miércoles, 26 de diciembre de 2012

Sonido de cascabeles

La oscuridad parecía cernirse sobre la ciudad, esquivando los puntos de luz y acomodándose en los rincones. Era de noche y las pocas estrellas que lograban brillar más que la ciudad, observaban, en silencio. En una calle en concreto, las casas estaban apagadas, sumidas en sueños. Alguna que otra ventana vomitaba luz sobre el suelo, una luz tenue y con poco tiempo de vida.

Observaba, sigiloso, surcando el cielo, buscando una casa en particular. No tenía mucho tiempo y sabía que se estaba retrasando... pero no podía irse sin pasar por el hogar de Minnie Tims. Agudizó la vista y, aliviado, la halló al fin...

Descendió con ese sonido de cascabeles acompañándolo, pensando cómo entrar en la casa sin despertar a sus inquilinos. Se posó en el tejado y calculó más o menos donde estaba el abeto. Rozó el dedo pulgar con el índice y el corazón, apareciendo con el frote un polvillo verde que lo envolvió como si fueran copos de nueve coloreados e iluminados por el sol. Cuando aquella extraña purpurina se despejó, él ya no estaba.
La habitación estaba en penumbra pero no importaba; sabía guiarse bien. Depositó en silencio el pequeño saco aterciopelado y empezó a hurgar en su interior.
-¿Dónde está? ¿Dónde está? -se preguntaba.
Con una sonrisa de éxito, sacó un pequeño paquete con un lazo, depositándolo en el suelo alfombrado. Siguió a este otros tres más, dos de pequeño tamaño. En todos se podía leer una etiqueta, con pulcra letra, fácilmente legible. En dos de ellos se leía: Minnie Tims. En uno: papá; en otro: mamá.
A punto estuvo de irse, cerrando el saco con ese sonido siguiéndolo, cuando la oyó. ¡Cielos! Se había demorado mucho dejando los paquetes.

Esperó un poco, a propósito. La oía bajar las escaleras, descalza y en pijama. Cada fibra de su ser estaba nerviosa, inquieta... expectante. Esperó y esperó y justo cuando Minnie Tims estuvo a punto de cruzar la corta distancia que haría visible al gran hombre, este empezó a frotar los dedos pulgar, índice y corazón, apareciendo ese mágico polvo, de color rojo esta vez.

Y, exactamente cuando Minnie llegó hasta el abeto decorado con mimo, el gran hombre, vestido de rojo y grandes barbas blancas, desapareció. ¡Puff! Con aquel sonido de cascabeles siempre acompañándolo.
-¿Santa Claus? -musitó la niña, emocionada.
Aguantó la respiración y su corazoncito se emocionó cuando oyó a los renos partir, los cascabeles agitarse y una risa muy característica de aquel ser tan curioso.
-¡Feliz Navidad, Minnie! -dijo él, surcando el cielo, buscando la siguiente casa donde debía parar.

¿Será la tuya?

Feliz navidad, pequeños retoños

Para Anubis y Sokar, con cariño

viernes, 21 de diciembre de 2012

Buscando una nueva vida (4ª parte y fin)

Al fin se abrió la puerta y me decidí a entrar.

Solo durante los primeros pasos me guiaron con una linterna hasta que me quedé en medio y pude escuchar como cerraron la puerta tras de mí, dejándome en plena oscuridad.

Tras eso me puse a mirar a mi al rededor, intentando discernir algo sin demasiado éxito. Aunque al cabo de unos segundos pude oír como una puerta mecánica se abría y daba paso a algo que no podría reconocer ni la forma ni nada.

Escuchaba como la cosa parecía arrastrarse con una especie de ruido húmedo. Por unos momentos me quedé quieta en espera de poder reconocer algo o tocarlo, pero nada pasaba. Simplemente unos segundos antes de que pudiera ser consciente, noté como una especie de tentáculo mojado y frío me tocaba la piel suavemente.

Era algo asqueroso, repugnante, nunca antes había sentido un tacto igual, excepto cuando tocabas una babosa o un caracol desde su base. Aún así, mi primera reacción al notar eso era retirarme, apartarme, pero antes de que pudiera darme cuenta la cosa me tenía apresada con sus pseudopodos y me empezó a arrancar la ropa. Todavía no se muy bien como, pero la cuestión reside en que no podía soltarme, lo tenía encima, una masa de mocos encima mío, fría pero que por momentos notaba como se iba calentando a la vez que emitía sonidos guturales que no conseguía descifrar, cuestionándome incluso que esa cosa pudiera existir realmente.

En medio de todo eso, encontrándome inmovilizada y sin poder gritar, pues notaba esa masa amorfa sobre mi, como empezaba a penetrarme. Lo extraño de la sensación era que a la vez que me penetraba podía sentir como una sensación de succión de lo más extraña. Aunque en ningún momento llegué a disfrutar o a excitarme, no hizo falta. Las propias babas de la cosa hicieron lo propio.

¿Cuánto rato pasé así? No sabría decirlo... Simplemente sé que cuando ese bicho terminó de descargarse dentro de mi se fue y tal como apareció, desapareció.

Medio congelada, con la sensación de estar sucia por dentro y por fin pude salir de ahí, pues al poco de terminar me vinieron a buscar con un albornoz para taparme.

Tapándome cómo podía con la ropa salía cabizbaja, deseando que todo hubiera sido una pesadilla, pero por desgracia el encontrarme el individuo de antes me hizo recordar que todo era real, más cuando me lo encontré trayéndome un maletín con el resto de dinero prometido.

- Aquí tienes el resto, como prometido- dijo con tono sonriente y satisfecho, esperando que dijera algo, mantuvo un silencio y siguió- no te preocupes, nos mantendremos en contacto. Mis chicos te llevarán a casa.

Realmente no era consciente de cuánta razón tenían esas palabras, pues al cabo de unas semanas me llamaron preguntándome como me encontraba.

¿Encontrarme bien? Pues si tengo que ser sincera, desde aquel día empecé a notarme nauseas, vomitaba, acidez... Incluso, tenía retrasos en el periodo... Todo era tan raro... Era algo imposible, pero parecía que estuviera embarazada.

Le comenté un poco por encima mi malestar, pero me dijo que no me preocupara, que todo estaba dentro de la normalidad.

Aún así, fueron pasando las semanas y los síntomas se mantenían, incluso, empezaba a notarme hinchada.

Empecé a preocuparme realmente, por lo que finalmente decidí ir al médico.

Una vez allí, empezaron a hacerme pruebas y análisis, terminando por hacerme una ecografía. Mi sorpresa fue al ver la imagen de la pantalla. No era nada parecido a un feto o a un ser humano. Era una monstruosidad amorfa, llena de tentáculos y con una especie de garras.

Me volví a casa chocada, pálida, sin estar completamente segura de lo que había visto, pero por un momento recordé aquella noche y en la que me entregaron una tarjeta para poder mantenerme en contacto con aquellos hombres si surgía alguna complicación:

- ¿Diga?- escuché una voz varonil al otro lado del auricular.

- Buenas... soy yo... esto... parece que.. estoy embarazada de vuestra...- hablaba en tono insegura, con la voz temblando, intentando asimilar lo que había pasado- mascota.

- ¿Ah si? ¡Perfecto! Es una gran noticia. Tendremos que seguir en contacto. Por el parto no te preocupes y los médicos, nos encargaremos nosotros y lo pagaremos todo nosotros, manteniendo el máximo secretismo, no hay necesidad que nadie más se entere- para mi sorpresa, el hombre hablaba alegre y feliz, como ajeno a toda preocupación.

- Va... vale- dije en tono nervioso, sin entender demasiado lo que ocurría y terminar mirando el teléfono con incredulidad y cara de incomprensión.

La conversación terminó hablando casi todo el rato la otra voz mientras yo asentía no muy segura.

Los días iban pasando y no pude evitar curiosear, tener más información, pues notaba como esa cosa crecía dentro de mí.

Indagando, pude encontrar noticias sueltas de mujeres que habían sufrido partos prematuros con mutaciones que habían terminado con sus vidas, pero las criaturas habían podido sobrevivir, en algunos casos, y una serie de hombres se los habían llevado sin volver a saber de ellos.

No quería relacionar ideas, hasta el momento en que empecé a notar dolores internos, en algunas ocasiones provocandome hemorragias.

Más días fueron pasando mientras mi vientre crecía y con ello las hemorragias  provocado que me sintiera débil  pálida, incluso me costaba levantarme de la cama, pero del otro lado de la línea me iban animando, diciéndome que lo hacía muy bien y que próximamente llegaría el momento y sería libre.

Y tal como avanzaba, sí, sería libre, pero dudo que me liberara de la fiera esa sin más... Me temo que mi vida se fuera con ella si mi estado seguía empeorando.

Finalmente, pensándolo mejor, no podía permitir que esa cosa naciera y se la llevaran... Ni que esa cosa se llevara mi vida. Si algo recordaba era la sensibilidad que aparentaba tener aquella cosa a la luz, al menos, era era la lógica ante la prohibición total de tener acceso a la mínima lumbre mientras estuve allí.

Me armé de valor y bajé de casa a comprar una linterna de alta potencia. Volví a mi casa, me instalé en el baño, me penetré con la linterna, le dí al interruptor y...

Fin

miércoles, 12 de diciembre de 2012

La salsa especial de tía Early

Todo el mundo en Clok la conocía como tía Early a pesar de no tener ningún sobrino; todos se habían criado viendo a la amable y algo anciana tía Early. Su especialidad, los macarrones con tomate, eran la envidia de los demás cocineros en la recaudación de fondos anual mediante un concurso de comidas. Y, por supuesto, tía Early ganaba todos los años desde que tenía 23 años.
Y, como todo pueblecito tiene su lado malo, Clok tenía un listado de nombres de niños desaparecidos y jamás encontrados. Niños y niñas de entre cinco y diez años.

Tom también conocía a tía Early y le encantaban sus macarrones. Aquella tarde era especial y distinta a las demás porque ella le había invitado a su casa para que fuera su paladar. Estoy algo vieja -había dicho- y un poco de sangre joven no me vendrá mal. Cuando el pequeño y feliz Tom llamó a la puerta, tía Early le sonrió e hizo pasar al interior.
-La salsa está casi lista -le explicó de camino a la cocina.
-¿La salsa especial? -se entusiasmó Tom.
Tía Early se rió y negó con la cabeza.
-Aún no. Vamos, pruébala.
El muchacho, tentado, metió el dedo índice en el bol y probó la famosa salsa, haciendo una mueca. Comentó que estaba algo amarga. Tía Early asintió, sacó un cuchillo y agarró al muchacho inquieto por la nuca. El cuello de Tommy sonrió y luego babeó en un cuenco.


La fiesta dio comienzo y la gente ya se encaminaba al puesto de tía Early y sus macarrones.
-¡Mmmm! ¡Están deliciosos! -comentó Dinna.
Tía Early sonrió y cortó otra porción. La gente, entusiasmada, paladeaba la pasta y, por supuesto, la salsa especial. Una salsa con un toque muy rejuvenecedor.


miércoles, 28 de noviembre de 2012

El monstruo del túnel

Vio la salida del túnel mientras corría, sintiendo la presencia tras él. Las luces habían empezado a apagarse y la oscuridad reinaba con su sonrisa siniestra, desafiando al resto de lámparas a iluminarla. Las pisadas resonaban en las paredes de aquel gran agujero artificial excavado en la tierra. Hacía frío y su aliento formaba una nubecilla blanca. Llegó al final. Salió del túnel. Continuó corriendo. Más allá del túnel reinaba la noche. Siguió corriendo, temiendo que el monstruo que habitaba en el agujero lo cazara de un momento a otro. Que sus garras apresaran su tierna piel juvenil.

Sí. Todos lo esperaban.

Y, sin embargo, no sucedió. Porque los monstruos no existen. ¿Verdad?


