Escrito por Frauenwelt
Atención lector: este relato contiene escenas para adultos.
Tal vez como cada día laboral, llegaba estresada, dejando caer la mochila en el sofá y luego dejándose caer ella con un suspiro más bien tierno.
-¿Otro día duro en trabajo? -pregunté, con la boca llena de cereales.
-No hables con la boca llena, que no te entiendo -me contestó desde el sofá.
Tragué después de masticar apresuradamente y volví a repetir la pregunta, mientras me inclinaba sobre el respaldo, vigilando a la leche.
-Hay gente que sencillamente le gusta tocarme los...
-Azucarillos... -me apresuré a decir.
-... porque se aburre en su casa y sienten la urgente necesidad de venir a mí, a desahogarse y todo lo demás.
Me metí otra cucharada de cereales en la boca mientras me contaba su día. Se parecía mucho al anterior, aunque no quise resaltarle la monotonía semanal.
-Además, estoy atrancada en un relato que no me nace... Tengo la moral... no sé ya por donde puede andar...
-Por el culo de las serpientes.
Rompió a reír mientras alzaba las manos como si estuvieran tocando el culo sensual de una serpiente con nalgas. Una auténtica mutación genética. Dejé los cereales ya solo con la leche en la mesa del comedor y me tiré con ella al sofá mientras le ronroneaba al oído.
Un gato atigrado pasó a nuestro lado con sus caminares sensuales, pasando del tema y como si nos quisiera decir "mira mi culo". Se llamaba Tigre, pero la mayoría del tiempo era "Gato del demonio" o "Dichoso-gato-quita-de-en-medio". Parecía que se dirigía hacia la cocina a comer algo así que nosotras aprovechamos que estábamos lejos de su inquisidora y fija mirada, que es capaz de taladrar el diamante cuando se fija en algo y nos escurrimos a la habitación, a relajarnos un poco.
Dejando la ropa por medio, me quedé boca arriba mientras que Nim adoptaba esa posición de tigresa que tanto me entusiasmaba. Crucé los brazos tras la cabeza y cerré los ojos mientras su lengua dejaba un curioso e invisible rastro sobre mi ombligo, ascendiendo y descendiendo, trazando el camino de una serpiente rectangular.
Entonces se detuvo en la mejor parte y eso me desconcertó. Se puso a mascullar... y es que el puto gato se le había subido a la espalda y se había acomodado.
-Tigre, baja de ahí -dije, intentando espantarlo con cosas como "shu-shu".
Pero al gato el importaba un comino lo que estuviéramos haciendo. Estaba cómodo y punto. Nim, arriesgándose a que la arañase, se incorporó de pronto, cayendo el gato como por tobogán; oímos un "puf" y el gato salió corriendo a esconderse debajo de la cama, como el loco maniático que era.
Intentamos seguir, esta vez con una renovada pasión, centrándonos en el placer que la una sentía por la otra. Noté una intensa mirada. El puto gato se había subido a la cómoda y nos estaba taladrando con una de sus miradas. Nim se interrumpió en cuanto yo dejé de gemir y luego fue ella la que me taladraba con la mirada. Intenté mirarlos a los dos a la vez y por poco acabo como un camaleón.
-Nos está mirando... -susurré, como si fuera una confidencia
El puto gato parpadeó con paciencia. ¿Tiene de eso nuestro querido y mimoso minino?
-Pues que mire.
-Es un pervertido -susurré, mientras Nim soltaba un profundo suspiro y le tiró una zapatilla al gato que la esquivó impasible y se bajó de la cómoda, más chulo que cinco pesetas.
Volvimos a lo nuestro, yo notando la lengua de Nim adentrarse en unas profundidades ya muy conocidas, ella disfrutando con el sabor y los espasmos...
¡Crash!
¡Lámpara va!
El puto gato había decidido vengarse. Tuvimos que dejarlo para recoger los trozos de cristal de la lámpara rota, mientras yo perseguía al gato por la casa, en pelotas, mientras la sensata de Nim negaba con la cabeza. Bien pensado no iba a negar con un pie... o puede que sí...
Los vecinos de en frente, como bien me hizo saber ella tirándome una camiseta, estaban disfrutando del espectáculo.
Puto gato...
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lunes, 26 de mayo de 2014
lunes, 5 de mayo de 2014
Idilio de perras - Segunda parte
Este es un relato para mayores de edad.
Cayó con las manos por delante cuando la Ama abrió el armario de repente. Marina, que salía jadeando, alzó la mirada. Yolanda le sonreía mientras negaba con la cabeza. La obligó a ponerse en pie mientras que con un cinturón de cuero pasaba veloz por unas intimidades tan mojadas que pareciese que se había dado una ducha más que esperado con el aliento escondido en la boca a que la madre de Yolanda se fuese. Marina se quedó quieta mientras su Ama daba una vuelta a su alrededor y la mirada como si estuviera calculando el valor de su piel.
