 19 de marzo de 2013

Ácido

Se tenía prohibido llorar. Su corazón era un pedacito de hielo salido de la antártida. No conocía lo que era la tristeza, el amor o la felicidad. Solo la amargura y la tristeza. Solo eso y nada más. Un día decidió derretir su corazón con un poco de calor humano que, otro día más tarde, acabó por abandonarla.

Y entonces lloró. Porque el dolor del frío no le gustaba. Porque necesitaba ese calor. Porque le dolía la piel, la carne, todo. Sus lágrimas la corroían, la deshacían lenta y dolorosamente. Eran ácido, de su frialdad, de tanta amargura. El llanto la desintegraba. Pedazo a pedazo hasta que su rostro no fue más que un amasijo de carne y hueso.

Una monstruosidad.

Lo que toda su vida había sido.


lunes, 11 de marzo de 2013

La cruel Emperatriz (I)

Érase una vez, en un reino muy lejano y perdido en el tiempo de nombre desconocido, habitaba en él un agradable y pacífico pueblo, bajo la sombra de su querida Emperatriz. Todos la adoraban y todos la querían. Todos la admiraban y todos la cuidaba. Solo se podían oír cosas buenas por las calles, incluso en la intimidad del hogar.
-Hoy la maravillosa Emperatriz estaba realmente bella con el vestido azul -decían unos.
-El peinado de la hermosa Emperatriz estaba exquisito a la vista -comentaban otros.

Parecía un pueblo feliz, en su mejor época... pero bajo aquellas sonrisas en rostros pálidos, se escondía un terror inmensurable. El miedo a ser castigados, a ser oídos con las palabras inapropiadas y que Ella, fuera a buscar al indeseable, al traidor que la había injuriado para acabar con aquel despojo de la manera más cruel y doliente.

Un reino forjado sobre mentiras y miedo. Miuna lo sabía mejor que nadie, pues había perdido a su abuela por la justicia de la malvada Emperatriz. El único lugar en el que parecías estar medianamente a salvo era en tu mente. Las palabras debían sonar agradables a sus oídos. Debían serlo si no querías ser objetivo de su ira. De su cólera. De su mano gélida.

Miuna, como cada mañana con la salida del sol, fue a los campos de hortalizas a trabajar. Aquellos campos pertenecían a la Emperatriz, así como la mayor parte de sus recursos. El pueblecito recibía más bien poco del sustento y a veces se apreciaban las costillas en los más pequeños. Trabajar con ahínco, no detenerse, siempre sonrientes y sin quejas.

Un trabajador a su lado gruñía por el esfuerzo. Tenía la tez más pálida de lo natural y se notaba que estaba enfermo. No tardó mucho en caer, agotado. Dejando de trabajar. La gélida mirada de Ella se centró en el inservible e inútil humano que había dejado de trabajar. Podía sentirlo. Tanto él como Miuna. Sí, esa mirada, ese frío que parecía no irse nunca.
-Rápido, ponte en pie -dijo la cansada muchacha.
-No puedo más, necesito descansar. Esto es inhumano. Esa maldita Emperatriz...
-¡Chst! ¿Quieres que te convierta en comida para gusanos? -masculló Miuna, forzando una sonrisa-. Ponte en pie y finge trabajar. Vamos. Aprisa.
Empero, en el momento en el que el humano había tenido la osadía de ir en contra del pensamiento de la bella y amada Emperatriz, los trabajadores se habían detenido y le observaban, con un terror indescriptible en la mirada. Se oían los pasos acelerados y metálicos de los guardas de su Reina. Venían a por el traidor.

Se lo llevaron a rastras, sin que el pobre hombre ofreciera resistencia. Miuna soltó un suspiro y volvió al trabajo, tan solo para no ser el siguiente objetivo de la Emperatriz. ¿Cuánto más aguantarían aquella situación? ¿Cuánto tiempo llevaba la Emperatriz allí? Su abuela la recordaba. Y la madre de su abuela también. ¿Tan vieja era? Miuna miró hacia el castillo, tan hermoso e imponente. ¿Quién era, realmente, la Emperatriz?


martes, 26 de febrero de 2013

Fetiche por los pies

No era un podólogo y mucho menos le agradaban los pies. Era una parte del cuerpo útil, pero nada más. Sin embargo, todos tenemos nuestros secretos y él, Edward, también tenía los suyos. Creía tener como fetiche los pies. Le gustaba mirarlos, pero era incapaz de tocarlos, pues no consideraba sus manos lo suficientemente dignas para ello (imaginaos lo duro que sería ponerse los zapatos).

