viernes, 5 de febrero de 2016

Juno - La suegra

Uno

Empezó de nuevo la semana. Un bonito y radiante lunes por la mañana. El despertador, como siempre, fue apagado para no seguir tener oyendo su agónico grito. Juno ya estaba frita de la semana incluso antes de que ella misma se diera cuenta. Vestirse, desayunar, despedirse de Owen, y sacar el libro de la estantería para seguir leyendo plácidamente hasta las dos, hora en la que tenía que irse a trabajar. 

Lo que no sospechaba, aún, era que cuando Owen llegase a casa, le diría la fatídica noticia de que tenían que ir a ver a su madre. Eran principios de mes y ya tocaba. Juno, que había tenido la esperanza de un día tranquilo (el trabajo había sido un asco. Los niños habían ingerido cafeína y estaban incontrolables. Momento de replantearse si realmente quería tener hijos. Sí, aún quería) y al llegar a casa, antes de que se hiciera el momento de hacer la cena, leer un poco más para desconectar del trabajo. Pero Owen llegó a casa, esperó un tiempo prudencial y dijo las palabras mágicas:

-Tenemos que ir este fin de semana a ver a mi madre. Ya sabes. Ha pasado un mes y nos echa de menos. Debemos ir. Además, es su cumpleaños.

Juno respiró hondo antes de contestar pero ni eso le había servido. Sencillamente, explotó.

-¡No pienso volver a casa de tu maldita madre!


jueves, 28 de mayo de 2015

Hazlo

Notaba la pulsación a mil por hora. Su corazón también parecía decírselo.

Quedaban menos de cuarenta segundos para que llegase el metro. 

Tenía que hacerlo, claro que sí.

Treinta y cinco segundos.

Su consciencia e inconsciencia prácticamente se lo estaban gritando: "¡Halzo!".

Veinte segundos.

Le temblaban las manos. ¿Estaba sudando? 

Quince segundos.

Mariposas en el estómago. Ese hormigueo... 

¡Hazlo!

Diez segundos.

¡Hazlo!¡Hazlo!¡Hazlo!¡Hazlo!

Entra.

¡Hazlo!¡Hazlo!¡Hazlo!¡Hazlo!¡Hazlo!¡Hazlo!¡Hazlo! ¡¡HAZLO!!

Cuando el tren ya estaba a punto de rebasarles, la empujó a las vías. 

-¡Quédate parapléjica, zorra!


martes, 5 de mayo de 2015

El juego de Sakhmet - Tapa de sesos

La noche que cae. Se pasó la lengua por los labios, deseando paladear la sangre que estaba por llegar. Después de su último encuentro, había decidido darse un pequeño descanso, que, empero, no había durado tampoco demasiado. Se sonrió, con cierta ironía. Ni ella ni su fiel guadaña podían esperar mucho para probar la sangre de personas que arderían pronto en el Infierno, dando más diversión a Lucifer, tras una visita suya. Se acuclilló en la azotea y observó la lista de Sakhmet. 

El siguiente de la lista lo tenía crudo, porque ya la veía borracha por la calle acompañada de un grupo de amigas. No quedaban muchos portales para su casa, y entonces, caería en su trampa. 

"Bien, bien. Que comience la diversión", se dijo, mientras  bajaba de la azotea y entraba en el hogar con la fácil habilidad de las ganzúas. Ahora solo tenía que esperar. El día terminó de morir, llevándose consigo un agónico crepúsculo, cuando su víctima inconsciente cayó en su tela de araña. 

Empezaba el juego.

La mujer estaba tan borracha que ni se daba cuenta de la presencia intrusa en su hogar. Se limitó a quitarse los zapatos y a tirarse boca abajo sobre la cama, con un suspiro. Pasito a pasito. Todo lo lento y despacio para poder cazarla. Y entonces, se tiró encima de ella, presionándole la garganta hasta que perdió el conocimiento, pero no la vida. Eso sería demasiado rápido.

Una vez la tuvo atada a la silla, la contempló. Uhm, interesante. Ya tenía ganas de experimentar con su frágil cuerpo. 