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Buscando una nueva vida (3ª parte)

Me encontraba frente al polígono donde me habían dicho que debía acudir.

Un lugar solitario, silencioso y la negra noche acompañaba al ambiente, pero para un trabajo como el que me habían ofrecido, tampoco podía esperar un hotel 5 estrellas.

Llamé a la puerta.

Pude ver como una rendija se abría y aparecían unos ojos. Me miraron de arriba a bajo y desaparecieron para abrir la puerta seguidamente.

Entrando en el lugar pude darme cuenta que era grandioso, tal como parecía desde fuera, aunque el polvo reinaba el lugar y se podía ver como habían arreglado un poco el lugar con algunas salas o habitaciones nuevas, pues era de lo poco que no tenía suciedad. Pero bueno, tampoco me fijé demasiado, ya estaba ahí, fuera lo que fuere ya no podía dar marcha atrás y el dinero me venía genial para poder jubilarme de una vez de esta mierda.

Tras unos segundos me encuentro en uno de esos barracones junto a un hombre un tanto mayor y bien vestido con traje y corbata, como de los que ya no se ven, junto a un pequeño grupo de hombres que visten en un mismo estilo de trajes de Armani.

- Buenas noches señorita- hace una pausa mientras me ofrece la mano- es un placer conocerla

- Buenas noches- le respondo como si nada de todo esto fuera conmigo, devolviéndole el apretón de manos sin demasiado interés- ¿Qué hay que hacer?- pregunté sin dar tiempo a ninguna charlatanería barata. Estaba ya más que acostumbrada, protocolos, como son las cosas, que haremos, conocerse... En fin, formalidades que en este trabajo, muchas veces, sobran.

El hombre de avanzada edad se queda un momento pensativo:

- Veo que no le gusta la charlatanería y quiere ir directa al grano- dice concluyente- Bien, pues sigame- ordena mientras empieza a caminar para salir del habitáculo indicándome que le siga. Entonces, mientras camina me va contando los detalles- El trabajo, como supondrá es sencillo. Entrará en una sala a oscuras donde se encuentra nuestro semental y dejará hacerse por él, después de eso, ya será libre y tendrá su dinero. Pero ante todo, no encienda la luz en ningún momento- insistía el hombre.

Por el camino no hacía más que afirmar. Las condiciones tampoco eran nada extrañas, excepto su insistencia, pero capaz que su fenómeno tuviera miedo a la luz o era una de esas aberraciones humanas y temía que huyera al verle.

Sin darme cuenta, perdida en mis cavilaciones ya nos encontrábamos a la entrada de donde debía ir:

- Es aquí- sentencio indicándome una puerta que daba al final de la nave.

Continuará...

miércoles, 14 de noviembre de 2012

En nombre de la guerra...

Como él, sus compañeros y algún que otro amigo, habían sido destinados al crucero de guerra Silverpoint. Se consideraban, hasta el momento, afortunados, pues se trataba de la nave de Stahl, una figura importante e influyente en el Consejo. Sumido en la contemplación de su árido, peligroso y querido planeta, fue sacada a la fuerza de estos por la alarma creciente y estridente que retumbaba en toda la nave. Había intrusos, casi seguramente, ISA.

Sucedió todo demasiado deprisa. Demasiado. Pasaron como una exhalación a su lado y tuvo que cubrirse entre los tiros de uno y de otros, vigilando de no herir a sus compañeros. Sin saber exactamente, cómo, aquellos dos cogieron naves pequeñas para atacar al crucero hermano del Silverpoint. Todos contraatacaban y, pesar de que recibió fieras órdenes por la radio de presentarse en el hangar para salir al espacio, sus pies no se movían de su lugar; estaba paralizado.

En unos pocos segundo, Stonewar ardía por los cuatro costados y, el piloto, en un intento por salvar a sus ocupantes, trató de aterrizar. Empero, allí estaban los ISA y, despiadadamente, lanzaron una bomba nuclear contra el herido crucero. Se estrelló contra aquella fuente de energía desconocida, que explotó y se liberó como si estuviera viva; cual plaga hambrienta, se fue extendiendo por todo el planeta, aniquilando toda la vida que pudiese haber en Helghan. El soldado se acercó más a la ventana, atónito.

Tantos muertos... Tanta gente inocente... asesinada...

Fue entonces cuando el soldado se atrevió a cuestionarse el por qué de la guerra. ¿Por sus ideales? ¿Por su familia? ¿Para llevarles algo de comer a sus hijos, tan huesudos y delicados?... ¿O para llenar las arcas y tener más territorio a los pies del autócrata?

¿Ideales? ¿Comida?

¿O dinero y avaricia?

Stahl, quien proporciona armas y soldados a Helghan

PD: Relato de 5 de Noviembre, con un poco de retraso.

miércoles, 31 de octubre de 2012

La granja humana


Ñeeeeeeeee! -dijo el humano ciento cuarenta y cinco.
El ganadero no le prestó atención, pues era un sonido que oía constantemente cada vez que iba a trabajar a la granja de humanos. No era un trabajo que le entusiasmara precisamente, pero era algo con lo que llenar los estómagos vacíos de sus hijos y de su esposa.

Realizaba su segunda ronda, cuando se fijó en el reloj que llevaba en la peluda muñeca. Hora de comer. Se aseguró de que hubieran mezclado bien el pienso y, ayudado con una herramienta, empezó a repartir el pienso a aquel rebaño humano, tan básico y simple. Todos eran tontos. Todos menos uno, que parecía haber tomado conciencia de repente. A cuatro patas, observando con horror como sus congéneres se dirigían hambrientos a los barreños, gruñendo.
-Ñeeeeee, ñeeeeee, ñeeeeeee...
Estaban desnudos, hacía generaciones que les había salido vello en la espalda, su cerebro se había encogido en algún rincón de la corteza cerebral y se había vuelto bastante básico. Lo suficiente como para existir. Él también tenía hambre y no pensaba en hacerle ascos a la comida. Por lo que, empujando al resto del rebaño, se acercó a la valla que evitaba que se escaparan y olisqueó el pienso. En su rostro se formó una mueca de horror y espanto. Mezclado en el pienso, se veían huesos, carne que, por el aroma, identificaba. ¡Se comían a sí mismos! ¡Echaban trozos de ellos en el pienso! Retrocedió, no pensaba comerse aquello. Nunca. Jamás. Tenía que escapar de allí. Debía huir.
Intentó ponerse en pie pero no pudo, sus piernas se habían acortado, era un "animal". "Ellos"... habían empezado así, primero obligándolos a caminar como cuadrúpedos, alimentándolos con pienso, aplastando sus ideas de escapar... Sus manos deformes se sujetaron a la valla, y, sin saber cómo, logró sobrepasarla, cruzarla y echó a correr al mismo tiempo que el despiadado granjero le gritaba que se detuviera. A sus ojos era solo una bestia. Una bestia enloquecida que había escapado del rebaño.

El tipo en cuestión no quería perder su trabajo por lo que, antes de que el jefe se enterara de aquel desastre, cogió la escopeta y fue a la caza del maldito animal. No tardó mucho en avistarlo, pues parecía desorientado y confundido. "Quizá fuera el nuevo pienso", se dijo mientras apuntaba al tembloroso animal. Eran las reglas. Animal que huía animal que mataban. No necesitaban más líos de los que ya tenían. Y mucho menos él. "Quizá debí despedirme bien de mi mujer", pensó, cuando aquel bicho lo miró con sus ojos enloquecidos, rojos, y gritaba "ñeeee".

"Quizá... no debí aceptar el trabajo", pensó, al tiempo que el animal se le tiró encima. Apretó el gatillo y la bestia inmunda cayó a su lado. Un incidente más. No tardó en arrastrar de la pata sucia y embarranada al animal hasta la picadora, donde fue arrojado y más tarde, a la hora de la cena, más o menos, servido a sus compañeros, que masticaban sin darse cuenta de ello, porque eran un rebaño, un rebaño grande y tonto. Un rebaño de humanos. Quizá en un mundo paralelo...

Quizá en un futuro próximo.
-Ñeeeeeeeee...

sábado, 27 de octubre de 2012

Buscando una nueva vida (2ª parte)

Fui a ver qué tenía que proponerme, después de todo, si era cierto lo que me había dicho, ganaría una pasta y podría quedarme tranquila.

- Mujer! Gladis! Cuánto tiempo! Me alegra que hayas aceptado- me saludó eufóricamente, cómo si no supiera que me había dejado todo este tiempo abandonada y a mi suerte.

- No me vengas con tu mierda de peloteo Frank, ya sabes a que he venido, así que habla- le corté directamente, no tenía de estar ahí y menos de aguantarle tras todos estos años.

- Bueno, vale, vale, ahora te cuento- dijo algo sorprendido por mi reacción, aunque no dejaba de mirarle con mala cara- Pues he hablado con unos tipos que bueno, quieren hacer un trabajito algo inhabitual y no encuentran a nadie que se ofrezca, a pesar de que la oferta es altamente sustanciosa.

- Vale, ¿de qué se trata?- le espeté.

- Las condiciones son simples, meterte en una sala, follarte a su animal, eso sí, en ningún momento deberás encender la luz ni nada.

Realmente las condiciones eran sencillas y tampoco me quedaba nada por probar o hacer... así que acepté, ¿qué diferencia podría haber a hacerlo con o sin luz? Y follarse un animal, no era nada que no hubiera hecho ya... Por lo visto esta nueva generación eran más delicadas y no eran capaces de chupársela a un caballo y tragar.

Tras eso me explicó que debía presentarme a un complejo industrial donde me esperarían a la noche y que el dinero me lo darían después de haber hecho el trabajo.

Tras esos pocos momentos de charla, volví a mi casa y empecé a prepararme para la noche, intentando llevar mis mejores galas de putón, además, el trabajo solo era entrar, dejar que me la metieran, recoger el dinero y largarme. Parecía sencillo.

Continuará...

miércoles, 17 de octubre de 2012

Los despertadores biológicos


El grito la sacó de su sueño. Un grito constante, agudo y cascado. Buscó a tientas en la mesita de la noche y, tocando una cabeza canosa, cesó el ruido. Se levantó con un bostezo y miró su viejo despertador. Ya era un anciano y era un engorro tener que estar cambiando sus vestimentas al menos cuatro veces al día. Aquello era lo malo de los despertadores orgánicos... o biológicos, como anunciaban en la televisión. Se dijo de ir a comprar uno después del trabajo y que ya no lo podía dejar más pues en algún momento se moriría y él llegaría tarde a la oficina por ser perezoso. Realizó la misma rutina de siempre. Encender la cafetera, mear, lavarse la mala cara del día anterior y ensayar una sonrisa, caída en fracaso como tal, afeitarse intentando no olvidar los informes y, de fondo, el maldito despertador orgánico.

Salió a la calle y oyó de pasada la radio de un tipo. Otra vez esa chica defensora de lo obsoleto que acababa de salir de la cárcel por escándalo y exibicionismo. La defensora de los despertadores de chatarra, como los llamaban los demás, porque aquella mujer decía que tener un despertador orgánico era inhumano. A él ni le iba ni le venía, solo quería algo que lo despertara por las mañanas y punto. Como si era orgánico como si no.

