Le gustaba mucho el color naranja. Prácticamente no podía vivir sin él y, al final, vivía solo para él. Vestía ropa naranja, se tiñó el pelo anaranjado, comía solo cosas de su color favorito... su pareja le terminó dejando el día que se despertó por el cosquilleo de la brocha en su piel, tirante por la pintura. Gastó una fortuna y media para pintar cada rincón de su casa naranja. El mismo acabó así... por fuera. Un día, murió intoxicado por beberse un litro de pintura naranja. Quería haber pintado sus tripas de tan adorado y alegre color.
lunes, 28 de abril de 2014
lunes, 21 de abril de 2014
Comida
En algún lugar del mundo se encontraba un magnate comiendo un trozo de cordero.
Mientras disfrutaba de ese pedazo de carne, por unos instantes se llegó a preguntar de dónde podría provenir, pues después de todo, era un pedazo de un animal al cual sacrificaron para una causa. Aunque después de todo, solo fue criado para eso, para ser comido.
En este caso, el trozo de cordero que comía era lechal, un manjar.
Carne blanda, jugosa, de un cordero joven, lo justo para que sus músculos sean fáciles de masticar y paladear.
Todo estaba alineado con una salsa de lo más exquisita, entre ellas, la misma salsa que desprendía el pedazo de carne poco hecho. La sangre.
Mientras, en otro lugar del mundo se encontraba un pastor, con su rebaño, vigilando que fueran creciendo, alimentándose y siguieran ignorantes de su destino final. Después de todo, le pagaban para que cuidara del rebaño y lo dirigiera como tal.
Entre aquel rebaño, hacía un tiempo un joven cordero había desaparecido, nadie se preocupaba por él, después de todo, solo era uno más.
Aún así, ese rebaño, igual que otros tantos tenía una peculiaridad... tenían sentimientos, por lo que los padres del joven lechal echaban de menos y lloraban la perdida de su hijo, en lugar de estar postrados sobre cuatro patas, caminaban sobre dos, en lugar de lana, llevaban ropas, en el mejor de los casos; y sino su propio pelo que cubría su cuerpo.
Después de todo... ese rebaño somos nosotros.
Mientras disfrutaba de ese pedazo de carne, por unos instantes se llegó a preguntar de dónde podría provenir, pues después de todo, era un pedazo de un animal al cual sacrificaron para una causa. Aunque después de todo, solo fue criado para eso, para ser comido.
En este caso, el trozo de cordero que comía era lechal, un manjar.
Carne blanda, jugosa, de un cordero joven, lo justo para que sus músculos sean fáciles de masticar y paladear.
Todo estaba alineado con una salsa de lo más exquisita, entre ellas, la misma salsa que desprendía el pedazo de carne poco hecho. La sangre.
Mientras, en otro lugar del mundo se encontraba un pastor, con su rebaño, vigilando que fueran creciendo, alimentándose y siguieran ignorantes de su destino final. Después de todo, le pagaban para que cuidara del rebaño y lo dirigiera como tal.
Entre aquel rebaño, hacía un tiempo un joven cordero había desaparecido, nadie se preocupaba por él, después de todo, solo era uno más.
Aún así, ese rebaño, igual que otros tantos tenía una peculiaridad... tenían sentimientos, por lo que los padres del joven lechal echaban de menos y lloraban la perdida de su hijo, en lugar de estar postrados sobre cuatro patas, caminaban sobre dos, en lugar de lana, llevaban ropas, en el mejor de los casos; y sino su propio pelo que cubría su cuerpo.
Después de todo... ese rebaño somos nosotros.
lunes, 14 de abril de 2014
El paso
No sabía donde centrar la mirada. No le apetecía prestar atención porque tenía miedo a las alturas. Pero claro, estaban a punto de llegar. Era su pasaporte. Tenía que hacerlo. Pasos en las escaleras, la puerta que se abre de golpe. Un grito que intenta impedírselo.