-Bien. Buen comienzo -dijo Mila, con una ancha sonrisa, tras despertar a su juguete y ver sus ojos aterrorizados-. Se bienvenida al mundo de las pesadillas, oh, gran ramera. Hija de un mutante de cloacas y con una lengua muy suelta.

Desenfundó, lenta y placenteramente, su guadaña. La mirada de Micuta iba de Mila a la afilada arma y de esta, nuevamente a la mercenaria, cuya sonrisa permanecía, impasible, en sus labios. Con gran precisión de cirujano, el dedo índice, sin desearlo, fue separado con una lluvia escarlata de sus hermanos y de la mano derecha. Un grito ahogado salió de los labios de Micuta. 
Obligándola a poner el brazo mostrando las venas, practicó una incisión desde el codo hasta la muñeca y comenzó a romper en pequeños trozos las distintas venas y arterias, saliendo la sangre bombeada con direcciones desconocidas. Pataleaba Micuta; Mila sonreía. Practicó una extraña sonrisa en su otro brazo, que luego fue mutilado y cortado, cayendo como si fuera piezas de un carnicero al suelo desnudo.

-Es curioso que una pelandrusca como tú tenga una sangre tan escarlata y normal -comentó Mila, tocando el hueso desnudo que asomaba por el muñón, retirada parte de la piel y músculo que lo recubría, con sus correspondientes gritos e inútiles súplicas, regado todo con saladas lágrimas de dolor y agonía. Llevóse el dedo a los labios y paladeó la especiada sangre. No era distinta a otras tantas, pero el miedo se notaba, extrañamente, más fuerte. Aquello la hacía un poco más amarga, pero al fin y al cabo deliciosa.

Le arrancó el pijama ensangrentado y clavó la guadaña en el vientre con habilidad, asomando, divertida, la punta por sus intimidades. Tiró de ella y le partió el hueso, la carne y la negrura de su ser. Sí, aquello era lo que buscaba. Probar cosas nuevas a veces iba bien. Prosiguió cortándole los dedos corazón de ambos dedos, despellejó los meñiques y le amputó los pechos, que cayeron como si fueran sintéticos al suelo, rebotando previamente sobre las rodillas de una mediomuerta mujer.

-Ah, Micuta, Micuta... Qué poco duras y cuan problemas diste.

Atravesó, con sencilla facilidad para su afilada cuchilla, el mentón, trinchó su lengua y sus ojos se abrieron desmesuradamente, todo lo que pudieran abrirse unos ojos casi muertos de una futura cadáver. Mila, con visible satisfacción, tiró. Desencajó su mandíbula y luego, invirtiendo la cuchilla, la clavó en el paladar y acertó en el cerebro. Sabiendo lo que había hecho, perforó su garganta con la guadaña, seguidos de los pulmones, semejantes ahora a coladores, divirtiéndose cómo pugnaba por respirar y el aire, tan preciado, escapaba por miles de agujeros que se llenaban al mismo tiempo de sangre. Observó, en silencio y apoyada en su letal arma, como gorgoteaba, como escupía sangre por el borde de la cinta adhesiva, como se colapsaba.

Se acercó a ella y le susurró:

-Todas las cortesanas van al Infierno. Nos vemos allí, necia.

Y, como despedida, sacó una daga de brillante filo y la cegó, lentamente; clavó la hoja en un ojo, lo retorció, lo hundió al cráneo y siguió con el otro, corriendo el mismo destino que su sangrante y muerto hermano. Su cabeza quedó en aquel ángulo extraño. Le quitó la cinta que la amordazaba y, antes de soltarla, la decapitó. Posó, con delicadeza, la cabeza de Micuta en el suelo. Luego desató al resto del cuerpo y lo tumbó en el suelo, con las manos separadas del cuerpo, boca arriba, donde puso sus pechos cortados. Abrió su pecho sangrante, rompióle la caja torácica, sin dejar ni una sola costilla en pie y metió, cuidadosamente, los trozos del brazo mutilado en su interior. Arrancó su corazón y lo dejó en un lado, pensando algo especial. Una dedicatoria macabra, puede ser.

