miércoles, 24 de abril de 2013

Un microcuento fulminante

Sarah tenía diez años cuando aquel día discutió con sus padres porque no le dejaban ir al teatro al día siguiente para ver a la Señora Tucht, una obra dramática sobre temas que Sarah no iba a entender. A la noche, cuando sus padres se hubieron acostado tras intentar desesperadamente buscar una solución a su problema, Sarah atisbó un brillo descendente en el cielo.

Fascinada, salió a la terraza con sigilo y contempló, absorta, que ese pedacito de estrella caía hacia ella. Era para ella. Pensó en pedir un deseo, pero en su lugar, extendió las manos hacia ese trocito de una punta de estrella.

Sus manos se cerraron sobre el trozo amarillento. Y a los pocos segundos, todo lo que quedaba de ella eran sus zapatillas y un poco de ceniza. Las estrellas no siempre son buenas cogerlas con las manos desnudas, aprendió Sarah, fulminada y diseminada en el viento.

Frau, baja ya de ellas

miércoles, 17 de abril de 2013

Haikus

Los días pasan
el sol desaparece
nace la noche

La vida sigue
la persigue la muerte
amargo final

Llega la primavera
época de bonanza
canta el bosque

miércoles, 10 de abril de 2013

La tragedia del chiste bacteriano

Era alguien al que le gustaban mucho los chistes. Quizá demasiado. Hacía chistes con todo, ya fueran buenos, malos, racistas, machistas... daba igual, lo importante para él era eso: hacer un chiste. Por eso, un día de entre semana sus amigos (y, sobre todo, su novia) se reunieron con él, con Crispín, para decirle lo mucho que odiaban sus chistes, pero con otras palabras:
-¡No podemos tomarte en serio! -dijo uno.
Su novia dio un paso al frente y soltó lo que todos pensaban.
-Tus chistes son malos, a veces suenan forzados y no sabemos qué hacer con ellos. Estoy harta de oír esas gracietas que haces y si no lo dejas, me iré. Así que decide: o tus chistes o yo.

Por supuesto, Crispín eligió a su novia y dejó de hacer chistes. Al principio a todos les costó acostumbrarse a que no dijera ni uno. Mejoró en su trabajo y su jefe dejó de pensar en despedir al payaso de los empleados. Incluso, logró ascender. Todo iba muy bien en unas pocas semanas. ¿No es genial?

Sin embargo, todo se precipitó un día que su jefe se reunió con él en su gran despacho y le dijo que tenía una tarea especial para Crispín. Una reunión muy importante para la empresa pues eso abriría sus frentes comerciales, expandiendo el negocio y ganando con ello más dinero. Crispín lo tradujo como un posible ascenso y aceptó el recado, que era bastante sencillo: debía reunirse con un grupo de altos cargos ejecutivos de Ovilon Seis y mostrarles las ventajas de su empresa y por qué era una buena idea invertir en ellos.
La noche anterior a la importante reunión, se lo contó a su novia, muy ilusionado.
-No hagas chistes -comentó ella, como quien no quiere la cosa-. Si lo haces, lo fastidiarás todo. Son gente importante, quieren oír lo que tienes que decir, no tus gracias.
La sonrisa de Crispín se borró de golpe, asintió, no olvidando su promesa y se metió en la cama temprano.

La reunión, entonces, empezó. Todo parecía ir bastante bien... hasta que uno de ellos, Reog'de, le ofreció un triángulo de lo que parecía ser queso moteado con moho. Queso azul de otro mundo. Para no ofender a aquella gente tan importante para su jefe, lo cató. Y le gustó. A partir de hay las cosas fueron un poco más relajadas. Los invitados estaban menos serios y él no tenía problemas con la presentación. En una de las paradas para no sobrecargarlos, por poco se le cae el triángulo de queso.
-¡Uf, por los pelos! -exclamó, con una sonrisa.
Y ellos se echaron a reír. Se rieron como si fuera lo más gracioso del mundo. Es más, como si fuera un chiste.
-¿Qué dije? -preguntó, algo incómodo.
-Precisamente el moho es una bacteria peluda -explicó uno de ellos, sin dejar de reír.
-¡Buen chiste, muchacho, buen chiste! -rió otro.
Crispín se limitó a sonreír. Ni que decir tiene que logró aquellos clientes.

Pero él no se sentía bien consigo mismo. No, no. Había hecho un chiste. Aquello estaba mal. Muy mal. Llegó a casa con el rostro lívido. Su novia no estaba. Subió las escaleras hasta el dormitorio, cogió una sábana, la anudó a la barandilla y el otro extremo a su cuello. Se aseguró de dejar un mensaje en el espejo del baño y saltó. Se batió al principio, puro instinto de supervivencia, pero se dejó morir. Quedó colgado y balanceado como una piñata, triste, apagado y, por supuesto, sin vida.