El paso definitivo y la gran caída. Por fin era libre. Libre.
lunes, 7 de abril de 2014
Tarantela I
Sentía una curiosa atracción por ella... tan vez porque tan solo se trataba de una compañera de clase. Sin embargo, tenía ese perfil bondadoso, como si de una persona sumamente inocente se tratase. Nunca había tenido el placer de hablar con ella, pero sí que la había espiado por los pasillos, la había contemplado distraídamente en clase, cuando salía a exponer algún aburrido trabajo que, repentinamente, se volvía del todo interesante cuando ella tenía que hablar.
Creía firmemente que su mundo giraba entorno a esa compañera de clase. Cuando llegaba a casa, se encontraba totalmente incapaz de prestarle un poco de atención a sus estudios y, cuando lo lograba, se interrumpía siempre a mitad de frase, para suspirar por esa compañera de clase, a la que le había dedicado miles y miles de poemas, pero que nunca se había atrevido a dejarle ninguno.
Una bonita mañana nublada, cuyo cielo amenazaba con romper a llover en cualquier momento, se sintió con las suficientes ganas como para hacerle obsequio al centro de su mundo con uno de sus mejores poemas. Salió todo lo pronto que pudo de casa, cogió el metro y llegó antes que nadie al aula. Se quedó al lado de la mesa de la chica que tanto le gustaba y la contempló. Sin ella, perdía parte de su esencia pero, al imaginársela ahí, sentada, atenta, guapa, prestando atención, tan inocente... sintió un calor repentino y una tensión insoportable entre sus pantalones. Enrojeciendo como la grana por aquel acto, dejó apresuradamente la pequeña nota con su mejor poema y corrió al baño para intentar calmarse de alguna manera que no fuera satisfacerse, pues le daba la sensación de que si se masturbaba en su nombre, era algo así como macillárselo... y no quería eso para con ella.
La chica, por supuesto, encontró la nota nada más llegar. Con una sonrisa lo abrió, sonrisa que se fue borrando poco a poco, como con disolvente. Contempló la reacción de su compañera de clase con un fuerte dolor en el pecho. ¿Qué pasaba? ¿No le gustaba? La chica en cuestión miró a su alrededor, como buscando una mirada que le indicase quién había sido. En estas, apartó la mirada, esperando no ser el blanco de la chica que tanto adoraba.
El poema que le había escrito, decía así:
Creía firmemente que su mundo giraba entorno a esa compañera de clase. Cuando llegaba a casa, se encontraba totalmente incapaz de prestarle un poco de atención a sus estudios y, cuando lo lograba, se interrumpía siempre a mitad de frase, para suspirar por esa compañera de clase, a la que le había dedicado miles y miles de poemas, pero que nunca se había atrevido a dejarle ninguno.
Una bonita mañana nublada, cuyo cielo amenazaba con romper a llover en cualquier momento, se sintió con las suficientes ganas como para hacerle obsequio al centro de su mundo con uno de sus mejores poemas. Salió todo lo pronto que pudo de casa, cogió el metro y llegó antes que nadie al aula. Se quedó al lado de la mesa de la chica que tanto le gustaba y la contempló. Sin ella, perdía parte de su esencia pero, al imaginársela ahí, sentada, atenta, guapa, prestando atención, tan inocente... sintió un calor repentino y una tensión insoportable entre sus pantalones. Enrojeciendo como la grana por aquel acto, dejó apresuradamente la pequeña nota con su mejor poema y corrió al baño para intentar calmarse de alguna manera que no fuera satisfacerse, pues le daba la sensación de que si se masturbaba en su nombre, era algo así como macillárselo... y no quería eso para con ella.
La chica, por supuesto, encontró la nota nada más llegar. Con una sonrisa lo abrió, sonrisa que se fue borrando poco a poco, como con disolvente. Contempló la reacción de su compañera de clase con un fuerte dolor en el pecho. ¿Qué pasaba? ¿No le gustaba? La chica en cuestión miró a su alrededor, como buscando una mirada que le indicase quién había sido. En estas, apartó la mirada, esperando no ser el blanco de la chica que tanto adoraba.