El dedo índice se coló por el agujero del mentón y lo dobló, a pesar de la rigidez, de manera que pareciese más un anzuelo que una extremidad. Los dedos corazón fueron escurridos con algo de dificultad por la garganta perforada de Micuta; dejó la cabeza sobre la mesa y, tomando el corazón, fue a la cocina.

Recordaba que Jackie decía de un riñón, pero su corazón, podrido metafóricamente hablando, era más prosaico y dulce. Lo cocinó al curry, lo sirvió y lo dejó en la mesa, dispuesta para una persona, con una pequeña nota, escrita con arte y maestría, con la sangre de Micuta.

Exhaló un suspiro. Se pasó la lengua por los dedos manchados de aquella miel escarlata y miró la cabeza, con evidente placer. No. Aquello ahí no le gustaba. Por ello la cogió del cabello y, con precisión, abrió el cráneo horizontalmente, seleccionando unos trozos toscos del cerebro para luego metérselos en la boca de Micuta; tras eso, satisfecha, abrió hasta hacer crujir las piernas del cadáver, la puso en medio, logrando que la dentadura mordiera la carne, en una postura de felación macabra que le resulto divertida.

-Así eras en vida. Así llegarás al Infierno -musitó, con media sonrisa algo lobuna.

Se limpió las manos tras haber catado más de una vez la sangre que en ellas guardaba su epidermis. Recogió su guadaña, suprimió su presencia en la casa con base de la experiencia... y salió contemplando la luna, sonriente ella, sonriente Mila. Ha sido una noche preciosa..., se dijo, encaminándose a su moto.

Esperaba llegar a casa cuanto antes. Esperaba poder meterse en la ducha y cerrar los ojos, rememorando el ínfimo placer que había sentido mutilando a Micuta, relevándola a donde realmente pertenecía y pertenece, ad eternum.

Podía sentir su corazón bailar en su pecho de excitación y placer. Retumbaba como los tambores lo hacían en las minas de Moria. Como los pasos del gran dragón Smaug en su cueva. Latía, vivo y lleno de sangre. Miel rubí, solía pensar.

Y tenía razón


jueves, 23 de abril de 2015

El juego de Sakhmet - La venganza es un plato que se sirve con maíz

Aviso: Este relato contiene escenas explícitas no aptas para menores de edad... ni para personas sensibles, ya puestos. Léelo bajo tu responsabilidad.

X
Mila sonrió ante el siguiente despojo humano que tenía ante sí. El nombre de la lista estaba en negro por lo que solo tenía que jugar a ver cuántas partes le podía separar antes de que se desmayase. Estaba segura de que dos. No solían pasar de ese número. Había aparcado la moto a tres calles de distancia, entrado en el hogar sigilosamente y atacado con cloroformo. Clásico, pero funcionaba, que era lo importante. La primera parte de la caza, siempre era la más complicada. Sin embargo, cuando la víctima ya estaba atada a la silla, amordazada y con la vista vendada, bueno, ¡el resto era pura diversión!

Mila se tomó un tiempo para contemplar el cuerpo de la víctima que iba a sufrir su presencia. Temblaba como una hoja y, por supuesto, no dejaba de lloriquear. Al fin, le quitó la venda de los ojos. Oh, sí, ahí estaba. El miedo. En tal intensidad que era casi excitante.

-Hola -le dijo, observándola de arriba abajo-. Bienvenida a tu descenso lento y doloroso al infierno -dijo con una amplia sonrisa.

La mujer, si hubiera podido decir algo, probablemente lo hubiera hecho; quizá hubiera pedido ayuda o, el gran clásico, hubiera suplicado por su vida. Tantas posibilidades... pero solo gritaría de dolor, claro que lo haría. Se encargaría de ello.

Sin desenfundar aún la guadaña, disfrutando de los pequeños placeres, sacó una daga y se acuclilló a sus pies. Empezó la diversión para la joven mercenaria, a la vez que empezaba la pesadilla para la torturada. Contó los dedos de un pie, cantando una canción infantil, eligió el dedo gordo, al grito de "y este se lo comió", lo sesgó, separándolo del resto de sus compañeros. La víctima, desesperadamente intentó echar hacia atrás el pie, pero como estuvo atada, malgastó energía. Prosiguió por el dedo índice, levantándolo más allá de lo posible, crujiendo el hueso, partido y roto. Con el cuchillo, despellejaba con habilidad la carne que lo recubría, retirando primeramente la uña y fue despejando la carne y la piel que protegía al hueso, desnudo, débil y frágil. La misma suerte corrió el dedo anular del pie derecho, con la diferencia de romper su hueso y arrancarlo como si fuera una mala hierba.