-Perra mala -musitó, no sin un deje de placer mal escondido.
Enarboló el cinturón con el que empezó un azote, con un sonido que reboto en las cuatro paredes de Yolanda, testigos mudos de un amor ferviente y curioso. El primero dolió, dejándole la carne roja de la nalga como si se la hubiera teñido con tinte de rosa. El segundo fue dado desde la rabia del placer que le suponía a Yolanda contemplar los tiembles de Marina, que no podía encogerse, que osaba aguantar su mirada con cada latigazo en aquellas posaderas tan firmes y hermosas, mantenidas mediante el ejercicio y la natación. El tercero lo dio más arriba, haciendo retroceder sin permiso alguno a Marina; Yolanda, ante esta muestra de voluntad no concedida, la cogió de la muñeca y la puso a cuatro patas sobre el frío suelo. Una de sus botas se puso sobre su espalda y una sonrisa afloró sobre sus labios, sintiéndose poderosa y dueña del cuerpo y, tal vez, alma de aquella perrita desobediente.
-¿Qué pasó? ¿Que al salir del armario has olvidad quién eres? -chasqueó la lengua varias veces-. Tendré que reeducarte, entonces, ¿verdad? Porque cuando la perrita se porta mal...
Pasó con una lentitud exasperante el cinturón de cuero mojado y caliente por las intimidades oscuras de Marina. Utilizando el cinturón que ella misma llevaba, amordazó de una forma práctica a Marina, que la miró sorprendida ante la nueva táctica que había decidido adoptar. Aquello había dejado de ser un "aquí te pillo, aquí te mato".
Se arrodilló a su lado, se lamió los dedos y, utilizando cruelmente el índice, repasó el contorno de la figura carnosa de aquella concha de mar viviente y sonrosada. Metía el dedo hasta la uña y lo sacaba, tanteando el terreno humedecido de un monte de Venus excitado con el pulgar, mordiéndose Marina los labios por no gemir.
-Te has corrido sin mi permiso. ¿Tanto placer te daban unas simples velas? -preguntó, dándole una nalgada bastante sonora.
Tomando el objeto mencionado, lo lubricó con los fluidos sobrantes que se escurrían sin importarles la situación o los temblores de Marina, girando el frío objeto a pesar de haber estado encerrado en una cavidad oscura y ardiente.
-Contéstame, que te he hecho una pregunta -replicó, mordaz, Yolanda, preparando la vela más gruesa.
Marina intentó vocalizar algo con la mordaza mojada y babeante en la boca, pero todo lo que se oyó no fueron más que sonidos ininteligibles. La Ama sonrió, complacida ante el intento fútil por dar respuesta a una pregunta que ella misma sabía. La vela ligeramente humedecida se empezó a abrir camino por unos pliegues oscuros, secos y sin explorar aún.
La primera reacción de Marina hizo que Yolanda tuviera que contener una sonora carcajada que amenazaba con escaparse de su garganta, pues se había puesto bastante tensa para después inclinarse hacia delante, con un grito de dolor. Cogiéndola del collar, tiró de ella hacia atrás, mascullando que el movimiento había sido en un sentido incorrecto. La vela se abrió paso de una forma brusca, en parte por lo virginal del lugar, en parte por lo poco lubricada que se encontraba la vela. Marina siguió gritando ahogadamente, mordiendo el cinturón, notando el sabor de la tela como si fuera un fluido propio.
Yolanda la sentó en el suelo, desapareciendo prácticamente el objeto, alarmando a Marina. La Ama la empujó hacia atrás con el pie, casi con desprecio y, mientras la alarma de la perra crecía por creer inocentemente que era un objeto ya no recuperable, intentando incorporarse, deseando sacárselo antes de que ahondara más y tuviera que ir a urgencias, roja de vergüenza y sin una explicación viable ante el suceso, Yolanda aprisionó sus brazos bajo las rodillas, chasqueando a modo reprobatorio la lengua. Lamió su cuello con codicia mientras Marina intentaba decirle que ya no estaba para juegos... pero Yolanda no quería escuchar, porque tenía la llave al pequeño y miserable problema de su perra.... pero eso era parte de la diversión: mantenerla en aquel estado de tensión permanente, mientras creía fervientemente que ese objeto extraño, la vela, no podría sacarla si no unas manos expertas y de guante blanco, aprovechando la ocasión para violarla mientras se revolvía bajo su pecho.