El trabajo fue tan monótono como siempre y, al salir de la oficina, no olvidó pasar por una tienda biológica. Estuvo mirando si comprar un embrión-despertador... pero salía muchísimo más caro que un bebé-despertador y, además, el otro había que mantenerlo para que saliera a gusto del consumidor. Por lo que eligió uno cualquiera y el dependiente se lo metió en una caja con rejas de madera para que el despertador no saliera por patas. Nada más llegar a casa, decidió probarlo. El otro despertador observaba en silencio, entristecido. Lo iban a sustituir. Al ponerlo en hora, el nuevo despertador empezó a llorar y hasta que él no le tocó la cabeza, no dejó de sonar. Una vez comprobado que iba, lo puso a la hora que debía sonar y lo dejó en su mesita de noche, cambiándolo por el otro. El anciano, del mismo tamaño que un reloj de noche, quiso llorar o protestar, pero no lo habían hecho para eso... "¿Qué más da? -pensó-, voy a morir..."
-Por favor, no te deshagas de mí -gimoteó.
El tipo lo ignoró. Todos hacían lo mismo. Todos y cada uno de ellos. En la fábrica intentaban remediar eso sin desconectar las cuerdas vocales que hacían que te despertaras.
-Por favor, no me tires, no quiero morir. Por favor, por favor, señor...
Lo ignoró, lo tiró al cubo especial orgánico... y a las pocas horas era recogido por un camión especial, llevado a la fabrica, triturado después de haber extraído las piezas importantes (esta era una parte engorrosa para los trabajadores, pues los gritos los obligaban a llevar protectores de audición) y eliminado.

Al día siguiente, el nuevo despertador sonó, con un grito distinto, con otro tipo de sonido. Lo apagó y realizó la misma rutina de siempre, sin pensar en lo que tenía realmente encima de la mesita de noche. Una atrocidad. Un ser humano en miniatura. Una persona. Una vida. Un despertador orgánico.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Buscando una nueva vida (1ª parte)

Hola, me llamo Gladis, o al menos, ese era mi nombre artístico cuando aún era una actriz famosa y de gran porte.

Recuerdo con melancolía aún mis tiempos cuando era guapa, joven, esbelta. Pero los achaques de la edad aparecieron, los directores y guionistas dejaron de verme como un objeto de deseo, alguien a quien tener en su reparto, mi experiencia era algo inútil, pues después de todo, lo único que querían de mi era mi físico por lo que si quería un papel era tan sencillo como tener un vis a vis con el productor o el director, sacar a lucir mis encantos de mujer y darle un final feliz a la velada.

El papel era mío al instante.

¿Qué importaba romper una familia con o sin hijos? La mujer después de todo siempre saldría ganando, limpiándole de algunos ceros a cualquiera de aquellos millonetis, jejeje.

Pero como ya he dicho, los años no pasan en vano y esos veinte se convirtieron en treinta... Y entonces ya empezó mi decadencia, negandome papeles, teniendo que pasar de la gran pantalla a películas de serie B y, finalmente, el eslabón más bajo, la pornografía.

En este último era una enfermera, una madrastra malvada, una bruja, una amante, una ama de casa... siempre papeles sencillos y sin importancia, donde lo único que importaba era tu habilidad bocal y el saberte abrir de piernas.

Momentos así agradecía mis años de juventud, me permitía evadirme de la realidad mientras tenía ése falo embistiendome como si le fuera la vida en ello, follándome por todos los agujeros de mi cuerpo. Pero después de todo, no dejaba de ser un trabajo, más o menos agradable, me permitía pagarme las facturas y de vez en cuando, algo de placer.

Hasta que un día me llamó mi manager, ése hijo puta que me había dejado en la estacada tantos años ahora se acordaba de mí, me llamó diciendome que había encontrado un trabajo para mí, tras el cual podría casi retirarme de mi carrera y vivir por siempre en paz.

Continuará...

miércoles, 1 de agosto de 2012

¡¡Vacaciones!!

Así es, los tres aventureros y cuidadores de este blog nos hemos decidido a salir del jardín para pasar un mes de vacaciones en lugares alejados del bullicio para volver con más energías y nuevos relatos que os ayuden a pasar un buen rato :3

Será un mes y volveremos puntuales y con un relato preparado para vosotros. Claro que como el 1 de septiembre cae sábado, regresamos el lunes 3, por lo que se ruega paciencia en un verano tan caluroso ^-^

¡¡Qué tengáis unas happys vacaciones y no os aburráis mucho!!


miércoles, 25 de julio de 2012

Somnia...

Las imágenes del sueño se mezclaban con las sensaciones que los labios de su amante dejaban en sus pezones. Sumergida en la niebla entre el sueño y la vigilia, sin querer despertar y sin poder hacerlo, Lía sentía las caricias de su amante deslizarse por su cuerpo.
-Duerme mi amor, duerme - le decía aquella voz suavemente. Susurrante. Era ella, estaba segura, a pesar de que sus sentidos parecían no responderla.
Las conocidas caricias sobre sus senos aumentaron su excitación. Siempre había sido muy sensible a los besos y a las caricias que con la lengua le sabía hacer como nadie su amante. Su respiración se agitaba a medida que el placer la inundaba suavemente. Ahora sí quería despertar. Ver su hermoso pelo negro acariciando su vientre. Acariciarlo. Y besarla. Y comenzar, una vez más, una mañana haciendo el amor con ella.

Pero las nieblas del sueño se agarraban en su mente mezclando las fantasías con la realidad. Porque... el sueño de antes había sido un sueño, ¿no? Parecía como si estuviera bajo los efectos de una buena dosis de Rohipnol, como aquella vez en el hospital... De todas formas no podía pensar con claridad y tampoco le importaba mucho en ese momento, porque los besos y las caricias que estaba recibiendo la estaban llevando a cimas del placer nunca antes sentidas.

Cuando sintió unos labios sobre los suyos, abrió la boca buscando enroscar su lengua con la de ella. Pero... la fuerza, el sabor tenue a menta... no eran los de ella... parecian los de su otro amor, Arthur, aunque no podía ser él porque estaba fuera de la ciudad... De repente los besos se tornaron más suaves, más dulces. Su boca húmeda jugaba con la de ella. La lengua que la invadía, los labios que atrapaban los suyos mordisqueándolos lentamente, eran de ella, estaba segura. Esa mezcla extraña entre las fantasías del sueño y la realidad estaban alucinando sus sentidos.

Acarició su espalda, deslizando sus manos lentamente hasta su cintura para girarla y ponerla de espaldas sobre la sábana, acarició sus senos con sus dedos y con su lengua. Quería hacerle el amor, lo necesitaba, pero ella se retiró susurrándole:
-Duerme, cielo, duerme para que pueda amarte.
Ella, sometida al influjo de esa voz tan dulce y todavía sumergida en los efectos de esa mezcla de sueño y realidad, no podía hacer otra cosa más que obedecer, así que se abandonó completamente a sus caricias.

Sus labios y su lengua recorrieron rápidamente la geografía de su vientre hasta detenerse en su lampiño monte de Venus. Con dos dedos abrió levemente su vagina y depositó allí una caricia con su lengua tan dulce y tan bella que ella dejó escapar un pequeño gemido. Al instante el aliento de una voz cálida que le musitaba al oído:
-Te adoro.... 
Pero no era la voz de ella... El sueño y la realidad se mezclaban de nuevo...

Desechó esos pensamientos y se abandonó al placer que desde su sexo le llegaba en oleadas, mientras la lengua y los dedos de su amante la invadían suavemente.

Todo estaba ocurriendo muy confusamente. La lengua que acariciaba su clítoris junto a esas otras caricias dentro de ella... La sensación de ser penetrada por detrás por... junto a los besos en su vagina... Tenía que ser un sueño, pensó. Pero los embates en sus nalgas parecían muy reales y la sensación de una verga llegando hasta el fondo de sus entrañas la llenaba de un placer cada vez más intenso. Quiso alcanzar con sus manos hacia sus nalgas a quien la estaba llenado de felicidad, pero encontró que no podía despegarlas de la cabellera de ella

La poca visión clara que tenía se le llenó de nieblas, así que se dejó caer por la pendiente suave de sus sentidos. Parecía como si estuviera envuelta en nubes. Nunca había sentido el placer del amor de esa manera tan cálida, tan dulce... De repente toda su visión se aceleró extraordinariamente y todos sus sentidos se concentraron en su sexo. El orgasmo la golpeó como un tren y todo su cuerpo se arqueó como queriendo entrar dentro de sí misma, prolongar ese éxtasis eternamente. La llamarada del placer subió enroscándose como una serpiente por sus entrañas hasta que estalló en su cabeza de una forma y con una intensidad no conocidas, hasta ahora... Poco a poco, muy lentamente, todo volvió a la normalidad del sueño sobre su cama.

No duró mucho ese sueño. En esta mañana tan extraña, la presencia de su amante, intensamente vivida y sentida, parecía no querer abandonarla. No obstante, entre las nieblas que la envolvían, le parecía que las caricias volvían de nuevo. Su temperatura sexual subía y subía. Otra vez los besos la estaban poseyendo. Otra vez esa boca se adueñó de su sexo. Otra vez su propia boca se encontró con el pecho de su amante, con su vientre, con su dulce sabor.

De repente Lía sintió la presencia de algo muy cálido y muy firme en la entrada de su vagina. La estaba acariciando, como si pidiera permiso para entrar y acomodarse. Ya no quería ni mirar qué o quién le estaba haciendo el amor de esa manera. Poco a poco fue entrando en ella de una manera tan suave que parecía durar eternamente. Lía trataba de colaborar con un movimiento de su cadera, quería sentirla toda dentro de sí rápidamente, pero algo, o alguien, le impedía todos los movimientos, además... esa lengua seguía acariciando su pequeña perla.

¿Acaso ella misma estaba mezclando su sueño con su realidad? No importaba. No importaba nada, porque el suave vaivén que sentía en su sexo estaba aumentando el ritmo y... al mismo tiempo sentía que sus piernas se elevaban hasta colocar sus rodillas junto a sus hombros. Ahora podía sentirla totalmente dentro de sí, cada vez penetrada más fieramente. Cuando le llegó el orgasmo ni gemir podía al sentir su boca llena de esa lengua tan familiar.

Repentinamente se sintió vacía y su cuerpo todavía quería más. Las caricias por todo su cuerpo no podían compensarla... Las suaves palabras no podían consolarla. Lía quiso decir:
-No me dejes ahora... Sigue, cielo...
Pero nunca supo si esas palabras consiguieron salir de sus labios. La niebla parecía más espesa o tal vez fuera su sueño...

Con las caderas elevadas, su fantasía, si es que de fantasia se trataba, la llevó a sentir leves, pequeñas caricias en los bordes de su ano y el recorrido de... ¿una lengua? ¿o tal vez un dedo? por toda la longitud de su entreabierta vagina. Otra vez estaba anhelando ser penetrada... ¿Por qué tarda tanto?
-Entra en mí, cariño... Eso es, así...
Ahora el placer le subía por las entrañas en oleadas incontrolables. Su amante parecía complacerse en atormentarla. Al menos así se lo parecía a ella, porque cada poco tiempo abandonaba su suave cueva. Pero siempre volvía... ora en su vagina, ora en su ano, repartiendo las embestidas por pares en cada paraíso. Cada vez se sentía más llena, como si lo que la penetraba se hiciera cada vez más grueso y... más placentero. Y no paraba de crecer, hasta que llegó a pensar que podría romperse la delicada piel de su esfinter, aunque su placer aumentaba en la misma proporción. Incluso llegó a pensar que estaba siendo invadida por los dos lados al mismo tiempo... Solo este pensamiento hizo que le estallara otro orgasmo... Y otro...

La claridad de la mañana se fue colando entre sus pestañas y, sintiéndose entumecida, se desperezó buscando instintivamente a su amada. Quiso mirarla pero no podía, esas nieblas todavía persistían. Quiso acariciarla pero... ¡No estaba allí! Llevó una mano hasta su sexo, como queriendo cerciorarse de que todo no había sido un sueño. Efectivamente, no cabía duda alguna. La especial sensibilidad que siempre la dejaba el amor y la catarata de flujos que todavía fluian de su vagina, la hicieron sentirse levemente excitada. Sus expertos dedos trataron de recorrer su perla, y penetrar muy al fondo de su intimidad, pero el sueño, esta vez el verdadero sueño, consiguió rendirla finalmente.