El dedo corazón fue despellejado, arrancando su carne y el músculo. Tiró del hueso, ayudada por la daga, levantando la piel y carne, tirando del largo hueso hasta el punto de unión, entre sus gritos y su sangre, hasta conseguir arrancarlo entero y tirarlo al suelo indiferente. El dedo meñique fue el que menos fue maltratado, tal vez por su tamaño, tal vez porque aún quedaba mucho por hacer y mucho por divertirse; se limitó a cortarlo con toda la lentitud de la que se vio capaz, ansiosa como estaba por oírla gritar, por ver su sangre. Todo lo conseguía, con una satisfacción orgásmica.

Después de una breve pausa, comprobando que aún no se había desmayado, batiendo su récord personal, pasó al pie izquierdo y, con gran maña y habilidad, cortó todos los dedos como si fuera queso o tal vez un madrugo de pan.

Sacó, al fin, su guadaña que parecía estar nuevamente hambrienta al ver tan suculento manjar. Le cortó los pies con una pequeña risa al leer el terror en sus ojos. Sí, así es como la quería ver. Por ver, pudo contemplar con una risa de hilaridad cómo se meaba encima del miedo.

Volvió a acuclillarse y, ayudada de su fiel guadaña, siempre afilada, empezó a pelar la piel y músculo en torno a a los muñones que ahora poseía por pies. Poco a poco, como si se afilara un trozo de madera, salpicándose de sangre, así como el suelo. Se pasó la lengua por los labios, disfrutando del sabor dulce de aquella sangre. Oh, sí. La añoraba, a pesar de que solo hiciera un par de días del anterior masacre. La pierna izquierda no recibió el mismo castigo, si no que fue loncheada, centímetro a centímetro. Y cada paso era un nuevo grito de dolor de víctima, tal y como quería.

Cuando al fin subió a la rodilla, se ayudó de la guadaña para desencajársela y robar aquel hueso que ya nada podía sujetar, como si fuera una articulación sobrante. Más crujidos de hueso, más gritos, más sangre, más llanto.

La hoja de la guadaña continuó subiendo y se detuvo en el vientre. Sacó de uno de sus bolsillos una caja de alfileres... y la mujer abrió mucho los ojos como si ya viera las intenciones de Mila, quien soltó una carcajada llena de placer y disfrute. Una a una, las fue clavando a lo largo y ancho del vientre. La primera tanda fue a parar al interior de sus órganos, provocando una hemorragia interna dolorosa y brutal. La segunda, con paciencia, quedó en el exterior, cubriendo cada centímetro de su piel y, a cada respiración aquello era un pequeño infierno de muchos que la mercenaria se disponía a proporcionarle.

A partir de entonces, supo que tenía que acelerar el ritmo de su tortura y venganza, pues se le desangraba el juguete poco a poco. La hoja continuó su ascenso y, cercenando sus pezones erectos por el frío presente en el salón, cayeron al suelo con un ruido inaudible para ellos. Mordió aquella guadaña en el centro de su pecho, clavándose en el esternón, sin querer soltarse, para luego empezar a tirar. La mujer comenzó a gritar, desgañitándose la garganta.

-Grita para mí, preciosa y luego vete al infierno, con las demás -se despidió Mila, con una carcajada.

La caja torácica, la mayor parte, fue sacada por la fuerza del pecho enclenque de la víctima. La soltó y, hurgando en el interior destrozado, le arrancó un corazón agonizante. Lo pisó y luego lo tiró a un lado, pendiente de juego.