Morir es como dormir, pero sin levantarte a hacer pis, decía el espejo.

La frase del espejo es una cita de Woody Allen.

lunes, 1 de abril de 2013

La cruel Emperatriz (II)

Llegaba la noche en silencio y, mientras Miuna preparaba la poca cena que podía sacar de la ración minúscula de aquel día, recordó lo sucedido en el huerto...

Una vez más.

Probablemente ya no estuviera vivo, pues la Emperatriz tenía poca o ninguna piedad con aquellos que osaban contradecir el pensamiento positivo que tenían de ella. Una sola mala palabra y podías despedirte de la vida. Miuna retiró la pequeña olla del fuego y tras especiar un poco el agua rosada para quitarle un poco de amargura, se sentó a cenar.

¿Cuántos años tenía la Emperatriz? Había oído decir que era inmortal, cosa que la aterraba ya que, si ellos no podían con Ella, la muerte se la tendría que llevar en algún momento. Tragó la sopa, que le revolvía las tripas cada noche, pero sabiendo que no había nada mejor que comer, evitó vomitarla.

A la mañana siguiente, nada más salir el sol, ella ya había tomado una decisión. Tenía que acabar con aquella pesadilla. Tenía que hacerle frente a la Emperatriz. Era la única manera de librar a su pueblo de aquella horrenda mujer, si es que se la podía tachar de humana.

Así pues y con aquel pensamiento en mente, salió de casa y, en vez de dirigirse a su zona de trabajo, fue a palacio. Los guardias estaban en pleno cambio de turno por lo que colarse no fue muy difícil, además de decir que tenía una cita con la hermosa Emperatriz para que la dejaran pasar las siguientes puertas. El castillo, además de ser enorme, era precioso. Oro, blanco y azul dominaban en el ambiente. La luz entraba a raudales por las abiertas ventanas, cuyas cortinas de seda ondeaban con la fresca brisa. Casi parecía acogedor. Casi. 

Había algo que no le gustaba. Como un ruido de fondo. Como una advertencia de su propio cuerpo. Su instinto quería salir corriendo con el cuerpo. Olía el peligro pero continuó avanzando hasta detenerse, al fin, ante las enormes puertas de la sala del trono. Un leve crujido podía oírse a través de las bellas puertas, con interesantes grabados de pájaros devorando insectos pequeños.

Crujidos. Crujidos. Silencio. Crujidos.

Miuna tragó saliva y abrió la puerta, lo suficiente como para otear en el interior. La Emperatriz no estaba. En su lugar, sentada en su trono y con sus mismas vestimentas, se hallaba una criatura insdescriptible, negra como el betún, con unas fauces del mismo infierno.

Miuna parpadeó y aquella visión se vio sustituida por la Emperatriz que todos conocían. Estaba sentada en su trono, sonriente. La estaba esperando. Sin saberlo, ella la había llamado. Desde el primer momento en el que se había llevado a su abuela, sabía que intentaría cambiar el sistema en el que vivían. La había manipulado. La había puesto en unas determinadas condiciones para que llegara el momento en el que decidiera ir a por Ella e intentara lo imposible. Ni si quiera iba armada. No era consciente de lo que hacía.
-Hola, Miuna. Te estaba esperando -dijo Ella, con una cálida voz.
Aunque en el corazón, se sentía fría.
-¿Me... esperabas? -musitó la chica, sin poder apartar la mirada de los cándidos ojos de la Emperatriz. Perdió la voz en algún momento del tiempo y ya fue incapaz de responder.
La sonrisa de Ella se amplió y asintió. Alzó la mano y la llamó.

Sin tener voluntad real de su cuerpo, se vio arrastrada, arrodillada ante la Emperatriz, quien la obligó a apoyar la cabeza en su regazo. Las puertas se cerraron silenciosamente.
-Sshh, mi niña. Ya pasó todo. Ya pasó, Miuna. Duerme... y no despiertes jamás.

Pronto, la gente se obligó a olvidar a Miuna, la chica que había osado enfrentarse a la Emperatriz y que, a pesar de que esta le había ofrecido una vida mejor, Miuna prefirió ser encarcelada. Los rumores entre papeles y susurros decían que ella seguía allí. Otros, que estaba muerta.

¿Quién sabe qué fue de Miuna, la única mente semilibre del pueblo?