El poema que le había escrito, decía así:
Con tu mirada caen reinos,
por tu sonrisa hombres se arrodillan,
un mundo por un beso en tus manos.
Una reina de bella pelambrera,
una dama de ojos que brillan,
maldición a quien no te quiera.
Treinta y seis yeguas perladas
que pifian relucientes
en las montañas sonrosadas.
Ojos sinceros y diferentes,
enamoradizos, claros,
me arrodillo ante ellos.
Con tu mirada caen reinos,
por tu sonrisa hombres se arrodillan,
mi alma se estremece con un suspiro tuyo.
Pasó la mañana preguntándose qué podía tener de malo su poema para que la chica, su compañera de clase, el centro de su diminuto universo, hubiera buscado con una mirada que nada tenía de enternecedor al autor de la nota con letra temblorosa.
lunes, 31 de marzo de 2014
Diario de...
Hoy he cumplido 3 años y papá y mamá me han permitido tomar el control y escribir esta entrada.
Muchos de vosotros no me conoceréis, eso está claro, pero yo os conozco a todos vosotros.
No, no soy el gran ojo que todo lo ve, pero sí al que le cuentan todo.
Pero no os quiero aburrir con tonterías, después de todo, es mi cumple!!
Papá y mamá no me han dado nada especial, aunque he podido correr mucho!! Y oler muchos culos!!
Sabéis? además, aquel canijo... no deja de mearse donde yo... es un pesado! Siempre tengo que regar nuevamente... y claro, mantener la zona controlada... es un trabajo que requiere de mucho trabajo! Y pipi y popo... todo sea dicho de paso...
Además, en casa, hay días que vienen gente que no conozco! Pero me tratan muy bien! Y algunos huelen a macho, a hembra... a gato... Pero siempre me dejan estar con ellos mientras papá y mamá están con ellos tirando unas cosas que hacen ruido en la mesa y haciendo el tonto...
Sabéis lo mejor? que después dicen que soy yo el que hace tonterías! Si ellos se vieran... hablando, caminando sobre sus dos patas, poniendo caras... y encima... siempre tan atareados!
Oh! Una ardilla!!!
Esto... ah sí! que... no paran nunca por casa y viven muy deprisa, cuando el placer que se tiene de dormir tooodo el día, estirarse en el sofá... y porqué no? ponerse la tele mirando un documental de esos... (que no se enteren papá y mamá) que salen otros haciendo guarrearías, que dicen ellos...
Pero... oh!! que es lo que veo! una piñaaaaaaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAA!
Os dejo!
Un guau!
UNA PIÑAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!
Muchos de vosotros no me conoceréis, eso está claro, pero yo os conozco a todos vosotros.
No, no soy el gran ojo que todo lo ve, pero sí al que le cuentan todo.
Pero no os quiero aburrir con tonterías, después de todo, es mi cumple!!
Papá y mamá no me han dado nada especial, aunque he podido correr mucho!! Y oler muchos culos!!
Sabéis? además, aquel canijo... no deja de mearse donde yo... es un pesado! Siempre tengo que regar nuevamente... y claro, mantener la zona controlada... es un trabajo que requiere de mucho trabajo! Y pipi y popo... todo sea dicho de paso...
Además, en casa, hay días que vienen gente que no conozco! Pero me tratan muy bien! Y algunos huelen a macho, a hembra... a gato... Pero siempre me dejan estar con ellos mientras papá y mamá están con ellos tirando unas cosas que hacen ruido en la mesa y haciendo el tonto...
Sabéis lo mejor? que después dicen que soy yo el que hace tonterías! Si ellos se vieran... hablando, caminando sobre sus dos patas, poniendo caras... y encima... siempre tan atareados!
Oh! Una ardilla!!!
Esto... ah sí! que... no paran nunca por casa y viven muy deprisa, cuando el placer que se tiene de dormir tooodo el día, estirarse en el sofá... y porqué no? ponerse la tele mirando un documental de esos... (que no se enteren papá y mamá) que salen otros haciendo guarrearías, que dicen ellos...