A pesar de que ya no respiraba, Mila se ensañó. En sus ojos perdidos y muertos clavó el resto de los alfileres de la pequeña caja. Le cortó la lengua y la dividió en cuatro partes. Dos se las hizo tragar practicando un agujero en su tráquea y las otras dos fueron a parar a cada uno de sus pulmones, siendo rasgados con facilidad. Desprendió todas las costillas y destruyó todos sus dientes, arrancándolos de las encías con un placer que se palpaba en el ambiente. Recogió el corazón y, no sin dificultad, le abrió la mandíbula para que lo mordiese.

Finalmente, algo más relajada y calenturienta por la sangre, cortó su cráneo diagonalmente, manteniéndose en un equilibrio precario. Un espectáculo digno de un artista, sí, señor. Se pasó la lengua por los labios, retomando la sangre acumulada.

-Adiós, juguete, adiós -musitó.

Colocaron el cuerpo en el suelo, sujetando el cráneo dividido y montó un puzzle ligeramente macabro. Mila, sin olvidarlo nunca, grabó de hombro a hombro y bien grande, la palabra: escoria.

Una vez más, eliminó su presencia de la sala y marchó en dirección su moto. Sacó la lista del bolsillo, tachando el nombre y preparándose para la siguiente tanda. Aún tenía mucho trabajo por delante, mucha diversión y mucha sangre que tastar.


Bathory :3

miércoles, 5 de noviembre de 2014

En nombre de la guerra

¡Feliz 5 de Noviembre!

Como él, sus compañeros y algún que otro amigo, habían sido destinados al crucero de guerra Silverpoint. Se consideraban, hasta el momento, afortunados, pues se trataba de la nave de Stahl, una figura importante e influyente en el Consejo. Sumido en la contemplación de su árido, peligroso y querido planeta, fue sacada a la fuerza de estos por la alarma creciente y estridente que retumbaba en toda la nave. Había intrusos, casi seguramente, ISA.

Sucedió todo demasiado deprisa. Demasiado. Pasaron como una exhalación a su lado y tuvo que cubrirse entre los tiros de uno y de otros, vigilando de no herir a sus compañeros. Sin saber exactamente, cómo, aquellos dos cogieron naves pequeñas para atacar al crucero hermano del Silverpoint. Todos contraatacaban y, pesar de que recibió fieras órdenes por la radio de presentarse en el hangar para salir al espacio, sus pies no se movían de su lugar; estaba paralizado.

En unos pocos segundo, Stonewar ardía por los cuatro costados y, el piloto, en un intento por salvar a sus ocupantes, trató de aterrizar. Empero, allí estaban los ISA y, despiadadamente, lanzaron una bomba nuclear contra el herido crucero. Se estrelló contra aquella fuente de energía desconocida, que explotó y se liberó como si estuviera viva; cual plaga hambrienta, se fue extendiendo por todo el planeta, aniquilando toda la vida que pudiese haber en Helghan. El soldado se acercó más a la ventana, atónito.

Tantos muertos... Tanta gente inocente... asesinada...

Fue entonces cuando el soldado se atrevió a cuestionarse el por qué de la guerra. ¿Por sus ideales? ¿Por su familia? ¿Para llevarles algo de comer a sus hijos, tan huesudos y delicados?... ¿O para llenar las arcas y tener más territorio a los pies del autócrata?

¿Ideales? ¿Comida?

¿O dinero y avaricia?
Stahl, quien proporciona armas y soldados a Helghan

martes, 28 de octubre de 2014

Sueño

-Dime algo que no sepa –le dijo mientras se dejaba caer en la cama, solo con el camisón de noche.
La liliputiense se le acercó, sonrojada en extremo.
-Hazme algo que no conozca –susurró, alzándose el camisón transparente.
La liliputiense se acercó aún más y hundió sus labios en sus otros labios carnosos, absorbiendo, muerta de sed.
-Solo soy una fantasía de lo que te gustaría tener. Te gustaría poseerme. Te gustaría que, en vez de habernos visto tan solo, llevarme contigo entre tus sábanas. ¿Verdad, Kyra?


Despertó, con el sueño agitado y empapada en sudor y lo que no era sudor, maldiciendo la hermosa visión que se le había aparecido aquel mismo día.

lunes, 20 de octubre de 2014

El quebrantahuesos

Atención: Este relato puede (o no...) herir tu sensibilidad. Léelo bajo tu responsabilidad.