Tuvo, todavía, un último pensamiento para su enamorada:
-Si mis labios no pueden decirte que te amo, que lo digan los latidos de mi corazón cada vez que respiro.
La despertó un zarandeo brusco y bastante molesto, junto a unas voces:
-¡Lía! ¡Lía! ¡Despierta ya, joder! ¡Lía!
-¿Eh? ¿Qué...? ¿Qué pasa...? -consiguió articular ella con dificultad.
-Pero, ¿qué te pasa? ¡Llevo media hora tratando de despertarte y no hay manera!
-¿Dónde estabas?- murmuró debilmente al tiempo que destapaba las sábanas y trataba de incorporarse.
-¡Pero si estás desnuda!- le dijo ella, observando que su ropa interior estaba arrugada por la cama-. ¿Qué has estado haciendo, pequeña zorra?- añadió con una sonrisa pícara... Su mirada recorrió su desnudez percatándose de la dureza de sus pezones y de ese ligero enrojecimiento delatador de los labios de su vagina. Con los ojos brillantes, añadió: Quiero amarte un poco más...
Lía la miró todavía desorientada... Se miró a si misma... La miró a ella...

La invadió la duda de si toda esa noche había sido un sueño. Se sintió ciega y desvalida como si, durante esa extraña noche, hubiese sido amada por un ser supremo que ahora la hubiera abandonado. Sabía que era muy difícil volver a encontrar esa especial pasión pura envuelta en niebla y esa sensación casi la hace llorar.

Se limitó a hacer un esfuerzo para orientarse, para acomodarse a la prosaica realidad, y luego se levantó con inseguridad y salió de la habitación.


domingo, 15 de julio de 2012

Una tarde de enamorados

Era un día lluvioso de verano. Uno de esos raros días en que el tiempo parece conspirar contra ti, pues que has quedado con tu enamorado, te encuentras en la parada del metro, sin paraguas ni nada que te cubra la cabeza, puesto que cuando has salido hacía un sol radiante.

Estaba empapada.

Podía sentir el paso de las frías gotas de agua a través de mi ropa, como me calaban hasta los huesos, así como algunas gotas traviesas bajaban lentamente por el escote haciéndome estremecer de frío.

Como si de un acto reflejo se tratara, no podía evitar mirar el reloj cada 5 minutos, aquel inútil, para variar llegaba tarde... habíamos quedado a las 4 y ¡ya habían pasado lo menos 10 minutos! ¿Qué había sido de los tiempos de la cordialidad y en las que era el hombre quien esperaba a la bella e indefensa dama?

- Pffff!!! ¿De qué me sorprendo? Tanto luchar por nuestra igualdad, para esto..- lanzo en un pequeño suspiro mientras empiezo a enojarme por el retraso.

Empiezo a caminar dando vueltas como un león en jaula, buscando algún resguardo de la lluvia, inútil. Si los diez primeros minutos no lo había encontrado, ¿por qué ahora iba a ser distinto?

¿Pero qué ven mis ojos?

A lo lejos veo una figura familiar que corre con un periódico en la mano con el cual intenta resguardarse de la lluvia.

Consuela ver que una no es la única que le ha pillado por sorpresa...

- ¡Hombre, ya era hora, ¿no?!- le dije indignada.
- Perdona, pero es que estuve mirando a ver si encontraba algo con lo que resguardarme del tiempo que hacía, pero no encontré nada mejor que este viejo periódico- decía mientras se daba cuenta que aquel trozo de papel, ya poco tenía de periódico... pues que ya solo quedaba como una especie de masa uniforme de celulosa y decidía tirarlo- ¡Vamos! Que te invito a un chocolate- dijo sonriente, mientras, a pesar de la humedad de los cuerpos y la ropa, me abrazaba y besó intentando compensarme por su tardanza.

Viendo su tierna mirada, el enfado se me terminó pasando al momento, aunque no podía evitar simular que el enfado aún me duraba:

- Pues espero que seas capaz de ofrecerme algo más que un vaso de chocolate, ¡porque estoy empapada!- abría los brazos señalandole lo obvio. Aunque en un descuido, no me dí cuenta que mis pechos y pezones se remarcaban especialmente a través de la camiseta, dejando más bien poco a la imaginación, a pesar de su opacidad, lo cual, provoco un acto reflejo de cruzarme de brazos intentando taparme.

Se rió viendo mi reacción, ante lo cual yo me sonrojé inocentemente y muriéndome de vergüenza, deseando que la tierra me tragase, aunque a su vez, sentía un calor ardiente dentro de mí, notando su mirada directa y lasciva sobre mis pechos.

- ¡Anda tonto! Vamos- le indiqué dándole un empujón cariñoso.

De ahí, nos dirigimos a un bar al que solíamos ir, los propietarios nos tenían más que vistos, por lo que al entrar, nos saludaron con una sonrisa mientras nos instalábamos.

Sin necesidad de decir nada, nos trajeron un cacao y una coca-cola.

La tarde transcurría sin incidentes, con carantoñas, besos, bromas... en fin.. lo normal de una tarde de enamorados.

Mientras estuvimos allí, tuvimos la oportunidad de secarnos y dejar que la tormenta pasase para volver a salir el radiante sol, como si nunca hubiese habido una nube en el cielo azul inmaculado.

Tras estar un rato allí, pagamos y decidimos ir a casa de él.

Vivía solo, lo cual era una ventaja para nuestros encuentros, no tenía que dar explicaciones a nadie, no dependía de nadie... en fin, era un alma libre, pero como toda alma libre... y cualquier hombre que se aprecie, su casa era su desorden.

¡Normal que no encontrase el paraguas! ¡Si vivía en una piara de cerdos!, ¡hasta los gorrinos eran más ordenados! Pero bueno... tampoco debía preocuparme mucho, puesto que cuando viviésemos juntos, era algo que cambiaría a mejor.

Sin darme cuenta, mientras pensaba todo eso, iba poniendo caras, a lo que él me preguntó preocupado:

- ¿Todo bien?
- Sí, sí, no te preocupes, no es nada- le respondí añadiéndole una sonrisa para relajarle.

Nos sentamos en el sofá a mirar la tele, si es que se podía decir que la verdadera intención era esa. Pero bueno, había que hacerse un poco derogar, ¿no? ¿o era demasiado cruel con él? ¡Nah! Que se lo trabaje después del retraso y tenerme tanto rato bajo la lluvia.

Puso un canal cualquiera en el cual ponían un programa cualquiera, puesto que no hacíamos caso al televisor ni a la programación, simplemente, hacía ruido de fondo.

Empezó besándome el cuello, estaba claro que el cabrón conocía mis puntos débiles, pero no me iba a dejar caer tan fácilmente. Me resistí manteniendo la mirada fija en el televisor, aunque todos mis sentidos estuvieran centrados en lo que me hacía.

Pero de repente, no sé muy bien porqué, recordé que habíamos quedado que el sábado íbamos a ir a comer con mis padres:

- Cariño
- ¿Mm?- preguntaba con la boca ocupada a comerme a besos.
- Recuerdas que el sábado hemos quedado con mis padres, ¿verdad?

Se sobresaltó y se apartó en seco de mi lado.

Su reacción me lo dijo todo, se había olvidado.

- No me digas que te has olvidado...- le dije en tono de inicios de enfado.
- Pues... no... no me olvidé, pero es que el sábado tengo partido de fútbol con los colegas.

Notaba como con cada palabra suya la furia me aumentaba, puesto que no era la primera vez que me encontraba en una situación así.

- ¡¿En serio me estas diciendo que has quedado con tus colegas para un partido cuando tenemos que reunirnos con mis padres?! ¿Acaso te has olvidado que te querían hablar? ¿Ahora, qué les digo?

Estaba claro que no sabía qué decirme ni cómo justificarse.

Así fue como empezó todo...

Y terminó gritándonos a la cara, soltándonos improperios y finalmente, cerrar la puerta en sus narices con un "¡te odio!" e irme llorando en la calle, corriendo.

Era de noche, corrí sin rumbo durante un buen rato, estaba dolida, desencantada, no sabía como podía estar enamorada de ése imbécil... pero aún así, le quería... no sé ni cómo ni por qué le termine diciendo esas cosas...

Mis pasos se fueron calmando, para dejar de correr y empezar a caminar, mientras tenía el rimel que se me caía de los ojos de tanto llorar.

Cuando quise darme cuenta, oía unos pasos que corrían tras de mí.

Rápidamente intente reconocer donde estaba, pero estaba completamente perdida, no sabía donde me encontraba... y el lugar no parecía de lo más recomendable para una joven ir sola.

Empecé a acelerar el paso.

Los pasos que antes corrían pasaron a caminar normalmente y sincronizarse a los míos.

Sentía un nudo en la garganta. ¿Y si es un asesino? ¿un violador? ¿un psicópata? ¡¿qué hago?!

Cuando quise darme cuenta tenía los pasos casi pegados a mi espalda, me giraba, pero solo veía una figura negra, no conseguía reconocer ningún rostro ni nada, puede que fuera cosa de los nervios, pero decidí volver a correr.

Los pasos también empezaron a correr tras de mi, cada vez más cerca, más nítidos, casi podía sentir la respiración acelerada de mi perseguidor en mi nuca.

Después de eso, no sabría describir lo que pasó.

No sabría decir si todo fue muy rápido o muy lento... supongo que dependerá de como lo vivas.

Me hizo una zancadilla, tropecé y caí estrepitosamente en el suelo. No tuve tiempo de girarme, ya me había dado la vuelta la figura negra.

Sin tiempo de reaccionar ni de decir nada, noté como me rompía la camiseta de un tirón, dejándome los pechos al aire con el sujetador.

Quise gritar, pero al momento la figura me tapo la boca. Estaba asustada, nerviosa, intentaba pelear, moverme, hacer algo, pero ante toda resistencia, la sombra me respondió mostrándome una navaja que acercó a mi cara, dejándome notar su frío acero.

En aquellos momentos cerré los ojos, nerviosa de lo que fuera a pasar, rezando por que alguien apareciese y  parase a ese loco, pero no había nadie. La calle estaba desierta y el miedo me paralizaba.

Como pudo, la sombra me desabrocho los pantalones y me bajó los pantalones y la ropa interior dejándome a la vista mi sexo.

En un pequeño momento de valor, quise mirar y pude reconocer el bulto que presentaba en su entrepierna:

- Vamos a pasarlo bien, putita- fueron las palabras que me dijo. Unas palabras que creo que nunca olvidaré...

Mientras me mantenía con la boca tapada, la libre se desabrochaba los pantalones y dejaba a la vista su miembro inhiesto.

Pelee, forcejee, Dios sabe que hice lo imposible por soltarme de ese cabrón, pero toda resistencia fue inútil, parecía ponerle más cachondo y terminó por darme un puñetazo en la cara.

Empecé a llorar de miedo.

Intenté resistirme como pude, pero no pude hacer nada.

Su miembro me ensartó salvaje y dolorosamente mientras yo lloraba y sentía como por dentro me destrozaba, quería que esto acabase pronto. Me penetraba salvajemente, podía oir sus gemidos de placer en mi oído, su lengua acariciarme la cara mientras me llamaba putita, lo mucho que disfrutaba follándome y otras palabras lascivas que querría no haber escuchado nunca.

Notaba como el tío estaba a punto de correrse cuando de repente, se salió de mí.

No entendí nada de lo que pasaba, estaba en el suelo, desnuda, destrozada, intentando dejar la mente en blanco, deseando que esto terminase, cuando ya no estaba.

Intentando hacer acopio de valor, abrí los ojos y pude ver como en realidad se trataba de que alguien había llegado a tiempo para quitármelo encima.

Pero a tiempo, ¿para quién? pues para mí nunca nada sería lo mismo, ya estaba rota por dentro.

Me hice un ovillo mientras veía como el violador y un desconocido se peleaban.