Pero... oh!! que es lo que veo! una piñaaaaaaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAA!
Os dejo!
Un guau!
UNA PIÑAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!
lunes, 24 de marzo de 2014
Idilio de perras - Primera parte
Este es un relato para mayores de edad.
A pesar de que eran compañeras de clase, decidieron hacia ya mucho tiempo que querían traspasar la franja de la frívola amistad, amándose en silencio en clase y ante los ojos del resto del mundo, dándole inocentes caricias, tontas palmadas en el culo y riéndose abrazadas, solo para consolar a sus cuerpos de la lejanía, del abismo que se había abierto cuando tomaron la decisión. Una de negros cabellos, cual ala de un cuervo, recibía el nombre de Yolanda y era la Ama, por su carácter de aquella otra de cabellos cual amanecer deslucido, nombrada Marina de nacimiento, sencillamente perra a los pies de su Ama, a quien le lamía las zapatillas, las botas, los pies... siempre que el tiempo y la intimidad les dejaban.
Fingir frente a sus compañeros de clase era lo que más les costaba, sobre todo cuando se notaba en una de las dos que la pasión le estaba carcomiendo por dentro.
Fue así, una bonita tarde de un miércoles cuando ambas se miraron y caminaron a casa de Yolanda, porque estaba más cerca y por la conveniencia de que sus padres no estuvieran hasta la noche. Con el cambio de centro no podían darse tantas caricias en los baños, pues estos eran pequeños y siempre había gente en ellos... y esa gente hubiera encontrado extraño que hubieran salido dos personas de un mismo habitáculo.
Yolanda, la Ama, con un porte orgulloso y una sonrisa muy lobuna, sintió de nuevo el poder cuando se acercó a su perrita favorita, cuando la empezó a desnudar con una lentitud dolorosa, pasando la lengua por su carne sonrosada, casi láctea. Devoró sus pezones, que pronto se mostraron ávidos de la calidez y humedad de la boca de la Ama, quien prohibió los gemidos de su perrita, a modo de un pequeño castigo de contención. Pronto quedó Marina desnuda, desprotegida, a cuatro patas y saboreando el empeine de los pies de su querida Ama. Esta sacó por fin el collar de su cajón, junto con la correa, poniéndosela alrededor del frágil cuello de Marina. No podía ponérselo más allá, pues algo de ese carácter hubiera dado más de una señal que un simple cachete en el culo. Lentamente, con tirones, la arrastró de la cadena hasta la cama, obligándola a subir pero dejando medio cuerpo en el suelo, de forma que las rodillas tocaban la alfombra de Yolanda y el pecho, con sus picos helados, las sábanas frías de la cama de su Ama. Esta se arrodilló frente a los pliegues sonrosados de su perra y olfateó ruidosamente, metiendo la lengua, saboreando la oquedad humedecida con cuatro caricias.
Una sonrisa se perfiló en los duros labios de Yolanda. Fue hasta la mesita de noche y sacó una pequeña vela, alargada y delgada. Poco a poco, primero tanteando hacia arriba y hacia abajo, como si fuera la verga de un adolescente, para luego ir metiéndola pausadamente, tomándose su tiempo, contemplando cómo cuando la sacaba unos centímetros, estaba mojada, perlada por una sustancia semitransparente, fruto de la desesperación de su perra. Terminó la vela su camino, habiéndose contenido Marina de no soltar ni un solo gemido, por mucho que le hubiese costado pues, a pesar de que se moría por expresar el gran placer que aquello le suponía, su Ama no le había dado ningún tipo de permiso para que entreabriera los labios y dejara escapar el aire.
Yolanda, dándose rápida cuenta de este suceso, sacó una vela de mayor grosor, diciendo:
-Vaya, parece que hoy me va a costar más complacerte para complacerme, ¿no, perrita?