Gina y Laurel fueron a verle, sin saber su codiciado secreto. Gina le dijo a Laurel que le enseñara los pies a Ed, porque era el único que no había visto sus pobres pies.
-Todo el día caminando -decía Laurel.
Ed contempló, horrorizado, aquella... cosa... aquella aberración de la humanidad. Tenía heridas, rozaduras, piel colgando muerta, dedos rojos, uñas descuidados. Por ello, cogió las tijeras y, poco a poco, salpicando quizá un poco, un día le cortó los pies a Laurel, los quemó y durmió tranquilo nuevamente, sin que aquella monstruosidad lo persiguiera más en sueños. Aquellos pies desconchados y viejos.



lunes, 11 de febrero de 2013

Bajo el ala de Guardián

Cosa había nacido ya con mal carácter, con un mal humor tan ácido que muchas veces se quedaba sola. Se deprimía con facilidad y tildaba de suyo todo lo que le gustaba, teniendo unos ánimos rencorosos dignos de un ser vengativo y difícil. 

Cosa se llamaba.

Pero cuando Guardián se hizo cargo de ella, bajo su ala izquierda, la llamó Venenosa, pues sus palabras así lo eran. 

Guardián. Poco se sabe de esta criatura con forma humanoide, alas plateadas, ojos dorados y con una infinita paciencia. Tan infinita, que no se rompía. Guardián tenía a otra protegida bajo su ala, su ala derecha, llamada Espectro. Tímida, conseguía pasar desapercibida y hablaba más bien poco.

La relación entre los tres iba bien. Pero Guardián le tenía mucho más estima a Espectro, tan niña, inocente, que a veces se enfadaba por tonterías... tanta estima, que se había convertido en Espectro Especial, a su mirada. Venenosa ardía en un caldo de envidia, celos, rencor y resquemor. 

Todos los días, miraba a Espectro con su mirada oscura, haciendo que Espectro se encogiera más sobre sí misma, escondiéndose en los pliegues metálicos de Guardián, atento a lo que sucedía en el mundo. Sumido como estaba, Venenosa la emprendió con Espectro, aprovechando la inequívoca oportunidad.

-Espectro -llamó, con una sonrisa que más que confianza, producía un efecto contrario, lleno de repugnancia.
Espectro, inocente, la miró. Venenosa atacó.
-No eres nada. No eres nadie. Yo estaba antes bajo el ala de Guardián. Sus dos alas me pertenecen. No eres más que una zorra, una pécora, una estúpida y una nacida de tierras bajas y malditas. Te llama espectro porque no se fijará jamás en ti. Es mío. ¿Comprendes? Mío. Y nunca me lo podrás arrebatar, zorra manipuladora que...
-¡Venenosa! -clamó Guardián, clavando sus ojos dorados en los negros pozos de Venenosa, que se encogió al ver la ira que llameaba en los otrora pacíficos ojos de su querido-. ¿Qué clase de irrespetuosidad es esa hacia Espectro?
-¡Empezó ella! -chilló como una rata Venenosa, acorralada.
-De principio a fin te he oído y disgustado estoy contigo.
Guardián levantó el ala que protegía a Venenosa, que, iracunda, reseca, rencorosa y celosa porque Guardián atendía ahora el llanto silencioso de Espectro, se vengó.

Se lanzó como un animal salvaje sobre Espectro. Y empezó la fragua. Espectro no se iba a dejar golpear por alguien a quien Guardián otrora había querido pero cuyos sentimientos venenosos habían herido e infectado. Venenosa no se quería dejar ganar por Espectro, la consideraba inferior.

Guardián no soportaba la situación, les gritó a las dos. Pareció que Venenosa ganaba. Espectro se encogió en un rincón.

Venenosa volvió bajo su ala.

Espectro no.

La injusticia vibraba en cada fibra del ser de Guardián. Venenosa era la culpable de todo. Desde el inicio de los tiempos. 

Y la castigó. 

La mandó a las Tierras Mortales a vivir como se merecía, con una cadena a su tobillo hecha con su mismo veneno, condenada a mirar y soportar la felicidad de Espectro y Guardián. Espectro volvió y ahora, Guardián la protege bajo sus dos alas.