Bosque o montaña, aquella era su región. Paseaba por donde le venía en gana y era muy aficionado a la caza sangrienta. Le llamaban el quebrantahuesos, mote obtenido no precisamente por un asunto que era moco de pavo, si no que era una cosa azul, encogida que adoraba la caza. Pero eso ya lo hemos mencionado, ¿verdad?
Un día tirando ya hacia la noche, como cualquier otro del interminable calendario, paseaba un buen muchacho, nada adinerado pero si muy humilde, jovencito e insensato. El quebrantahuesos le tenía echado el ojo desde el momento en el que se había adentrado en el bosque que había a la falda de su montaña. Seguramente estaría buscando un lugar donde pasar la noche. El quebrantahuesos, impaciente, pronto se lanzó hacia a él, le desgarró la ropa en un abrir y cerrar de ojos e introdujo su extraño aparato reproductor por una incisión que él mismo le causó. Los gritos se extendían por todo el bosque verde, amarillo y marchito. Todos oyeron como alguien gritaba como un poseso, como si lo estuvieran matando. ¡Qué casualidad! El quebrantahuesos empezó a apretar su lazo de muerte mientras aceleraba la velocidad con la que asaetaba con su "polla" al inocente muchacho, que se retorcía de dolor.
Y, cuando el quebrantahuesos decidió soltar sus fluidos, le partió todos los huesos al muchacho, matándolo. Luego se lo comió con ansia y cagó su cuerpo en la cueva en la que vivía.

lunes, 13 de octubre de 2014

El comienzo

Vuelta otra vez a todo. Era inevitable, claro. Pero no le entusiasmaba nada tener que recuperar su rutina de Invierno, dejando de lado lo divertido del Verano: levantarse tarde, perseguir a su novia por la casa, hacerlo en todos los rincones de la casa, cocinar juntas... Todo eso se iba a ver sustituido por los trabajos, los deberes, los encargos...

Resopló. Sí, iba a ser duro intentar recuperar algo de la vieja rutina de siempre.

Se encogió de hombros al recordar aquellos pensamientos de la vuelta; luego volvió a agitar el spray y ponía otro pequeño montículo de nata en su ombligo, completando el camino de nata y empezando a poner los trozos de fresas encima de estos.
-Mmm... Seguro que será divertido cuando lo termine -musitó.
-Está fresquito -comentó ella, atada a la cama, con los ojos vendados, desnuda y con una sonrisa en los labios sonrosados.

Tras un largo día, había conseguido convencerla para jugar a las cocinitas, empleando lo que le habían enseñado aquel día en el curso. Básicamente, la cobertura de las tartas.

Después de todo, se dijo mientras empezaba a comerse el caminito dulce, no había sido para tanto.

lunes, 6 de octubre de 2014

El juego de Sakhmet - Niña mala

Aviso: Este relato contiene escenas explícitas no aptas para menores de edad... ni para personas sensibles, ya puestos. Léelo bajo tu responsabilidad.

Yolanda

Una vez pasado el miedo inicial a lo desconocido, su respiración pareció relajarse un poco, escuchando el silencio que reinaba en su habitación. Mila la contempló con una sonrisa paciente. La había conocido "casualmente" en una manifestación y había conseguido convencerla de ir a tomar una copa nada más terminar aquel acto pacífico. Le había suministrado suficiente alcohol en sangre como para que no se resistiera a su beso inicial, tanteando el terreno. Según Sakhmet, Yolanda mantenía una curiosa relación con una compañera de clase, por lo que seducirla no iba a suponer un problema. Al principio, como era lógico, se resistió un poco. Pero luego, sin saber Yolanda muy bien cómo, habían terminado en su casa, desnuda y atada a su cama, que le daba un poco de vergüenza dado que algún que otro peluche aún estaba fuera de las estanterías, donde normalmente solían estar.

Mila no le dio importancia. Se dedicó en cuerpo y alma en arrastrarla con caricias eróticas hasta la cama, entre besos la había desnudado, sin darle tiempo para azorarse por estar desnuda ante una persona que había conocido hacía nada. Luego, con ayuda de unas prendas de su armario, la había atado en la cama, para después vendarle los ojos, prometiendo no salir de la habitación y dejarla sola. Su respiración, en un inicio, había sido acelerada, tanto, que a Mila la había excitado. Sin embargo, era esencial tener paciencia, esperar que la víctima se confiase antes de atacar.