Alzó la vela más pequeña, teniendo cuidado de no romperla, sin sacarla, haciéndole sitio a la más grande que fue abriéndose paso a marcha de caracol, deteniéndose en varias ocasiones, balanceándose de cuando en cuando, arrancándole gemidos de dolor y placer a la perra. Dejó Yolanda ambas velas al límite de aquella deliciosa, olorosa y húmeda oquedad, que solo bastaba un empujoncito para que desapareciesen en la gruta oscura. La mano de la Ama recorrió el borde de la pelvis y subió hacia arriba, tanteando un agujero aún por descubrir.
-Mmm... ¿Qué es esto? -ronroneó Yolanda, inclinándose sobre su perra, rozando sus pechos vestidos sobre la espalda fría y desnuda de Marina.
-¿El qué, m-m-m-mi señora?
Yolanda tironeó descuidadamente del vello rojizo de la perra, aún sin depilar.
-¡Ay! -se quejó la dueña del vello.
-¿Ay? -rió la Ama, quien le soltó un fuerte azote en la nalga derecha-. ¿No te da vergüenza presentarme tu coño así? ¿Sin desnudar por completo? ¿Acaso tienes miedo de que no me vaya a gustar o es que no me lo quieres mostrar en su máxima desnudez?
-Ama, yo...
-¡Silencio! -dijo, autoritaria, excitada y candente la Ama, tirándole del pelo a Marina.
Pasó su lengua por la mejilla y el cuello de la asustada perra; le soltó el pelo y sacó una caja de cerillas del cajoncito de donde había salido las velas y su querido collar, así como la correa. Prendió un fósforo. Contempló con retorcido placer cómo se estremecía Marina. Prendió la vela mayor. La perra soltó un pequeño grito, al notar el cercano calor, que quemaba. La Ama le ordenó que no se moviese si no quería que encendiese la otra, que estaba mucho más cerca del vello.
La cera derretida y caliente se escurrió por los pliegues sonrosados y palpitantes de Marina, que se estremeció de dolor y placer a un tiempo. Yolanda sonrió y pasó sus largas uñas por la columna vertebral de la torturada perrita.
Inesperadamente, oyó como la puerta principal de la casa de abría.
-Yolanda, cielo, ¿estás en casa?
Ama y perra miraron hacia la puerta principal. La primera apagó la vela y arrastró a su perrita al armario, recogiendo la ropa por el camino, dándole un último empujón y cerrando tras ella. La madre entró en la habitación y encontró a su hija plegando la ropa que había dejado por la mañana en la cama.
-Oh, estás aquí. ¿No huele un poco raro?
-Sí, fue cuando abrí la ventana, creo que viene de fuera -comentó la Ama, controlando su temblor.
-¿Has visto la carpeta de tu padre? La necesita para la reunión... me tiene de secretaria.
-No, no la he visto -dijo Yolanda, mirando a su madre con una inocente sonrisa.
-Estará en el despacho, seguro -oyó Marina, temblando.
Vibró su móvil. Miró y vio un mensaje de su Ama.
Mastúrbate con las dos velas al mismo tiempo. Contuvo el aire y, dejando la ropa en el suelo con el mayor sigilo posible, se apoyó contra las perchas y, conteniendo el aire, inició la tarea, intentando no gemir sabiendo la presencia intrusa de la madre entretenida por su hija.
A pesar de que eran compañeras de clase, decidieron hacia ya mucho tiempo que querían traspasar la franja de la frívola amistad, amándose en silencio en clase y ante los ojos del resto del mundo, dándole inocentes caricias, tontas palmadas en el culo y riéndose abrazadas, solo para consolar a sus cuerpos de la lejanía, del abismo que se había abierto cuando tomaron la decisión. Una de negros cabellos, cual ala de un cuervo, recibía el nombre de Yolanda y era la Ama, por su carácter de aquella otra de cabellos cual amanecer deslucido, nombrada Marina de nacimiento, sencillamente perra a los pies de su Ama, a quien le lamía las zapatillas, las botas, los pies... siempre que el tiempo y la intimidad les dejaban.