Le dio un tirón de aviso con los dientes en una de sus orejas. El comportamiento, lejos de disgustarla, la estaba excitando a una velocidad alarmante. Trazó un camino de caracol con la lengua a lo largo del pecho, pasando por ambas rotondas, deteniéndose en un semáforo invisible en el ombligo, donde la lengua se perdió unos instantes por aquella cicatriz de nacimiento antes de continuar su descenso, sosteniendo con fuertes manos los brazos de Marina, que se revolvía cual pez fuera del agua. Llegó a tal punto su desesperación que Yolanda tuvo que atarle los brazos a la espalda, a falta de un cinturón, con una de sus camisetas.
Volviendo a la tarea anterior, terminó por hundir la lengua en una oquedad inquieta, mojada y palpitante, como si fuera una daga en un corazón aún vivo. Con sus labios hizo ventosa, arrancándole un poderoso grito ahogado a la pobre muchacha, cuyos brazos empezaban a dolerle. Lamió la Ama como si fuera un cachorro la fuente de aquel pequeño manantial, poniendo especial interés en el monte de Venus, excitado e hinchado.
Ayudándose finalmente de los dedos, empezando por uno y terminado por cuatro pequeños tentáculos inquietos y una lengua que se encargaba de ese botón especial, Marina se terminó corriendo, arqueando la espalda de tal forma que parecía que en cualquier momento se le fuera a partir en dos. La Ama recogió satisfecha los frutos de sus esfuerzos constantes y continuos y, sin llegar a tragárselos en ningún momento, acercó su cara a la enrojecida de Marina y, desplazando hacia abajo la mordaza que impedía que las palabras salieran de la boca de su perrita, se dispuso a besarla.
-¡Ya no tiene gracia, Yolanda! ¡Suélta...!
La aludida la besó, abriendo su boca y la de Marina dejando que los fluidos propios de esta última se escurrieran por su mandíbula y emprendieran el camino abajo hacia su garganta, provocándole una ligera tos. Yolanda la volvió a amordazar, con una sonrisa muy lobuna.
-Te daría de comer pero estás muy revoltosa, perrita mía. Veamos que se puede hacer ante tu creciente excitación...
Se acercó unos instantes a su cama, levantó el colchón, revelando su última adquisición. Lubricante frío y un consolador azulado, de gran grosor y tamaño. Marina volvió a revolverse, aumentando el calor de Yolanda, que, ante su desesperación, alimentaba sus ansias de poder sobre aquel cuerpo atad. Podría hacerle tantas cosas si sus padres no volvieran en más de un día... podría torturarla y darle placer de tantas maneras... pero la perrita estaba tan revoltosa... Suspiró para sus adentros y se arrodilló frente a los pies de Marina, que ya se había cerrado, desafiante y ligeramente enfadada, estando más asustada que enervada.
Empezando un ligero lenguetazo, una confesión a aquella cavidad antes de desparramar el contenido del bote sobre él, no porque estuvieran las intimidades secas cual desierto, si no por el efecto que producía en la piel, de un frío intenso, más allá de un producto que se ha dejado toda la noche a la luz de las estrellas.
Marina se revolvió ante la fresca y heladora sensación que fue acompañada por una ligera presión en su oquedad humedecida. La Ama sacó la lengua, mientras daba pequeños empujoncitos con el consolador a la cueva viviente, contemplando casi fascinada como los propios músculos de tan preciada zona lo terminaban expulsando. Con cuidado y algo de mimo, fue empujando el consolador, oscuridad adentro, haciendo gritar por enésima vez a Marina, ya que el lubricante se había colado en el interior y era algo nuevo y diferente... y no sabía si le gustaba la sensación que le causaba.
Yolanda, utilizando una mano para mover un inquieto consolador en su interior, usó la otra mano para apoyarse en el suelo y, con los dientes, le quitó la mordaza a Marina, para besarla, casi ahogándola con su hálito, con sus labios, declarando la invasión con la lengua, contando los dientes que había dentro de esa boca tan dulce. Al mismo tiempo, sin tener muy claro la perra como lo hizo (y sin revelar Yolanda el secreto), tironeaba también de la vela escondida en unas profundidades sin explorar, como las de los océanos; Marina empujaba con los pies al suelo, arqueando la espalda mientras su Ama se llenaba la boca con sus dulces y sensibles pechos, cuyos pezones se ponían cual picos de montañas heladas. Alternando turnos de entrada y salida entre ambos objetos, sin permiso ni consideración ninguna, Marina empezó a llegar al límite del orgasmo.