Como en la lista que le había dado Sakhmet no aparecía su nombre en rojo, se había dejado la guadaña en casa, trayendo consigo solo un cuchillo y por si las moscas. Se quitó las botas con lentitud, estudiando la apertura que tenía entre las piernas, ese dulce manjar que, fruto de la excitación y la vergüenza al estar tan expuesta a Mila, empezaba a humedecerse, brillando con la luz sus dulces jugos.

-Mmm... Parece que la cena está servida -musitó Mila, pero no lo suficientemente alto como para que Yolanda entendiese lo que había dicho.

Se aproximó hacia la cama, deshaciéndose de la chaqueta y quitándose la camiseta negra. Se inclinó sobre el felpudito de bienvenida que tenía sobre el monte de Venus y saludó con un toque algo tímido, pero al mismo tiempo atrevido, sobre ese botón del placer que tanto gustaba tocar de cuando en cuando, provocando que Yolanda diera un ligero respingo, dividido entre la sorpresa y el placer. Besó aquellos otros labios con pasión, poniendo sus frías manos sobre los muslos blanquecinos de la muchacha, entreabriendo un poco más aquellos pliegues que contenían los primeros síntomas del placer.

Mila se empleó a fondo, metiendo la lengua y buscando con ella el punto G, aunque le quedaba un poco lejos como para poder tocarlo con la lengua. Así pues, mientras se la follaba con aquel curioso órgano, metió en tan húmeda gruta dos dedos, sin apartar la lengua de donde la tenía, meciéndola, dando vueltas, expandiendo y dejándose apretar por las paredes de la vagina de Yolanda, quien se había entregado prácticamente entera a aquel placer.

No contenía sus gemidos, lo cual para Mila era todo un placer. Notando que estaba a punto de correrse, tanteó el negro agujero que tenía bajo aquel manantial, oyendo como cuan pronto protestaba la muchacha, pues nunca la habían follado por ahí y no tenía intenciones de empezar aquella noche. Empero, teniéndola Mila completamente a su merced, poco más que quejarse podría hacer. Dejó que se corriera tan pronto, previendo que lo que vendría más adelante a lo mejor le parecía duro, pero que luego pediría más y más y más... hasta la extenuación.

Mila recogió los frutos de sus acciones amorosas y con la lengua mojada en parte por su saliva en parte por los fluidos de Yolanda, trazó un camino zigzagueante por su ombligo, subiendo por sus hermosos y blanquecinos pechos que empezaban a estremecerse por el contacto de la boca de Mila. Esta abarcó primero uno y luego el otro, entreteniéndose más con el segundo y cuidando de que el primer pecho no se pusiera celoso, haciéndole caricias delicadas con una mano, pellizcándole en unos pezones que comentaban a ponerse duros, con la piel de gallina por el placer. La otra mano empezó a bajar, traviesa, por donde antes había pasado una lengua dejando un rastro cual caracol y se adentró en las profundidades antes abandonadas.

Yolanda soltó un fuerte gemido cuando la penetró con cuatro dedos, dejando al meñique la sencilla tarea de penetrar con cuidado por el negro y estrecho agujero de su ano, nunca tratado de aquella forma. Yolanda se revolvió contra las ataduras, pero era imposible soltarse sin ayuda, pues Mila se había asegurado de ello.

Tras deleitarse con un poco de entretenimiento en aquel delicioso pecho, siguió ascendiendo y mordisqueó ligeramente su cuello hasta por fin atacar unos anhelantes labios que parecían haberla estado buscándola desde hacía bastante rato. Contuvo con sus labios los gemidos que pugnaban por salir de aquellos sonrosados labios. Los mordisqueó ligeramente antes de entregarse afanosamente a masturbarla, con aquellos cuatro dedos dentro de la conocida gruta y uno dentro de un lugar que, por mucho que desease quejarse Yolanda, Mila deseaba violar y rasgar hasta que la muchacha le suplicara más tras haber descubierto una nueva fuente de placer. Logró que se corriera deprisa, de una forma ciertamente brusca, apasionada. Sus gemidos encontraron un eco en la boca de Mila que disfrutaba sintiendo en su mano el manantial que su dulce gruta de repente liberaba.