Fingir frente a sus compañeros de clase era lo que más les costaba, sobre todo cuando se notaba en una de las dos que la pasión le estaba carcomiendo por dentro.
Fue así, una bonita tarde de un miércoles cuando ambas se miraron y caminaron a casa de Yolanda, porque estaba más cerca y por la conveniencia de que sus padres no estuvieran hasta la noche. Con el cambio de centro no podían darse tantas caricias en los baños, pues estos eran pequeños y siempre había gente en ellos... y esa gente hubiera encontrado extraño que hubieran salido dos personas de un mismo habitáculo.
Yolanda, la Ama, con un porte orgulloso y una sonrisa muy lobuna, sintió de nuevo el poder cuando se acercó a su perrita favorita, cuando la empezó a desnudar con una lentitud dolorosa, pasando la lengua por su carne sonrosada, casi láctea. Devoró sus pezones, que pronto se mostraron ávidos de la calidez y humedad de la boca de la Ama, quien prohibió los gemidos de su perrita, a modo de un pequeño castigo de contención. Pronto quedó Marina desnuda, desprotegida, a cuatro patas y saboreando el empeine de los pies de su querida Ama. Esta sacó por fin el collar de su cajón, junto con la correa, poniéndosela alrededor del frágil cuello de Marina. No podía ponérselo más allá, pues algo de ese carácter hubiera dado más de una señal que un simple cachete en el culo. Lentamente, con tirones, la arrastró de la cadena hasta la cama, obligándola a subir pero dejando medio cuerpo en el suelo, de forma que las rodillas tocaban la alfombra de Yolanda y el pecho, con sus picos helados, las sábanas frías de la cama de su Ama. Esta se arrodilló frente a los pliegues sonrosados de su perra y olfateó ruidosamente, metiendo la lengua, saboreando la oquedad humedecida con cuatro caricias.
Una sonrisa se perfiló en los duros labios de Yolanda. Fue hasta la mesita de noche y sacó una pequeña vela, alargada y delgada. Poco a poco, primero tanteando hacia arriba y hacia abajo, como si fuera la verga de un adolescente, para luego ir metiéndola pausadamente, tomándose su tiempo, contemplando cómo cuando la sacaba unos centímetros, estaba mojada, perlada por una sustancia semitransparente, fruto de la desesperación de su perra. Terminó la vela su camino, habiéndose contenido Marina de no soltar ni un solo gemido, por mucho que le hubiese costado pues, a pesar de que se moría por expresar el gran placer que aquello le suponía, su Ama no le había dado ningún tipo de permiso para que entreabriera los labios y dejara escapar el aire.
Yolanda, dándose rápida cuenta de este suceso, sacó una vela de mayor grosor, diciendo:
-Vaya, parece que hoy me va a costar más complacerte para complacerme, ¿no, perrita?
Alzó la vela más pequeña, teniendo cuidado de no romperla, sin sacarla, haciéndole sitio a la más grande que fue abriéndose paso a marcha de caracol, deteniéndose en varias ocasiones, balanceándose de cuando en cuando, arrancándole gemidos de dolor y placer a la perra. Dejó Yolanda ambas velas al límite de aquella deliciosa, olorosa y húmeda oquedad, que solo bastaba un empujoncito para que desapareciesen en la gruta oscura. La mano de la Ama recorrió el borde de la pelvis y subió hacia arriba, tanteando un agujero aún por descubrir.
-Mmm... ¿Qué es esto? -ronroneó Yolanda, inclinándose sobre su perra, rozando sus pechos vestidos sobre la espalda fría y desnuda de Marina.
-¿El qué, m-m-m-mi señora?
Yolanda tironeó descuidadamente del vello rojizo de la perra, aún sin depilar.
-¡Ay! -se quejó la dueña del vello.