No podía dejar de temblar, la pelea poco me importaba más allá de que me dejasen en paz y pudiera largarme de allí... eso... o simplemente morir como una basura.

Agaché la cabeza intentando no mirar más, no quería saber como terminaba, no quería ver nada.

¿Pasaron minutos, horas, días? no lo sé... perdí toda noción del tiempo cuando escuché un gemido de dolor y como uno de los dos se caía en el suelo y el otro empezaba a correr despavorido.

Pasó un rato más hasta que finalmente alguien llamase a las autoridades y se solucionara todo.

Había pasado una semana cuando desperté y fui capaz de levantarme y salir de la cama. No dejaba de ser una muerta en vida... pero a mi pesar, seguía viva. Había días que pensaba que hubiera sido mejor que me hubiese matado aquel hijo de puta, pero no fue así, me dejo con la condena de seguir viviendo, recordando lo que había pasado.

Lo sorprendente, es que a pesar de lo ocurrido, nunca recibí una llamada de mi novio... hasta que unos días después me anunciaron la fatídica noticia.

Había sido él el que vino a salvarme, él el que cayó en el suelo, él el que murió...

Vino a buscarme, salvarme... y todo lo que yo le dije antes de irme fue...

Te odio.

miércoles, 4 de julio de 2012

Lily y el vampiro (Segunda Parte)

                                                                              III

Abres los ojos después de haber estado durmiendo largo rato y, a pesar de que estás cansada, te levantas tras desperezarte porque debes ir a trabajar. Subes la persiana y observas como el sol ilumina la calle. El sol y su luz que te molesta. Te molesta tanto que vuelves a cerrar.

Por el corto camino hacia el baño, te pasas la mano por el cuello, deseando que estén mucho mejor que antes. Miras esperanzada al reflejo que te devuelve el espejo... y te decepcionas al observar que no han mejorado. Otro día que tienes que ir con el cuello cubierto para que nadie te haga preguntas estúpidas e incómodas a las que no sabrías qué responder sin que sonara a locura. Tu rostro tampoco está muy bien: está pálida y tienes ojeras. Se nota que has descansado poco porque te acostaste muy tarde, pero sigues pensando que tu deber es ir a trabajar y no dormir. Vuelves a tu cuarto y te vistes lo más recatada posible para no llamar la atención, que es lo último que deseas o necesitas.

Preparas café y te lo bebes lentamente, y, mientras la cafeína va haciendo efecto, ves las cosas un poco más claras y recuerdas lo que sucedió la noche anterior. Oh, pequeña, que más dará si hoy no vas a trabajar. Maána serás mía, serás mi vampiresa, mi reina, y estarás conmigo para siempre, para toda la eternidad. Sin embargo, rememoras mis palabras: Aprovecha tu último día de sol. No vas a ir a trabajar, quieres aprovecharlo en algo más divertido que estar allí, aguantando...

Muy a mi pesar tengo que dejarte. Necesito descansar. Esta noche será muy larga.

                                                                              IV

Despierto nada más llegar la noche. Al fin, mi querida noche. Vuelvo mentalmente hasta tu casa, donde te veo sentada en el sofá, completamente desnuda. A tu lado, cervezas y ropa. Sé que me estás esperando y yo estoy ansioso por llegar.

No has hecho prácticamente nada durante el día. Has intentado salir a la calle pero el sol te molestaba y has tenido que volver a casa. Has mirado la luz del sol hasta mediodía. Tus ojos no podían resistir su brillo y tu piel era muy sensible a sus rayos. No has aguantado más y has bajado las persianas.

Ya te han crecido los colmillos. Perfecto, sin ellos no podrías convertirte en vampira. Tienes que poder morderme para beber mi sangre en tu primera noche, si no morirías y eso no es lo que deseo. Salgo de mi ataúd y me visto para luego salir de mi cripta.

Vuelo rápido en tu busca. Veo edificios de todos los tamaños, de todos los colores. Miles de víctimas viviendo dentro. Millones de litros de sangre para alimentarnos de aquí a la eternidad. Ya veo tu edificio y me pongo a la altura de la ventana que, como ya sabía, tiene la persiana bajada.

Utilizo nuestra unión mental para decirte que ya he llegado. Tú te levantas del sofá y vas hacia la ventana, donde subes la persiana y me miras. Tu rostro no refleja sorpresa... simplemente, lo sabías. Abres la ventana y me dejas entrar.

Nos quedamos inmóviles el uno frente al otro. Tú me miras fijamente, suplicando que empiece ya el ritual. Yo no me muevo, quiero hacerte sufrir. Te acercas a mí y me quitas la chaqueta. Me abrazas fuerte y me ofreces tu cuello para que beba. Acaricias mi pelo castaño y liso. Lo peinas con la mano. Después me quitas la camiseta y besas mi pecho y mis pezones. Palpas mi paquete y te cercioras de que, como pensabas, nada está duro ahí dentro.

Aparto tu mano de mi verga y te doy un largo beso.

Me desnudo delante de ti. Contemplas mi cuerpo delgado y blanco, mi largo pelo y mis ojos rojos. Yo abro la boca y te muestro los colmillos. Ha llegado la hora, como tú tanto ansiabas. Apartas el pelo de tu cuello y me lo ofreces. Yo hinco te hinco los dientes en la vena y bebo tu sangre. Vuelvo a sentir ese calor que lleva tu sangre y que a mí me proporciona tanta fuerza. Mi verga ya se levanta.

Dejo de beber pero no me separo de ti. Seguimos abrazados. Bajo mis manos por tu espalda y las llevo hasta tu duro culo. Me deleito un tiempo palpando tu divino trasero y después bajo un poco más las manos para llegar a la parte posterior de tus piernas. Entonces te levanto y separo tus piernas. Las sitúo una a cada lado de mi tronco y te vuelvo a bajar lentamente. Mi verga separa tus labios y se adentra sin remedio en las profundidades de tu coño. Gimes. Hacía días que esperabas esta penetración. Ansiabas tenerme dentro. Tenerme atrapado y que fuera tuyo desde un segundo hasta toda la eternidad.

Yo siento la calidez de tu cuerpo mortal. Tus fluidos, tu calor, tu piel; todo me proporciona de nuevo aquel gran placer que tenía casi olvidado. Hacía ya mucho tiempo. La última vez fue poco antes de mi última puesta de sol.

Haces esfuerzos por moverte. Subes y bajas haciendo fuerza con los brazos abrazados a mi cuello y con las piernas sujetas por mis brazos. Provocas el roce de nuestros sexos para sentir más placer. Buscas ansiosa el orgasmo. Todavía no es el momento.

Te hago parar. Ahora tienes que beber mi sangre. Me miras fijamente y me muestras los colmillos. Son blancos y grandes. Ya estás preparada para morderme. Acercas la cara a mi cuello y posas los colmillos en él. Dudas un poco pero yo te ordeno que lo hagas. Siento la incisión de tus dientes. Han desgarrado la piel y han llegado a mi sangre. Comienzas a beber.

Bebes rápido y con fruición. Disfrutas haciéndolo. Mi sangre te sabe a gloria, es lo mejor que has probado en tu vida, sin duda alguna. Yo quiero volver a beber y vuelvo a clavar los dientes en tu cuello, sin evitar que tu bebas de mí. De este modo la unión es completa. Nuestras sangres y nuestros sexos son uno.

Al cabo de unos minutos una sangre mezcla de las nuestras fluye por las venas de ambos. Ya es la hora de acabar nuestra unión. Saco los colmillos manchados de sangre de tu cuello y tú haces lo mismo. Entonces abro mi boca y te enseño los colmillos. Tú los lames hasta dejarlos completamente limpios y te tragas la sangre.

Te deposito en el suelo y me sitúo encima de ti. Vuelvo a penetrarte, esta vez con el propósito de darte el orgasmo. Muevo las nalgas y siento que llegará pronto. Tú gimes levemente al principio, pero a medida que te va llegando el orgasmo subes el volumen. El clímax está cerca, muy cerca. Cuando te llega clavas fuerte tus uñas en mi espalda, con lo que todavía incrementas aún más mi placer, desencadenando una fuerte eyaculación que te llena por completo.

Salgo de dentro de ti y me tumbo a tu lado. Miro mi polla y me sorprendo de que todavía esté firme. Sin duda la sangre que te he bebido todavía hace efecto. Tú también lo notas y rápidamente vuelves a la acción.

Te pones en cuclillas encima de mí. Me coges la polla con las manos y te la introduces lentamente en tu húmedo coño. Esta posición me encanta porque así puedo ver tus tetas y tocártelas cuando quiera. Y sé que a ti también te gusta. Por eso, antes de que empieces a botar pellizco tus pezones y te sobo las tetas. También el abdomen y los rizos del pubis. Tú te agachas y me besas. Vuelves a levantarte y comienzas a brincar lentamente, emitiendo un leve jadeo cada vez que bajas. Luego aceleras el ritmo. Yo contemplo anonadado el espectáculo de ver tus tetas botar y tu boca abierta emitiendo gemidos incontrolables. Te corres varias veces antes de que yo llegue al orgasmo y vuelva a inundarte con mi esperma. Cuando sientes mi semen en tu interior dejas de moverte y te atusas el pelo. Te agachas hasta que nuestros pechos y nuestros labios vuelven a estar juntos. Así permanecemos un buen rato.

                                     V

Sientes que mi polla todavía está dura dentro de ti. Te entran ganas de comérmela toda y que tu boca se llene de semen. Te la sacas de dentro y te das la vuelta. Ahora puedo verte el coño. Te lo beso, pero tu levantas el culo. Sólo quieres chupármela, por ahora nada más. Me la sujetas por la base y abres la boca.

Todavía no sabes esconder los colmillos y me provocas un pequeño corte. Una pequeña gota de sangre sale de mi polla y sólo verla hace que te vuelvas hambrienta. La lames y pretendes sorberme de nuevo la sangre. Yo te aparto como puedo de encima de mí y te echo a un lado. Estás sedienta de sangre. No lo había previsto. Por esta noche tendré que salir a cazar para ti, todavía no estás preparada.

Vuelo unos minutos y localizo una víctima. Ronda los treinta años es bastante atractivo. Yo creo que te gustará. Dejo de volar y aterrizo en la otra punta del callejón por donde va a pasar.

Camino despacio por el callejón. Le veo en la otra punta. Lleva puesta una ajada gabardina y camina hacia mí. Sólo se oye el ruido de mis botas y el leve silbar del viento. No tiene miedo. No sabe lo que le espera. El caminar es imparable y ya estamos a dos metros el uno del otro. Sonrío. Saco mis colmillos. Va a morir.

Aquí tienes tu víctima. Sólo está inconsciente, no está muerto. Tú tienes que matarlo. Tienes que beber su sangre hasta que esté a punto de perder la vida. En ese momento debes parar.

Le miras con cara de pena, no quieres hacerlo. Parece que quieras follártelo. Sin duda, quieres follártelo. Yo sé que lo que te conviene es beber su sangre, así que hago un corte en su pecho con mis afiladas uñas. Su sangre empieza a brotar y tú, como ocurrió cuando viste mi sangre, te lanzas súbitamente hacia la herida y comienzas a beber.

Bebes ávidamente, como si no lo hubieras hecho en toda la noche. Yo controlo el pulso del joven y cuando éste deja empieza a flojear te aparto con fuerza para que no sigas bebiendo. Te lanzas otra vez contra el cadáver, ansiosa de seguir bebiendo, pero te lo impido violentamente. Si bebieras ahora morirías para siempre. Y no quiero que eso suceda.

Se acerca la hora del amanecer. Te cojo la mano y saltamos por la ventana. Volamos hacia mi cripta. Nuestra cripta. Llegamos y nos metemos en el ataúd. Te abrazo y nos sumimos en un profundo sueño.