A modo de especie de castigo, Yolanda se hizo la promesa de dejarla fatigada a base de fuertes sensaciones como era aquel orgasmo. Maniobrando con más libertad al invadir su boca los otros labios que se suelen pintar de carmín, devoraba el monte de Venus con una avidez insoportable, llenando cada hueco con su presencia.
Ambas perdieron la cuenta de cuantos llegó a tener Marina en los siguientes veinte minutos, pero cuando la perra despertó, estaba en la cama, arropada pero con una ligera incomodidad. Al levantarse, notó como si fuera un tampón, un objeto de gran tamaño que... empezó a vibrar ligeramente, como un gato que se siente a gusto que ronronea.
Yolanda le sonrió sentada en la silla del escritorio.
-Lo llevarás mañana a clase, a modo de castigo por tus impertinencias de hoy.
Marina enrojeció, la Ama se le acercó y brindó a sus secos labios un poco de su saliva, buscando consuelo entre sus manos, buscando una forma de satisfacerse sin llegar a darle a ella nada, sintiéndose castigada más que premiada, pues cierto era que Marina había disfrutado muchísimo más que Yolanda... quería su parte, quería que Marina se vengara, que le hiciera algo que ni a ella misma se le ocurría pensar... pero sabía que, por su naturaleza, ese suceso nunca se llegaría a dar.
¿O tal vez sí?
Cayó con las manos por delante cuando la Ama abrió el armario de repente. Marina, que salía jadeando, alzó la mirada. Yolanda le sonreía mientras negaba con la cabeza. La obligó a ponerse en pie mientras que con un cinturón de cuero pasaba veloz por unas intimidades tan mojadas que pareciese que se había dado una ducha más que esperado con el aliento escondido en la boca a que la madre de Yolanda se fuese. Marina se quedó quieta mientras su Ama daba una vuelta a su alrededor y la mirada como si estuviera calculando el valor de su piel.
-Perra mala -musitó, no sin un deje de placer mal escondido.
Enarboló el cinturón con el que empezó un azote, con un sonido que reboto en las cuatro paredes de Yolanda, testigos mudos de un amor ferviente y curioso. El primero dolió, dejándole la carne roja de la nalga como si se la hubiera teñido con tinte de rosa. El segundo fue dado desde la rabia del placer que le suponía a Yolanda contemplar los tiembles de Marina, que no podía encogerse, que osaba aguantar su mirada con cada latigazo en aquellas posaderas tan firmes y hermosas, mantenidas mediante el ejercicio y la natación. El tercero lo dio más arriba, haciendo retroceder sin permiso alguno a Marina; Yolanda, ante esta muestra de voluntad no concedida, la cogió de la muñeca y la puso a cuatro patas sobre el frío suelo. Una de sus botas se puso sobre su espalda y una sonrisa afloró sobre sus labios, sintiéndose poderosa y dueña del cuerpo y, tal vez, alma de aquella perrita desobediente.
-¿Qué pasó? ¿Que al salir del armario has olvidad quién eres? -chasqueó la lengua varias veces-. Tendré que reeducarte, entonces, ¿verdad? Porque cuando la perrita se porta mal...
Pasó con una lentitud exasperante el cinturón de cuero mojado y caliente por las intimidades oscuras de Marina. Utilizando el cinturón que ella misma llevaba, amordazó de una forma práctica a Marina, que la miró sorprendida ante la nueva táctica que había decidido adoptar. Aquello había dejado de ser un "aquí te pillo, aquí te mato".
Se arrodilló a su lado, se lamió los dedos y, utilizando cruelmente el índice, repasó el contorno de la figura carnosa de aquella concha de mar viviente y sonrosada. Metía el dedo hasta la uña y lo sacaba, tanteando el terreno humedecido de un monte de Venus excitado con el pulgar, mordiéndose Marina los labios por no gemir.
-Te has corrido sin mi permiso. ¿Tanto placer te daban unas simples velas? -preguntó, dándole una nalgada bastante sonora.
Tomando el objeto mencionado, lo lubricó con los fluidos sobrantes que se escurrían sin importarles la situación o los temblores de Marina, girando el frío objeto a pesar de haber estado encerrado en una cavidad oscura y ardiente.
-Contéstame, que te he hecho una pregunta -replicó, mordaz, Yolanda, preparando la vela más gruesa.
Marina intentó vocalizar algo con la mordaza mojada y babeante en la boca, pero todo lo que se oyó no fueron más que sonidos ininteligibles. La Ama sonrió, complacida ante el intento fútil por dar respuesta a una pregunta que ella misma sabía. La vela ligeramente humedecida se empezó a abrir camino por unos pliegues oscuros, secos y sin explorar aún.