-¿Ay? -rió la Ama, quien le soltó un fuerte azote en la nalga derecha-. ¿No te da vergüenza presentarme tu coño así? ¿Sin desnudar por completo? ¿Acaso tienes miedo de que no me vaya a gustar o es que no me lo quieres mostrar en su máxima desnudez?
-Ama, yo...
-¡Silencio! -dijo, autoritaria, excitada y candente la Ama, tirándole del pelo a Marina.
Pasó su lengua por la mejilla y el cuello de la asustada perra; le soltó el pelo y sacó una caja de cerillas del cajoncito de donde había salido las velas y su querido collar, así como la correa. Prendió un fósforo. Contempló con retorcido placer cómo se estremecía Marina. Prendió la vela mayor. La perra soltó un pequeño grito, al notar el cercano calor, que quemaba. La Ama le ordenó que no se moviese si no quería que encendiese la otra, que estaba mucho más cerca del vello.
La cera derretida y caliente se escurrió por los pliegues sonrosados y palpitantes de Marina, que se estremeció de dolor y placer a un tiempo. Yolanda sonrió y pasó sus largas uñas por la columna vertebral de la torturada perrita.
Inesperadamente, oyó como la puerta principal de la casa de abría.
-Yolanda, cielo, ¿estás en casa?
Ama y perra miraron hacia la puerta principal. La primera apagó la vela y arrastró a su perrita al armario, recogiendo la ropa por el camino, dándole un último empujón y cerrando tras ella. La madre entró en la habitación y encontró a su hija plegando la ropa que había dejado por la mañana en la cama.
-Oh, estás aquí. ¿No huele un poco raro?
-Sí, fue cuando abrí la ventana, creo que viene de fuera -comentó la Ama, controlando su temblor.
-¿Has visto la carpeta de tu padre? La necesita para la reunión... me tiene de secretaria.
-No, no la he visto -dijo Yolanda, mirando a su madre con una inocente sonrisa.
-Estará en el despacho, seguro -oyó Marina, temblando.
Vibró su móvil. Miró y vio un mensaje de su Ama.
Mastúrbate con las dos velas al mismo tiempo. Contuvo el aire y, dejando la ropa en el suelo con el mayor sigilo posible, se apoyó contra las perchas y, conteniendo el aire, inició la tarea, intentando no gemir sabiendo la presencia intrusa de la madre entretenida por su hija.
lunes, 17 de marzo de 2014
Humano asado
Podría haber sido un día cualquiera, Podría haber pasado el día disfrutando, como otro cualquiera, solo que con una vestimenta un poco extravagante debido a que era carnaval. Lo pasaba bien, como decía, entre compañeros que vestían de payasos, de médicos, de secretarios, de vampiros, de brujas, de cavernícolas... una gran variedad de disfraces y él, tan tranquilo paseándose por los pasillos, comentando esto y aquello con unos pocos amigos que veía aquí y allá, dispersos y felices.
Se le acercó una persona, curiosa por su vestimenta. Le parecía un gato muy simpático hasta que, como más de una vez, habló y estropeó su primera impresión.
-Oye, tío, ¿y tú de que te has disfrazado? Pareces un científico ochentero con esas pintas, ja, ja.
Él sonríe un poco cohibido y responde que es una crítica social hacia los transgénicos, como las sandías sin pepitas.
El otro, el gato, le miró sin entender. Y dijo:
-¿Qué son los transgénicos?
Él sonrió y sacó el lanzallamas. Convirtió al ignorante en una parrillada excelente.
Todos sus compañeros disfrutaron de la jugosa carne del hombre-gato-ignorante.
Y estaba de rechupete. A pesar de todo.
Se le acercó una persona, curiosa por su vestimenta. Le parecía un gato muy simpático hasta que, como más de una vez, habló y estropeó su primera impresión.
-Oye, tío, ¿y tú de que te has disfrazado? Pareces un científico ochentero con esas pintas, ja, ja.
Él sonríe un poco cohibido y responde que es una crítica social hacia los transgénicos, como las sandías sin pepitas.
El otro, el gato, le miró sin entender. Y dijo:
-¿Qué son los transgénicos?