No queriendo retenerla más, pasó el dedo índice por su estrecho ano, trazando círculos, logrando que esta entrada tan vetada se dilatara lo suficiente como para que pasara un dedo. Yolanda se quejó de dolor al principio; al segundo dedo, sus gemidos se hicieron más intensos. Al tercero ya suplicaba que parase, y al cuarto, sus gemidos se convirtieron en gritos, primero de dolor y luego de un placer inconmensurable, combinado con el trabajo de la otra mano, que mimaba otra el punto G escondido entre los pliegues sonrosados de tan deliciosa cueva y, casi al mismo tiempo, el clítoris, ese botón de placer rápido al que muchas recurrían.

Yolanda se vio, de repente, superada por cuatro fuentes de placer, que la saturaban, que sobrecargaban sus terminaciones nerviosas, pues la boca de Mila, junto con sus dientes, mordisqueaban, besaban, lamían los pechos de Yolanda, siguiendo como violinistas los gemidos de Yolanda, como si fuera su director en una hermosa pieza de orquesta. Mila se sorprendió de que la muchacha lograse aguantar tanto antes de correrse, varias veces en un instante, llegando a diversas cimas en todos los puntos de placer.

Mila se dio por satisfecha, viendo que la había extenuado hasta el límite, sabiendo que en nada se quedaría dormida por el esfuerzo realizado por su cuerpo al correrse tantas veces, al tocar con las manos desnudas las estrellas. Con el mismo sigilo de antes, con delicadeza, empezó a desatarla, dejando para el final la venda de los ojos, descubriendo una mirada agradecida, llena de un turbio placer que, estaba segura, se apresuraría en compartir con aquella compañera de clase.



Al cerrar la puerta tras de sí, Mila sacó la lista y tachó el nombre de Yolanda, con una sonrisa de satisfacción. No había habido sangre de por medio, pero había sido una experiencia agradable. Aún así, ella creía que hubiera disfrutado mucho más si la sangre hubiese corrido y si, en vez de tomar un papel tan pasivo, hubiera sido más activa. Tal vez en otro momento, en otra situación. Como por ejemplo cuando llegase el momento de hacer el trío con la muchacha que acababa de cepillarse, Marina (la que creía que era la compañera con la que se acostaba) y ella. Delicias del cielo, estaba impaciente por llegar al final de la lista y sucumbir a toda clase de placeres perversos con aquellas dos.

Sin embargo, antes debía completar la lista... y conocer los puntos fuertes y las debilidades de Marina, pues aún no sabía ni cómo era ella, ni como sería su cuerpo debajo de la ropa. Sonrió mientras arrancaba la moto y se ponía en marcha hacia su casa, donde, probablemente, Tilo lo estaría esperando. Eso si había hecho caso del mensaje que le había dejado. Para la próxima víctima, sí iba a necesitar su ayuda... y la compañía de su amada guadaña.

Para la próxima si que correría la sangre.

Y disfrutaría tanto como Yolanda había disfrutado de que la "violase" allí donde en un inicio le había negado su entrada.


lunes, 29 de septiembre de 2014

Desfragmentación

Y ahí esta otra vez. Ese mensaje de texto, tan normal visto sin leer y tan agresivo, si se le prestaba un poco de atención. Eso era justamente lo que ella deseaba: atención. Y con aquella pandilla de atontados, que le daban lo que quería sin nada a cambio, la obtenía de la que había sido su pareja durante poco más que año y medio.

Entonces le empezó a gritar, a chillar, a pedirle explicaciones sobre lo que el mensaje, tan pulcramente mostraba. Tanto gritaba, que explotó.

El asombro cundió en el grupo, quedando solo una muestra negra en el suelo de lo que antes había sido una persona gritando explicaciones sin sentido.

-Bueno... ¿dónde queréis ir a cenar? -preguntó uno, volviendo la vida a la normalidad, con más sosiego y tranquilidad.