La primera reacción de Marina hizo que Yolanda tuviera que contener una sonora carcajada que amenazaba con escaparse de su garganta, pues se había puesto bastante tensa para después inclinarse hacia delante, con un grito de dolor. Cogiéndola del collar, tiró de ella hacia atrás, mascullando que el movimiento había sido en un sentido incorrecto. La vela se abrió paso de una forma brusca, en parte por lo virginal del lugar, en parte por lo poco lubricada que se encontraba la vela. Marina siguió gritando ahogadamente, mordiendo el cinturón, notando el sabor de la tela como si fuera un fluido propio.
Yolanda la sentó en el suelo, desapareciendo prácticamente el objeto, alarmando a Marina. La Ama la empujó hacia atrás con el pie, casi con desprecio y, mientras la alarma de la perra crecía por creer inocentemente que era un objeto ya no recuperable, intentando incorporarse, deseando sacárselo antes de que ahondara más y tuviera que ir a urgencias, roja de vergüenza y sin una explicación viable ante el suceso, Yolanda aprisionó sus brazos bajo las rodillas, chasqueando a modo reprobatorio la lengua. Lamió su cuello con codicia mientras Marina intentaba decirle que ya no estaba para juegos... pero Yolanda no quería escuchar, porque tenía la llave al pequeño y miserable problema de su perra.... pero eso era parte de la diversión: mantenerla en aquel estado de tensión permanente, mientras creía fervientemente que ese objeto extraño, la vela, no podría sacarla si no unas manos expertas y de guante blanco, aprovechando la ocasión para violarla mientras se revolvía bajo su pecho.
Le dio un tirón de aviso con los dientes en una de sus orejas. El comportamiento, lejos de disgustarla, la estaba excitando a una velocidad alarmante. Trazó un camino de caracol con la lengua a lo largo del pecho, pasando por ambas rotondas, deteniéndose en un semáforo invisible en el ombligo, donde la lengua se perdió unos instantes por aquella cicatriz de nacimiento antes de continuar su descenso, sosteniendo con fuertes manos los brazos de Marina, que se revolvía cual pez fuera del agua. Llegó a tal punto su desesperación que Yolanda tuvo que atarle los brazos a la espalda, a falta de un cinturón, con una de sus camisetas.
Volviendo a la tarea anterior, terminó por hundir la lengua en una oquedad inquieta, mojada y palpitante, como si fuera una daga en un corazón aún vivo. Con sus labios hizo ventosa, arrancándole un poderoso grito ahogado a la pobre muchacha, cuyos brazos empezaban a dolerle. Lamió la Ama como si fuera un cachorro la fuente de aquel pequeño manantial, poniendo especial interés en el monte de Venus, excitado e hinchado.
Ayudándose finalmente de los dedos, empezando por uno y terminado por cuatro pequeños tentáculos inquietos y una lengua que se encargaba de ese botón especial, Marina se terminó corriendo, arqueando la espalda de tal forma que parecía que en cualquier momento se le fuera a partir en dos. La Ama recogió satisfecha los frutos de sus esfuerzos constantes y continuos y, sin llegar a tragárselos en ningún momento, acercó su cara a la enrojecida de Marina y, desplazando hacia abajo la mordaza que impedía que las palabras salieran de la boca de su perrita, se dispuso a besarla.
-¡Ya no tiene gracia, Yolanda! ¡Suélta...!
La aludida la besó, abriendo su boca y la de Marina dejando que los fluidos propios de esta última se escurrieran por su mandíbula y emprendieran el camino abajo hacia su garganta, provocándole una ligera tos. Yolanda la volvió a amordazar, con una sonrisa muy lobuna.
-Te daría de comer pero estás muy revoltosa, perrita mía. Veamos que se puede hacer ante tu creciente excitación...
Se acercó unos instantes a su cama, levantó el colchón, revelando su última adquisición. Lubricante frío y un consolador azulado, de gran grosor y tamaño. Marina volvió a revolverse, aumentando el calor de Yolanda, que, ante su desesperación, alimentaba sus ansias de poder sobre aquel cuerpo atad. Podría hacerle tantas cosas si sus padres no volvieran en más de un día... podría torturarla y darle placer de tantas maneras... pero la perrita estaba tan revoltosa... Suspiró para sus adentros y se arrodilló frente a los pies de Marina, que ya se había cerrado, desafiante y ligeramente enfadada, estando más asustada que enervada.
Empezando un ligero lenguetazo, una confesión a aquella cavidad antes de desparramar el contenido del bote sobre él, no porque estuvieran las intimidades secas cual desierto, si no por el efecto que producía en la piel, de un frío intenso, más allá de un producto que se ha dejado toda la noche a la luz de las estrellas.