Venenosa, idiota, inútil, rencorosa y ácida siempre mira, incapaz, por su mismo orgullo, de apartar la mirada de lo que le hiere. Y continuó vagando con su propia cadena, siempre espiando a Espectro, siempre lanzando flujos infectados a Guardián, para que llegue el día en que Él se separe de Espectro y pueda, al fin, matar a la usurpadora y robar el alma de Guardián.

Siempre vigilando...


viernes, 1 de febrero de 2013

Vivir

Despertar, levantarse, desayunar, ir a trabajar, aguantar un trabajo insulso que no te llena ni te aporta nada, aguantar las quejas de tu jefe y de los clientes, comer, seguir trabajando, fumar, salir del trabajo, ir a casa a encontrarte con la persona que supones amar, mirar las noticias con la cantidad de mierda que hay en el mundo, cenar, follar y dormir.

Esa es la vida que has elegido vivir? Esa era la vida que te imaginabas cuando eras pequeño? Es a todo lo que aspiras en la vida?

No.

Cuando eres pequeño sueñas ser artista, astronauta, policía, veterinario... Bendita inocencia... Ignorancia de la realidad, imaginación desbordante... Felicidad.

Conclusión.

La ecuación de la vida nos indica que la edad del individuo es inversamente proporcional a su felicidad, imaginación, sueños... y directamente proporcional al grado de responsabilidad y de problemas a los que se enfrenta a diario...

Welcome to Life.

miércoles, 23 de enero de 2013

Ocho patas. Ocho cervezas.

Era un pulpo y eso lo tenía más que asumido. Tenía ocho patas. Eso también lo tenía más que asumido. Lo que no tenía tan asumido era que cada pata tuviera que tener un vaso de cerveza. No uno. Ocho. Porque si solo había uno las patas se peleaban y no cataba la cerveza.

Ocho patas. Ocho vasos. Una borrachera. Deberían ser ocho borracheras, pensó alegremente el pulpo mientras lo conducían fuera del agua. Siete patas. Seis patas. Cinco patas. Cuatro patas. Tres patas. Dos patas. Una pata. ¡Pulpo a la marinera!

Y por eso los pulpos dejaron de beber cerveza... y de relacionarse con desconsiderados humanos.


miércoles, 9 de enero de 2013

La ciudad putrefacta

Agonizaba. Sus edificios hechos de carne, supuraban, sangraban, caían pequeños trozos de esos bloques blandos y rojizos al suelo artificial. Los aldeanos eran pocos y molestos. La gran mayoría se había ido. El hedor era insoportable  Las moscas no revoloteaban en las estructuras moribundas por la que la Espléndida Emperatriz no lo permitía. Bloques de carne. Carne hedionda. Descompuesta. Muerte en vida. Una grieta se abrió en el suelo y, si la ciudad putrefacta hubiera tenido cuerdas vocales, hubiera gritado. Siguió muriendo, lentamente, mientras sus abominables y infectos edificios caían poco a poco, agónicos y sucumbiendo para siempre.


viernes, 4 de enero de 2013

Felies fiestas y feliz año nuevo

Termina la navidad, termina el año nuevo y con ello llegan los Reyes Magos. El espíritu navideño se disipa pero en muchos hogares todavía continúa.

Se oye un villancico de fondo sonar, decoraciones navideñas y un belén ornan la casa, una familia se reúne al rededor de un fuego a abrir, con amplias sonrisas, sus regalos que les ha traído la navidad junto a sus seres queridos.

En el centro del comedor hay una mesa llena de comida, pavo, gambas, embutidos, ensalada... incluso se pueden contar 8 platos. Uno para cada miembro de esta exclusiva fiesta.

En algún lugar de las afueras se encuentra el mismo espíritu navideño.

No tienen villancicos, no tienen decoraciones navideñas, no tienen belén, no tienen regalos, no hay risas, no hay alegría, no tienen comida, no tienen a nadie con quien compartir este día, excepto su eterna compañera. Soledad.

Aún así sonríen ante la visa te un año terminar y otro empezar, de ver otro nuevo amanecer, de seguir aquí y haber vivido otro año más.

Son los grandes olvidados, pero ellos también tienen derecho a su navidad, una navidad, donde cada nuevo día es un regalo.

¡Felices fiestas y feliz año nuevo!