Mañana será otra noche.

miércoles, 27 de junio de 2012

El juego del tren

Todos los días, exceptuando los fines de semana, cogía el tren para ir y volver de su casa al instituto y viceversa. Era un día como otro cualquiera, al regresar de camino a casa, el vagón en el que iba parecía una lata de sardinas. No cabía ni un alfiler. Y todos los días que tomaba el tren de regreso a casa, esperaba verla a ella. Esa chica que iba a en el mismo tren pero distinta parada y de la que se había enamorado.

Aquel día en especial, no muy distinto de los demás, le resultó extraño no verla. No hacía más que buscarla con la mirada entre el montón de gente que iba en ese vagón. ¿Tal vez estaba en otro? ¿O se la tapaba la gente? El tren pegó una frenada casi inesperada y Yamato, quedó chafado contra la pared por un tipo joven y gordito al que no conocía pero que empezaba a odiar porque siempre era lo mismo. Para mejorar la situación, el tipejo se soltó de la barra a la que estaba sujeto y terminó de hacer de Yamato un mosaico en la pared del vagón.
-Cielos, qué resbalón -se rió tontamente el tipo, como intentando disculparse.
Este idiota siempre me aplasta, pensó Yamato, escurriéndose hacia la puerta del vagón para salir de aquella lata de sardinas... Y allí estaba ella, la chica de sus sueños, mirándole entrar. No puede ser, se dijo, sorprendido a más no poder. Casi creía que no la iba a ver aquel día y allí estaba, de brazos cruzados observándole.
Se puso tenso y recto, y tartamudeó un "buenos días" más bien torpe. Estaba atontado y no sabía qué decirle pero sabía que no podía dejar pasar aquella oportunidad para hablar con ella. Notaba que estaba rojo hasta las orejas, azorado como un tomate. El aviso de la llegada a una de las estaciones del trayecto del tren, le serenó un poco pero no lo suficiente como para dejar de sentirse torpe.


El tren se detuvo al llegar a la estación y la gran mayoría de los pasajeros de aquella lata de sardinas se bajaron allí, dejando el vagón con los mismos pasajeros de siempre a partir de aquel trayecto.
-Al fin se despejó un poco -dijo él, por decir algo, cuando el tren hubo reemprendido su marcha.
-Así es.
El muchacho se quedó mirando por la pequeña ventana de la puerta y vio a un tipo más bien delgado, al lado de una mujer joven, vestida con una falda roja, chaqueta crema, camisa debajo con un lazo en el cuello.  Yamato frunció el ceño y dijo:
-Ah, este tipo.
La chica miró hacia donde el joven observaba.
-Siempre se queda junto a una mujer. Tiene aura de pervertido.
La mujer al lado del sospechoso hombre se fue en dirección la puerta y el extraño hombre se deslizó lentamente hacia el trozo de barra donde la mano de la chica había estado sujeta. La chica que a Yamato le gustaba se rió con dulzura. Se ha reído, pensó con una sonrisa el muchacho.
-Eres muy observador, ¿no?
-En realidad no -contestó Yamato tras una pequeña tos de nerviosismo.
-No hablo de eso -repuso la mujer, para luego mirarle a los ojos-. Me refería a mí.
Yamato se quedó sin respiración. ¿Puede que, después de todo, ella supiera que la observaba y que se intentaba subir en el mismo vagón que ella para verla desde la distancia hasta que se bajaba y se reñía por no haber tenido valor para ir a hablar con ella?
-¿Qué personas suben en la siguiente estación? -preguntó la chica, cambiando radicalmente de tema.
Yamato hizo memoria y dijo:
-Uno que parece una patata y otro que es un charlatán.
-¿Quieres adivinar quién subirá primero?
-¿Cómo? -se sorprendió él-. Está bien.
-Yo creo que primero subirá el charlatán.
-Entonces, yo digo que será el de cara de patata -dijo el muchacho mientras el tren se iba parando paulatinamente.
La puerta del vagón quedó ante los dos hombres, listos para subir.
-Aquí vienen -dijo Yamato, nervioso.
La puerta se abre y parece que va a subir primero el charlatán, pero los gritos de unas colegialas porque un tren les levanta la falda mostrando sus coloridas braguitas le distrae, quedando atontado por esa visión unos instantes preciosos en los que el señor de cara de patata cruza primero la linea blanca y entra en el vagón, desinteresado completamente por aquel incidente.
-¡Sí! -exclamó Yamato-. Creo que gané -le dijo a la chica, mirándola con una sonrisa.
Ella se puso frente a él, cortándole la respiración momentáneamente al muchacho. Su mano se fue directamente a la entrepierna del cohibido Yamato, sin creerse lo que estaba pasando.
-¿Q-q-q-q-qué...?
-Es tu recompensa por ganar.
Le bajó la cremallera y continuó sus pervertidas caricias sobre los calzoncillos, notando como poco a poco se le iba poniendo un poco más dura cada vez. Sacándolo de su lugar con habilidad, fue a meterlo en la manga de su chaqueta, con una sonrisa en los labios, sin dejar de acariciar el miembro de un incrédulo Yamato.
-Te gusta el tacto de mi chaqueta, ¿no?
Mientras que con una mano sujetaba su sexo, la otra fuera de la manga acariciaba la punta con la mano, para luego acabar descubriéndola.
-Que carnosa es.
Tras haber estado tonteando un rato con su sexo, empezó a acariciársela con una mano, masturbando a Yamato, que ya solo se dejaba llevar. Empezaba lentamente, luego daba un pequeño acelerón y luego volvía a su ritmo inicial. Pasó de usar una mano a dos, para manejarse mejor y dar más placer al muchacho, que no sabía cuanto tiempo iba a poder aguantar sin correrse. La chica, como presintiendo que se estaba conteniendo, le susurró:
-Tu córrete. No hay problema.
Le lamió la oreja con tanta lascivia que Yamato no aguantó más y el orgasmo que tanto tiempo llevaba aguantando salió al fin, haciendo gemir al muchacho que no pensaba en otra cosa que en lo placentero que era aquello. Su semen blanco y pegajoso fue a parar a la pared de aquel pequeño cuarto. La chica se rió levemente, satisfecha de su trabajo.
-A los de limpieza no les gustará eso -comentó.
Empezó a lamerse los manchados dedos para luego decir:
-Juguemos a otra cosa. Si ganas, podrás usar esto -dijo mientras se subía un tanto la falda marrón que llevaba, mostrando una ropa interior rosa y clara, haciendo referencia a su sexo-. Dejaré que me folles hasta que le corras -esclareció.
Yamato no sabía muy bien como tomarse aquello y no tuvo tiempo de preguntar qué pasaría si perdía.
-Mira -dijo ella.
El muchacho obedeció. Una mujer joven estaba a punto de levantarse para bajarse en la siguiente parada. Frente a ella estaba el hombre charlatán y el tipo con cara de patata.
-¿Quién de esos dos ocupará su lugar cuando se baje? -preguntó la muchacha.
Yamato se quedó pensando unos instantes.
-¿Y bien?
-Q-Quizás el charlatán -tartamudeó él.
No pudo evitar fijarse en la ropa interior que asomaba tímidamente por debajo de la falda de ella. Retiró la mirada con velocidad antes de que se diera cuenta de su acto. El tren empezó a frenar al llegar a la estación. La chica se levantó nada más abrirse la puerta. El hombre con cara de patata se bajó tras ella. El charlatán ocupó el asiento vació con una sonrisa triunfadora. Al fin se sentaba.
-¡Lo conseguí! -dijo Yamato.
La chica se quedó poco más que sorprendida con la suerte del muchacho. Soltó un hondo suspiro y dijo:
-Hoy es tu día, ¿verdad?
El tren volvió a ponerse en marcha. La chica procedió a bajarse con lentitud la ropa interior rosada. Yamato enrojeció aún más si eso era posible. Ella se dio cuenta de ese pequeño detalle y dijo:
-Parece como si nunca hubieras visto a una chica.
-No, yo... -tartamudeó Yamato.
La chica pasó dos dedos por la pared manchada del semen del muchacho, para luego usarlo para lubricar su sexo y facilitar el que él se la follara. Pronto la verga de Yamato se puso nuevamente dura y erecta, excitado como estaba al verla lubricarse casi como si se masturbara.
-Vamos, no perdamos tiempo -le dijo mientras alzaba una pierna, apoyándose contra la pared y con una mano se abría el sexo humedecido.
Yamato le cogió la corva* y procedió a penetrarla con lentitud, no queriendo correr y hacerle daño aun estando lubricada. El muchacho gimió.
-No me he movido pero es que estás muy apretada -masculló.
-Te sentirás aún mejor cuando te muevas -dijo la mujer sin perder la sonrisa.
Yamato logró meterla entera para luego proceder a un lento movimiento, jadeando y disfrutando del momento, pero sin oír gemir a la chica.
-Apenas hace poco has eyaculado pero ya la tienes dura -gimió la muchacha, habiendo incrementado Yamato la velocidad conforme aumentaba su excitación con aquel juego.
-Es porque me gusta, me encanta -jadeó el muchacho.
Para ayudarse a calentarse más de lo que podía, pensó en ella desnuda, con aquellos pechos erectos, una sonrisa en los labios, esperándole a él, con la respiración acelerada y diciendo cosas como "sí, no te detengas. Siempre he querido que me hagas tuya. ¡Por favor, más fuerte, más!", lamiéndose el pecho, provocándole, gimiendo incansablemente.
-Cielos... Voy a... -gimió el muchacho, acelerando aún más, en esa zona en la que estaba a punto de notar el fortísimo orgasmo que venía.
-Sí, córrete donde quieras -le dijo la chica.
Una décima antes de que el orgasmo acabara con él, sacó veloz la verga del sexo empapado y eyaculó fuera, evitando que se quedara embarazada. El semen fue a pasar a la pared opuesta en la que ya había una mancha de la masturbación anterior, siendo aquella vez más abundante. La chica empezó a reír mientras Yamato jadeaba, apoyado su rostro en su hombro, intentando recuperar la respiración. Por algún motivo, aquello le parecía gracioso.
-Eres como un semental -susurró.
El revisor avisó de que estaban llegando a otra estación, en donde Yamato se tenía que bajar, pues esa era su parada, en dirección a casa.
-Oh... Aquí me bajo.
-Ni lo pienses -le detuvo la mujer, sin la ropa interior y mojada en ambos muslos-. Un último juego.
Yamato la miró con atención y esperó.
-Si gritara ahora, ¿de qué vagón vendrían las primeras personas?
El muchacho se quedó boquiabierto y paralizado. ¿Lo decía en serio? La chica gritó con todas sus fuerzas, la gente pronto se alarmó y buscaron el foco del grito. Yamato no podía pensar. ¿De qué vagón? ¡¿De cuál?!
-¿De cuál? -le preguntó ella, como si se estuviera riendo del joven-. ¡Si lo adivinas, haré como si no pasara nada!
-Parece que vino de allí -se oían las voces de los pasajeros.
Yamato se quedó paralizado, no podía pensar. Estaba paralizado del miedo y no podía ni responder. El tren se detuvo nada más llegar a la siguiente estación...



La chica estaba casi sola en el andén, esperando al próximo tren. Dos jóvenes se dirigían a las escaleras, conversando cuando una le dice a la otra:
-¿Te has enterado? Arrestaron a un pervertido en el tren.
-No te creo. ¿En serio?
-Oí que era muy joven.
-¿Segura?
Se alejaron y la chica no pudo oír más de aquella conversación. No dejaba de sonreír, mientras se colocaba un mechón de oscuro cabello tras la oreja. Soy muy observadora, ¿lo sabías?, pensó la muchacha.


viernes, 22 de junio de 2012

Éxtasis

Ya era de noche cuando finalmente me decidía a salir de mi casa para dirigirme a una discoteca.