Marina se revolvió ante la fresca y heladora sensación que fue acompañada por una ligera presión en su oquedad humedecida. La Ama sacó la lengua, mientras daba pequeños empujoncitos con el consolador a la cueva viviente, contemplando casi fascinada como los propios músculos de tan preciada zona lo terminaban expulsando. Con cuidado y algo de mimo, fue empujando el consolador, oscuridad adentro, haciendo gritar por enésima vez a Marina, ya que el lubricante se había colado en el interior y era algo nuevo y diferente... y no sabía si le gustaba la sensación que le causaba.
Yolanda, utilizando una mano para mover un inquieto consolador en su interior, usó la otra mano para apoyarse en el suelo y, con los dientes, le quitó la mordaza a Marina, para besarla, casi ahogándola con su hálito, con sus labios, declarando la invasión con la lengua, contando los dientes que había dentro de esa boca tan dulce. Al mismo tiempo, sin tener muy claro la perra como lo hizo (y sin revelar Yolanda el secreto), tironeaba también de la vela escondida en unas profundidades sin explorar, como las de los océanos; Marina empujaba con los pies al suelo, arqueando la espalda mientras su Ama se llenaba la boca con sus dulces y sensibles pechos, cuyos pezones se ponían cual picos de montañas heladas. Alternando turnos de entrada y salida entre ambos objetos, sin permiso ni consideración ninguna, Marina empezó a llegar al límite del orgasmo.
A modo de especie de castigo, Yolanda se hizo la promesa de dejarla fatigada a base de fuertes sensaciones como era aquel orgasmo. Maniobrando con más libertad al invadir su boca los otros labios que se suelen pintar de carmín, devoraba el monte de Venus con una avidez insoportable, llenando cada hueco con su presencia.
Ambas perdieron la cuenta de cuantos llegó a tener Marina en los siguientes veinte minutos, pero cuando la perra despertó, estaba en la cama, arropada pero con una ligera incomodidad. Al levantarse, notó como si fuera un tampón, un objeto de gran tamaño que... empezó a vibrar ligeramente, como un gato que se siente a gusto que ronronea.
Yolanda le sonrió sentada en la silla del escritorio.
-Lo llevarás mañana a clase, a modo de castigo por tus impertinencias de hoy.
Marina enrojeció, la Ama se le acercó y brindó a sus secos labios un poco de su saliva, buscando consuelo entre sus manos, buscando una forma de satisfacerse sin llegar a darle a ella nada, sintiéndose castigada más que premiada, pues cierto era que Marina había disfrutado muchísimo más que Yolanda... quería su parte, quería que Marina se vengara, que le hiciera algo que ni a ella misma se le ocurría pensar... pero sabía que, por su naturaleza, ese suceso nunca se llegaría a dar.
¿O tal vez sí?
lunes, 7 de abril de 2014
Tarantela I
Sentía una curiosa atracción por ella... tan vez porque tan solo se trataba de una compañera de clase. Sin embargo, tenía ese perfil bondadoso, como si de una persona sumamente inocente se tratase. Nunca había tenido el placer de hablar con ella, pero sí que la había espiado por los pasillos, la había contemplado distraídamente en clase, cuando salía a exponer algún aburrido trabajo que, repentinamente, se volvía del todo interesante cuando ella tenía que hablar.
Creía firmemente que su mundo giraba entorno a esa compañera de clase. Cuando llegaba a casa, se encontraba totalmente incapaz de prestarle un poco de atención a sus estudios y, cuando lo lograba, se interrumpía siempre a mitad de frase, para suspirar por esa compañera de clase, a la que le había dedicado miles y miles de poemas, pero que nunca se había atrevido a dejarle ninguno.
Una bonita mañana nublada, cuyo cielo amenazaba con romper a llover en cualquier momento, se sintió con las suficientes ganas como para hacerle obsequio al centro de su mundo con uno de sus mejores poemas. Salió todo lo pronto que pudo de casa, cogió el metro y llegó antes que nadie al aula. Se quedó al lado de la mesa de la chica que tanto le gustaba y la contempló. Sin ella, perdía parte de su esencia pero, al imaginársela ahí, sentada, atenta, guapa, prestando atención, tan inocente... sintió un calor repentino y una tensión insoportable entre sus pantalones. Enrojeciendo como la grana por aquel acto, dejó apresuradamente la pequeña nota con su mejor poema y corrió al baño para intentar calmarse de alguna manera que no fuera satisfacerse, pues le daba la sensación de que si se masturbaba en su nombre, era algo así como macillárselo... y no quería eso para con ella.