Él sonrió y sacó el lanzallamas. Convirtió al ignorante en una parrillada excelente.
Todos sus compañeros disfrutaron de la jugosa carne del hombre-gato-ignorante.
Y estaba de rechupete. A pesar de todo.
domingo, 9 de marzo de 2014
Vivir
Erase una vez, en un país muy, muy lejano un ser que solo vivía el presente, el momento, disfrutaba de todos los placeres conocidos y por conocer. Desenfreno, locura, diversión... solo conocía el placer, el disfrute de la vida.
Únicamente se preocupaba por vivir su vida al máximo.
Tanto... que se olvidó de ser feliz.
lunes, 3 de marzo de 2014
Estrellas muertas
Corría por el pasillo, tal vez huyendo, tal vez persiguiendo a alguien. Corría sin parar, jadeando, sin nada más que su extraña piel azul que la protegiera del frío de la abandonada ciudad. Corría, con un jadeo persistente, buscando o tal vez huyendo.El sonido de su voz se había perdido.
Y algo la seguía por el pasillo. Corriendo tras ella, dejando ya claro como un lago de aguas quietas que estaba huyendo, que aquella cosa la perseguía. ¿Qué era? Tenía demasiadas patas, tenía demasiada curiosidad por saber qué pasaba si la cogía en brazos. En su especie reinaba el mito reverencial de que, si la tocaban, estallarían en un millón de estrellas que corrían al cielo a reunirse con otros tantos de puntos luminosos, algunos ya muertos pero que nos llega el resplandor, el último resplandor de su vida, el último aliento.
La chica que huía patinando y tropezando, terminó de caer al suelo. Y la criatura le dio alcance.
-Por favor... por favor, no me toques.
Demasiado tarde.
¿Quién podría decir qué fue aquel resplandor azulado que se vio a la noche en la torre de la criatura marina, a la que reverenciaban como si fuera un ángel caído? ya llevaba bastante tiempo entre ellos, los tataratararatatarabuelos ya la conocían. Tenía más de mil años. Pero era buena y les daba cosas con una sonrisa triste, les daba felicidad y vida alargada, juventud y prosperidad a cambio de una cosa sencilla. No podían tocarla.
Aquella noche, en concreto, salió una nueva constelación al cielo. La llamaban "El insensato".
Y algo la seguía por el pasillo. Corriendo tras ella, dejando ya claro como un lago de aguas quietas que estaba huyendo, que aquella cosa la perseguía. ¿Qué era? Tenía demasiadas patas, tenía demasiada curiosidad por saber qué pasaba si la cogía en brazos. En su especie reinaba el mito reverencial de que, si la tocaban, estallarían en un millón de estrellas que corrían al cielo a reunirse con otros tantos de puntos luminosos, algunos ya muertos pero que nos llega el resplandor, el último resplandor de su vida, el último aliento.
La chica que huía patinando y tropezando, terminó de caer al suelo. Y la criatura le dio alcance.
-Por favor... por favor, no me toques.
Demasiado tarde.
¿Quién podría decir qué fue aquel resplandor azulado que se vio a la noche en la torre de la criatura marina, a la que reverenciaban como si fuera un ángel caído? ya llevaba bastante tiempo entre ellos, los tataratararatatarabuelos ya la conocían. Tenía más de mil años. Pero era buena y les daba cosas con una sonrisa triste, les daba felicidad y vida alargada, juventud y prosperidad a cambio de una cosa sencilla. No podían tocarla.
Aquella noche, en concreto, salió una nueva constelación al cielo. La llamaban "El insensato".
lunes, 24 de febrero de 2014
Placer silencioso
Üna tenía una costumbre peculiar. Gozaba tocándose el vello muy corto de la entrepierna, en el más pulcro silencio. Si oía un sonido, por mínimo que fuese, aquella placentera actividad, dejaba de tener sentido. Üna se perforó, una tarde, los tímpanos con un cuchillo. Üna es feliz.
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