Después de todo, no deja de ser el lugar perfecto para conocer cualquier desconocida y pasar la noche perfecta y pasar al día siguiente como si nunca os hubierais visto.

Lógicamente me había arreglado para la ocasión. Unos pantalones vaqueros, zapatos, una camisa negra con un botón superior desabrochado y un peinado ligeramente desarreglado e informal.

Me sentía con seguridad, tenía claro lo que quería y lo que debía hacer... Y era tan simple como encontrar la persona indicada, camelarla y finalmente, convencerla de llevarla en un lugar solitario o a su misma casa.

El ambiente de la discoteca RedHell invitaba al desenfreno y a dejarse llevar por la música, una música electrónica que casi era hipnótica para los oídos, marcando un ritmo constante, juntandose con la coreografía de los lasers y las luces que se encendían y apagaban al ritmo de la música.

Sin demasiado interés me acerqué a la barra a pedir un gin tonic.

Me quedé mirando a la gente como bailaba, se metía mano, frotaban sus cuerpos calientes y sudorosos los unos contra los otros. Pero todo eso me aburría, en realidad no dejaba de ser un mero formalismo para llevar a alguien a la cama y disfrutar de una noche de sexo desenfrenada, o no... Todo dependía del alcohol que se llevase en sangre.

Me giré un momento sobre la barra resignado, inclinándome sobre mi vaso, observando como el hielo se fundía lentamente con la bebida. Me mantuve ajeno a todo por unos segundos hasta que una voz femenina me saludó.

Para mis adentros sonreía, pues ya tenía al fin alguien con quien, seguramente, podría pasar la noche y poder disfrutar de la sensación de ser un dios.

Sin girarme le respondí, manteniendo la mirada fija sobre mi vaso, fingiendo cierto desinterés por su presencia.

El efecto fue en cierto modo el esperado, pues la chica se acercó un poco más a mí. A lo que yo le ofrecí asiento mientras alzaba mi mirada y observaba su rostro y cuerpo.

Iba vestida con un vestido de una pieza, brillante-plateado, llevaba medias y unos zapatos a juego del vestido, pero además iba bastante maquillada. Todo sea dicho, algo bastante habitual para estas noches en la que se busca encontrar una pareja con la que aparearse y sucumbir a una noche de pasión o, simplemente, disfrutar de la noche sin pensar en el mañana.

La conversación inició siendo bastante banal, preguntándonos mutuamente si habíamos venido solos, de dónde eramos, qué estudiábamos o trabajábamos...

Tal como ya decía, algo de lo más banal y aburrido, pero no dejaba de ser el protocolo para estos casos.

Seguidamente, me la quedé mirando unos instantes en silencio, le sonreí y me fijé en que tenía unos ojos verdes, lo cual, no pude evitar decirle que me gustaban, mientras aprovechaba para acortar distancias entre ambos cuerpos.

Ella, nerviosa, se rió tímidamente, intentando quitar importancia a lo que le había dicho, pero aún así, me permití el lujo de seguir adulandola y usando mi zalamería. Lo suficiente como para poder ganar el terreno suficiente y poder besarla y poco a poco posar mi mano sobre su cintura y la otra sobre su mejilla.

Tras eso, nos quedamos mirando unos instantes y le propuse de irnos a otro lugar más tranquilo donde seguir la velada.

Algo que tampoco me fue muy difícil, puesto que sus amigos se habían largado hacía un rato y los míos... en fin, los míos nunca llegaron a estar ahí.

Así pues, ofreciéndole mi coche la lleve hasta su casa, dejándola frente al portal de su casa. Momento en que me propuso de acompañarla a tomar una copa como agradecimiento.

No pude negarme ante tal invitación de cortesía.

Su casa era un lugar humilde, aparentemente, vivía sola... Aunque me reconoció que compartía piso con dos compañeras de universidad, pero que se pasarían el finde fuera, por lo que nadie nos molestaría.

Mirando con más atención, se veía claramente el toque femenino y a la vez rebelde que destaca a los universitarios. Tampoco era algo que me importase mucho, pues que tras esa noche, dudaba mucho volver a pisar ese lugar.

Me senté en el sofá mientras esperaba que volviese con un par de copas de bourbon.

La noche prometía.

A penas se sentó, le dí un primer trago a la copa y empecé a besarla, mientras con una mano volvía a acariciar su mejilla y con la otra le agarraba de la cintura mientras subía por la espalda buscando la cremallera del vestido.

De mientras, ella me iba desabrochando la camisa y metía su mano dentro de esta para acariciar mi pecho y remover con sus dedos los pelos que sobresalían de mi pecho.

Cuando finalmente encontré la cremallera, se la bajé, dejando que el vestido cayese a mitad por su propio peso, al tiempo que ella terminaba de quitarme la camisa y, acariciando mi pecho, bajaba en busca del botón de mi pantalón.

Mis manos se posaron sobre sus pechos, buscando la parte inferior del sujetador y poder introducirlas para poder agarrarlos y apretar sus pezones, dejando que lanzase un ligero quejido de dolor y placer a la vez.

Una vez pudo desabrochar mi pantalón, metió mano en mi miembro, que empezaba a sentirse excitado por al situación, masajeándolo lentamente y sacándolo de su guarida dejándolo al descubierto.

A su vez, yo le desabroché el sujetador hábilmente con ambas manos, dejando a la vista sus firmes pechos.

Tras eso, ella se levantó y terminó de caer su vestido, quedándose solo con las bragas y las medias.

Me agarró de la mano derecha estirándome, invitándome a que la siguiera hasta su habitación.

Tumbándonos allí, terminamos de desnudarnos.

Seguíamos besándonos, acariciándonos y masturbándonos mutuamente mientras la excitación de ambos aumentaba.

A este punto, quise proponerle un juego muy simple, ella solo tenía que taparse la vista mientras yo la ataba en la cama.

La idea parecía excitarle aún más, pues accedió sin ningún problema.

Fui moviéndome libremente por la casa mientras buscaba todo lo necesario para poder llevar a cabo lo que necesitaba.

La dejé ciega e inmovilizada en la cama, abierta de piernas y plenamente a mi merced.

Empecé a acariciarla con suavidad, viendo como su piel se ponía de gallina ante el delicado paso de mi juguete. Pasando lentamente por la mejilla, el cuello, el pecho y, finalmente, el estomago, llegando a la zona púbica.

En aquel instante, dejé un momento mi juguete en un lado de la cama para lamerle el cuello salvajemente y descender, en esta ocasión, centrándome en sus pezones. Jugueteando con la lengua y mordisqueándolos a la vez, sin llegar a utilizar las manos en ningún momento.

Seguí descendiendo dejando que notase mi aliento sobre su cuerpo, sintiendo como me acercaba lenta pero peligrosamente a su monte venus.

En aquel momento, volví a tomar con la mano mi juguete temporal y mientras veía como su cuerpo temblaba de excitación en espera de que mi boca empezase a comerle el coño, la penetré salvajemente, dejando que de su boca saliese un quejido de dolor. Repitiendo la operación una y otra vez, mientras mi excitación aumentaba, sus fluidos me salpicaban mientras yo gritaba de placer y sentía su calor en mi cuerpo, tenía el poder de hacer lo que quisiera con ella.

Y así actué.

La penetré una y otra vez hasta que me cansé y dejé de lado mi juguete, para seguidamente seguir con las manos e introducirlas, pudiendo sentir sus entrañas, el calor todavía latente de su cuerpo.

Podía sentir como su cuerpo se estremecía entre mis manos, ante tal sensación, seguía notando el éxtasis del poder. La excitación en aquellos momentos ya iba disminuyendo, pero por fin había vuelto a sentirlo.

Sentir el éxtasis y la excitación.

Sentir el poder de un dios.

El poder de la vida y la muerte.


jueves, 14 de junio de 2012

Lily y el vampiro (Primera Parte)

I


Falta una hora para la salida del sol. Lo sé sin tener que leerlo en ningún sitio. Es puro instinto de supervivencia. Si no lo supiera habría muerto hace mucho tiempo.

Aquí, en una rama de árbol, espero la llegada de mi última víctima. De esta noche, claro. Sé que llegará, cada madrugada hace el mismo recorrido. Pero hoy tardará más en llegar a su destino. Eso si llega.

Ya la veo. Camina lentamente, está cansada y tiene sueño. Salto de mi elevado escondite y caigo dulcemente delante de ella. Se asusta. No esperaba una visita. Mi rostro blanquecino y mis afilados colmillos le hacen gritar desesperadamente. La abrazo y acerco mi boca a su cuello. Clavo los colmillos. La carne se abre lentamente y alcanzo su vena. Sorbo lentamente y su dulce sangre invade mi boca, mi lengua, mi garganta. Mi cuerpo entero. Y con ella miles de sensaciones. Se llama Lily. Tiene miedo. No entiende lo que ocurre. No siente dolor, más bien es una sensación levemente placentera. Sigo bebiendo, todavía tiene mucha sangre para darme. Lo estoy haciendo muy lento. Disfruto bebiendo sangre cargada de sensaciones y sentimientos.

Me llega más información. Es una chica muy caliente. Arde con el sexo. Es lo que más le gusta en esta vida. Tiene novio y le quiere. Pero necesita sexo a todas horas. No le importaría hacérmelo. Su calentura llega a mis venas y me arde el cuerpo. Dejo de beber y la separo de mí. Está muy débil, pero todavía se sostiene en pie. Y me mira fijamente a los ojos. Ya no tiene miedo. Me quiere a mí.

La cojo por la cintura y nos elevamos. Vuelo rápido, no tengo mucho tiempo. Ella, aturdida, se aferra a mi. Me besa en el cuello. Yo me estremezco al sentir el contacto y al oler el fresco aroma de su sangre.

Llegamos a nuestro destino. Se podría decir que es mi casa. Una cripta. La deposito en el césped verde oscuro de la entrada. Me quedo de pie y la miro. Sus castaños ojos también lo hacen. Es hermosa. Su pelo ondulado está esparcido por el suelo. Me agacho e hinco mis rodillas en el suelo, situándome a horcajadas encima de ella. La beso en los labios y en la barbilla. Bajo mi cara hasta su cuello y vuelvo a clavar mis afilados colmillos en las heridas de su cuello. Su sangre vuelve a llenar mis venas. Siento su calor muy dentro de mí y comienzo a sentir algo que hacía tiempo que no sentía. Noté que la verga se me había endurecido en pocos segundos, excitado y ardiente.

Ella también me mira. Su mirada es de conocimiento. Sabe lo que me pasa. Ha sentido mi verga enhiesta cuando estaba encima de ella y ahora puede ver mi erección haciéndose notar en mis ajustados vaqueros. Sus labios esbozan una ligera sonrisa y sus ojos miran mi entrepierna. Se muerde de forma lasciva el labio inferior. Anhela lo que yo tengo entre las piernas.

Se levanta y se pone frente a mí. Me besa y con su mano palpa mi entrepierna. Desabrocha los botones de la bragueta y mete su mano. Me la saca y me la aprieta. Me la observa con detenimiento. Es muy blanca en todo su tronco, En cambio la punta es de color púrpura. Se agacha y me la besa. Siente que ha perdido un poco de consistencia. Se levanta y me coge la mano y la lleva a su espalda. Bajo su cremallera y su vestido cae al suelo.

Es hermosa. Tiene los pechos pequeños y los pezones erectos. Son muy bellos. Alargo mi mano y se los acaricio. Su imagen me excita, pero mi verga no vuelve a recuperar su anterior firmeza. Miro su cuello. Ella parece comprender. Inclina su cabeza y pega sus pechos a mi cuerpo. Yo vuelvo a beber.

Mi verga vuelve a estar firme. Ella está muy débil pero puedo apreciar su ansiedad por tenerla dentro. Pero presiento algo que va a impedir nuestra unión. El sol, mi peor enemigo, no tardará en aparecer en escena. Tan rápido como puedo la rodeo con mis brazos y la llevo volando a donde la encontré hace apenas tres cuartos de hora. Vuelvo a mi cripta y me escondo de los rayos del sol. Falta un minuto para que amanezca.