La chica, por supuesto, encontró la nota nada más llegar. Con una sonrisa lo abrió, sonrisa que se fue borrando poco a poco, como con disolvente. Contempló la reacción de su compañera de clase con un fuerte dolor en el pecho. ¿Qué pasaba? ¿No le gustaba? La chica en cuestión miró a su alrededor, como buscando una mirada que le indicase quién había sido. En estas, apartó la mirada, esperando no ser el blanco de la chica que tanto adoraba.
El poema que le había escrito, decía así:
Creía firmemente que su mundo giraba entorno a esa compañera de clase. Cuando llegaba a casa, se encontraba totalmente incapaz de prestarle un poco de atención a sus estudios y, cuando lo lograba, se interrumpía siempre a mitad de frase, para suspirar por esa compañera de clase, a la que le había dedicado miles y miles de poemas, pero que nunca se había atrevido a dejarle ninguno.
Una bonita mañana nublada, cuyo cielo amenazaba con romper a llover en cualquier momento, se sintió con las suficientes ganas como para hacerle obsequio al centro de su mundo con uno de sus mejores poemas. Salió todo lo pronto que pudo de casa, cogió el metro y llegó antes que nadie al aula. Se quedó al lado de la mesa de la chica que tanto le gustaba y la contempló. Sin ella, perdía parte de su esencia pero, al imaginársela ahí, sentada, atenta, guapa, prestando atención, tan inocente... sintió un calor repentino y una tensión insoportable entre sus pantalones. Enrojeciendo como la grana por aquel acto, dejó apresuradamente la pequeña nota con su mejor poema y corrió al baño para intentar calmarse de alguna manera que no fuera satisfacerse, pues le daba la sensación de que si se masturbaba en su nombre, era algo así como macillárselo... y no quería eso para con ella.
La chica, por supuesto, encontró la nota nada más llegar. Con una sonrisa lo abrió, sonrisa que se fue borrando poco a poco, como con disolvente. Contempló la reacción de su compañera de clase con un fuerte dolor en el pecho. ¿Qué pasaba? ¿No le gustaba? La chica en cuestión miró a su alrededor, como buscando una mirada que le indicase quién había sido. En estas, apartó la mirada, esperando no ser el blanco de la chica que tanto adoraba.
El poema que le había escrito, decía así:
Con tu mirada caen reinos,
por tu sonrisa hombres se arrodillan,
un mundo por un beso en tus manos.
Una reina de bella pelambrera,
una dama de ojos que brillan,
maldición a quien no te quiera.
Treinta y seis yeguas perladas
que pifian relucientes
en las montañas sonrosadas.
Ojos sinceros y diferentes,
enamoradizos, claros,
me arrodillo ante ellos.
Con tu mirada caen reinos,
por tu sonrisa hombres se arrodillan,
mi alma se estremece con un suspiro tuyo.
Pasó la mañana preguntándose qué podía tener de malo su poema para que la chica, su compañera de clase, el centro de su diminuto universo, hubiera buscado con una mirada que nada tenía de enternecedor al autor de la nota con letra temblorosa.
domingo, 22 de enero de 2012
Laurel & Canela (I)
La primera vez que vio a Laurel, fue en una mañana de primavera, curiosamente en un campo de flores; corría ella con una ligereza, con aquel vestido blanco recien estrenado al parecer, con el viento moviendole suavemente la prenda.
La primera vez que la vio, Canela pensó en la palabra pecado. Aquella figura delicada de Laurel llamaba a eso. La perfeccion de sus curvas, la suavidad del cabello, el bello color de sus ojos verdes cuando se acercó a ella, con pasos lentos, como si fuera un zombie, como si atendiara a una llamada de una gran reina esplendorosa.
Laurel se detuvo y la miró, con el ceño ligeramente fruncido. Canela sintió un cosquilleo leve en la columna vertebral, aquellas arrugas que asomaban en su frente, arrugas de desconcierto, la hacian más bella. Era el ser perfecto.
-¿Quien eres? -preguntó Laurel.
-Canela, ¿y tú, estimado ángel caido del cielo?
La risa de Laurel no se tardo en oír. El brillo de los ojos de Laurel le dieron esperanzas a Canela.
-Yo no soy un ángel caido del cielo, Canela.
Laurel examinó de arriba abajo a Canela, cosa que a ella le pareció, al menos de momento, todo un placer. En lo recóndito de su mente, una voz perversa le gritaba que se quitara la túnica y se mostrara al desnudo delante de aquel ser perfecto. Su mano, como la de un autómata, se dirigió a su broche con forma de pájaro y, antes de que Laurel pudiera impedirselo, se lo desabrochó, quedando desnuda ante la encarnacion de la perfeccion.