Mañana volveré a verla.

II


Despierto en mi ataúd. Ya no hace falta dormir más, pero todavía es pronto para salir a beber sangre. Aún es de día. Recuerdo la noche anterior, esa belleza llamada Lily que, por el exceso de sexo que nadaba en su sangre, me dio el calor suficiente para que volviera a sentirme mortal. Falta poco para volver a verla pero, ¿qué debe estar haciendo ahora?

Pienso en ella con todas mis fuerzas. Mi mente sale del cuerpo y vuela al encuentro de Lily. Es sencillo. Cuando bebo sangre de una persona, quedo unida a ella para siempre. No hay lugar que pueda esconderla de mí. Puedo verla esté donde esté. Puedo oír lo que dice, ver lo que hace y, si he bebido mucha sangre suya, sentir lo que siente. Pero pocas personas tienen el privilegio de seguir viviendo después de recibir mi mortal mordedura. Lily ha sido una de ellas. Y probablemente será algo más.

Recorro mentalmente la ciudad en su búsqueda. El sol no destruye mi mente y, por tanto, no me mata. Me gusta mirarlo fijamente, en tono desafiante. Sé que no me puede hacer nada. La oscuridad de mi cripta protege mi inflamable cuerpo. Por fin siento su calor. Huelo su sangre. Está cerca de aquí. Ya la tengo. Apenas han transcurrido unos minutos y ya puedo verla.

Está en una oficina, trabajando. Veo ordenadores y varias personas en la misma habitación. Ella está hermosa. Su piel todavía es más bella a la luz del sol y su pelo brilla con los rayos del sol que entran por la ventana. Lleva un pañuelo de seda anudado al cuello. No quiere que nadie vea las marcas que dejaron mis colmillos en su delicado cuello.

Está leyendo algo del ordenador. Advierto que su temperatura se ha elevado desde que entré. Quizá pueda notar que estoy aquí. Intento leer su mente, pero solo consigo pensamientos sueltos: 'relato', 'me metí su polla en la boca', 'se corrió en mi cara', 'me la metió hasta el fondo', 'miles de orgasmos consecutivos'... Lo que ha estado leyendo le ha excitado muchísimo; de ahí el aumento de temperatura.

Cierra la puerta del baño y se baja la falda. Se sienta en la taza. Apoya su espalda en la pared y abre las piernas. Mete su mano en el atrevido escote que tiene su camiseta y se pellizca el pezón derecho. Éste adquiere firmeza muy rápidamente. Mientras tanto, la otra mano ya ha empezado a acariciarse el sexo. Lo tiene muy húmedo y se mete un poco el dedo. Después, empieza a frotarse el clítoris con un dedo. Se estremece y se pone más caliente. Sigue con dos dedos. Y con tres. Ya lo hace de forma salvaje. Suelta toda su calentura y se corre tres y cuatro veces seguidas.

Al terminar piensa en mí, en lo que le hice ayer. En lo que puede que hagamos hoy si voy a por ella...

Iré a por ti, princesa mía. Tenlo por seguro. Y no será sólo una noche. Será toda la eternidad. Hoy me meteré dentro de ti y luego beberás mi sangre. Seremos los dos inmortales.

De repente mi cuerpo reclama la presencia de la mente y ésta vuelve rápidamente a él. La razón: mi verga vuelve a estar firme. La miro y la sujeto con mi mano derecha. La imagen de Lily masturbándose en el baño está muy fresca en mi mente. Recuerdo mis masturbaciones mortales y vuelvo a rememorarlas, tres años después. Mi mano derecha cubre y descubre el glande purpúreo, y siento muy intensamente cada uno de los movimientos. Acelero el ritmo y llega el momento del orgasmo, al unísono con una larga y potente expulsión de semen.

Lily, quedan pocas horas para que nos veamos. Tú, lo intuyes y lo deseas, pero todavía no lo sabes. Voy a ir a por ti después de alimentarme y te voy a hacer mía esta misma noche. Después, te daré mi bien más preciado, la sangre, y serás como yo. Estaremos juntos toda la eternidad.



domingo, 10 de junio de 2012

Aventuras en el Espacio - Taras Bulba - La princesa Rida

Taras Bulba era una libertina y lo tenía más que asumido. Quien parecía no tenerlo tan asumido eran los demás. Era una viajera del tiempo y le gustaban los mundos paralelos. Sabía arreglar cualquier trasto y el Imperio de un sistema solar la estaba buscando. Y a ella le daba igual.
Iba detrás de una princesa de un reino cuyo nombre nunca se acordaba, aquella muchachita se llamaba Rida. Tenía un cabello rojo como los amaneceres, los ojos verdes como la yerba de los alrededores, un buen corazón y una inocencia muy tentadora. Por el motivo de que a Taras le parecía lo bastante sexy como para pervertirla, estaba a oscuras, bajo la cama de la princesa. Llevaba toda la tarde esperando a que ella regresara de no sabía que fiesta y la había visto desnudarse y sus ganas de sentir su cuerpo habían aumentado escandalosamente.

En aquellos momentos, estaba esperando a que el guardia que había detrás de la puerta se fuera de una vez, para seguir así con su aburrida ronda. Cuando esto pasó, Taras salió de debajo de la cama más sigilosa que una serpiente. A la luz de la luna que se colaba por la ventana, parecía una de esas princesas de cuentos.


Taras de acarició la mejilla, se arrodilló y le susurró al oído de la princesa que no se asustara.
-¿Quién eres? -susurró Rida.
-Soy la hermana perdida de Rax'tra -dijo Taras, haciendo alusión a la diosa del amor.
-¿La gran Diosa tiene una hermana?
-Sí, pero -se adelantó Taras, en susurros-, nunca te han hablado de mí porque soy algo así como la hermana mala. No te haré daño, solo te descubriré placeres que tus sacerdotisas considerarían altamente prohibidos.
-¿Como... como qué?
Taras sonrió y le subió el camisón hasta el pecho. Se inclinó sobre ella y le lamió el seno derecho, mordiendo con suavidad, disfrutando del tacto aterciopelado, poniéndose cada vez un poquito más duro hasta quedar como un pico de una lejana montaña.
-Como esto -le dijo Taras, respondiendo a su pregunta.
Las mejillas de la princesa se habían teñido de rojo a una velocidad sorprendente. Taras no se detuvo ahí. Le besó en el cuello, su lengua salió de la oscura cueva y bajó por la clavícula, el pecho, el ombligo hasta llegar a un ritmo torturadoramente lento a aquel sexo parcialmente humedecido.

Pegó un lametazo a aquel conejito mojado, sabiéndole el líquido robado a algo tan dulce como lo era el corazón de la princesa, que estaba intentando poner a punto de caramelo. Dulce, acaramelado, azucarado... Aquel conejito era, hasta el momento, el mejor de todas las princesas a las que había tenido ocasión de follar.

Sabiendo que era virgen, tuvo especial cuidado a la hora de colar sus dedos en aquella humedad palpitante. Un dulce gemido nació de los labios de Rida. Taras acarició la zona interna con suavidad mientras el pulgar tonteaba con su monte de Venus y sus dientes jugaban con su oreja. Poco a poco, fue metiendo unos pocos centímetros a cada vez sus inquietos dedos, tocando el punto favorito de Taras casi logrando que la inocente princesita llegara al orgasmo. Pero la viajera no la dejó y sacó con velocidad sus dedos de aquel lugar tan pernicioso. Fueron a parar a su boca, saboreando una vez más el fruto de aquella dulzura.

La tenía como a Taras le gustaba: a punto de caramelo. La besó en la mejilla y se ensañó con el cuello; buscaba desesperarla y que se liberara un poco de aquel libertinaje dormido que tendría en algún lugar. Se quitó el chaleco, la camisa y se desprendió del sujetador. Empezaba el fuego de verdad. Lo de antes tan solo había sido el calentamiento; ahora venía el plato fuerte. Atacó sus senos con la ferocidad de un lobo hambriento. Le arrancó más de un gemido a la princesa y acarició la oquedad tan mojada que le perdía. Le mordió el pecho, se lo lamió, lo acarició y pellizcó. Se lo retorció y los mantuvo siempre duros y erectos, como, desde el punto de vista de Taras, era como tenían que estar. Su lengua volvió a descender a un ritmo desesperadamente lento por su vientre, trazando círculos pecaminosos en torno a su ombligo. La princesita dulce y de caramelo, de piel aterciopelada, voz dulce y corazón de niña, alzó la cintura, como suplicando que bajara de una vez y le diera ese nuevo y extraño placer.
-¿Cómo te han enseñado a pedir las cosas, Rida? -le susurró Taras al oído, en un tono aterciopelado y tentador.
-Por favor...
Una sonrisa asomó a los pervertidos labios de Taras, quien bajó al mismo ritmo lento y desesperante de antes. Adoraba ver como Rida, la noble princesita, se retorcía de placer bajo su lengua. Le concedió -y se otorgó- el enorme placer de lamerle el conejito, superficialmente y casi haciéndole cosquillas. Fue presionando de cuando en cuando para luego volverse una constante.
Aquella inquieta lengua que se coló con lentitud en el húmedo sexo de la princesita adorable, que, para gozo y disfrute de Taras, gimió cuando empezó a ser follada por aquel músculo inquieto. La viajera le sujetó la cintura para luego clavarle las uñas, dejando tras de sí el camino de la piel ligeramente enrojecida. Era inevitable no sentir cómo Rida hacía todo lo posible y lo imposible por no correrse, como si pensase que estaba mal. Aquello no lo descartaba Taras, en un mundo donde el placer era mal visto.

Intensificó los movimientos de su lengua, haciéndolos más específicos y violentos, jugueteando con su montecito de Venus, mordiéndose la princesita el labio, corriéndose al fin, casi gritando de placer, recogiendo Taras el delicioso fruto de sus furtivas acciones.

Rida no se había librado, por supuesto, de la tarea de recompensar a Taras, quien se conformaba con unos ágiles movimientos en su oquedad húmeda cual cueva marina. Tenía los dedos algo torpes y nerviosos pero con ayuda de la viajera, corrigiéndola y tentándola con sus infinitas caricias, provocándola con ligeras palabras, llegó a ese punto donde tu cuerpo se convulsiona de placer, donde solo tienes en mente que deseas más hasta morir.

Llamaron a la puerta. Taras saltó de la cama y se vistió todo lo veloz que sus años de asaltar a oscuras y en la clandestinidad le habían otorgado. Se despidió de la princesa Rida con un fogoso beso carente de amor y susurrándole con un tono lascivo:
-Un placer conocerte y saborearte, princesa Rida.
Tras eso, saltó por la ventana. Rida brincó de la cama asustada y se asomó... no vio nada. No un cuerpo estrellado, ni un cuerpo cayendo; y aun después de las numerosas búsquedas no encontraron nada. Rida, tras aquello, creyó más que nunca que era la hermana no mencionada y olvidada de Rax'tra.
Lo que en verdad había sucedido era Taras se había "movido" a su nave, sin sufrir daños, usando su transportador que llevaba en el brazo. Había sido un regalo de un viejo amigo, aficionado a los viajes en el tiempo.

Taras suspiró, dejándose caer en la cama, recordando el dulzón sabor de la piel de la princesa Rida. Había sido, desde luego, un pequeño polvo... no era comparable con Bàthory pero era dulce, como el postre. Taras sonrió. Años más tarde a Rida se la conocía por sus amplios conocimientos en el placer, cambiando radicalmente el pensamiento y reglas de su mundo.
-Sin duda, una gran princesa -se dijo Taras, rememorando el caliente recuerdo que le había quedado de aquella inocente princesa.