Vio como las mejillas de Laurel se tenían de un bello rojo, rojo sangre, rojo de rosa, rojo intenso. Ella tambien enrojecio un tanto cuando se dio cuenta de lo que en verdad habia hecho; temía que la chica saliera corriendo, mandándola al fondo de la desesperacion con su rechazo. Un rechazo que podía acabar con su vida y quiza destrozar su alma.
La reacción de Laruel la sorprendió en grado sumo. Sus labios, suaves y delicados a la vista, se unieron a los suyos, ansiosos de mucho más que un casto beso. Cayeron con delicadeza sobre la hierba. Laurel enredaba sus dedos en el castaño pelo de Canela, saboreaba sus dulces labios con un toque de limon, quizás, haciendolos aun mas irresistibles. Los dedos de Canela buscaban con desesperación la cremallera de auqel vaporoso vestido blanco, sin mucho éxito. Frustrada, trazó circulos alrededor de su seno derecho, haciendo estremecer a Laurel. Ésta, sin dejar de paladear sus suaves labios, acarició el cuello, bajando por el pecho y llegando al vientre, donde trazaba triángulos pecaminosos.
Y asi, en la hierba una mañana de primavera en un campo de flores, Laurel y Canela se conocieron por primera vez.
La primera vez que la vio, Canela pensó en la palabra pecado. Aquella figura delicada de Laurel llamaba a eso. La perfeccion de sus curvas, la suavidad del cabello, el bello color de sus ojos verdes cuando se acercó a ella, con pasos lentos, como si fuera un zombie, como si atendiara a una llamada de una gran reina esplendorosa.
Laurel se detuvo y la miró, con el ceño ligeramente fruncido. Canela sintió un cosquilleo leve en la columna vertebral, aquellas arrugas que asomaban en su frente, arrugas de desconcierto, la hacian más bella. Era el ser perfecto.
-¿Quien eres? -preguntó Laurel.
-Canela, ¿y tú, estimado ángel caido del cielo?
La risa de Laurel no se tardo en oír. El brillo de los ojos de Laurel le dieron esperanzas a Canela.
-Yo no soy un ángel caido del cielo, Canela.
Laurel examinó de arriba abajo a Canela, cosa que a ella le pareció, al menos de momento, todo un placer. En lo recóndito de su mente, una voz perversa le gritaba que se quitara la túnica y se mostrara al desnudo delante de aquel ser perfecto. Su mano, como la de un autómata, se dirigió a su broche con forma de pájaro y, antes de que Laurel pudiera impedirselo, se lo desabrochó, quedando desnuda ante la encarnacion de la perfeccion.
Vio como las mejillas de Laurel se tenían de un bello rojo, rojo sangre, rojo de rosa, rojo intenso. Ella tambien enrojecio un tanto cuando se dio cuenta de lo que en verdad habia hecho; temía que la chica saliera corriendo, mandándola al fondo de la desesperacion con su rechazo. Un rechazo que podía acabar con su vida y quiza destrozar su alma.
La reacción de Laruel la sorprendió en grado sumo. Sus labios, suaves y delicados a la vista, se unieron a los suyos, ansiosos de mucho más que un casto beso. Cayeron con delicadeza sobre la hierba. Laurel enredaba sus dedos en el castaño pelo de Canela, saboreaba sus dulces labios con un toque de limon, quizás, haciendolos aun mas irresistibles. Los dedos de Canela buscaban con desesperación la cremallera de auqel vaporoso vestido blanco, sin mucho éxito. Frustrada, trazó circulos alrededor de su seno derecho, haciendo estremecer a Laurel. Ésta, sin dejar de paladear sus suaves labios, acarició el cuello, bajando por el pecho y llegando al vientre, donde trazaba triángulos pecaminosos.
Y asi, en la hierba una mañana de primavera en un campo de flores, Laurel y Canela se conocieron por primera vez.
viernes, 16 de septiembre de 2011
Crónica de un día
En la fría mañana despiertan dos personas en una misma cama, mirandose y observandose, casi como si nunca se hubiesen conocido.
Es la primera vez que duermen en la misma cama y pueden despertar viendose el uno al otro.
Con una tímida sonrisa se dan los buenos días.
Así, con la pasión de los nuevos enamorados, empiezan a acariciarse, disfrutar mutuamente de sus cuerpos, idealizando cada momento. Casi con miedo de que un simple soplido pudiera romper la magia o el cuerpo del otro, casi como si fuera de porcelana.
Parecen ir descubriendo cada nueva parte de sus propios cuerpos y el de su pareja, zonas desconocidas, placeres nuevos... parece como si fuera la primera vez de ambos, en el principio de la mañana.
El día va avanzando y el temor y delicadeza inicial se va cambiando por la pasión de los enamorados, de los jovenes adolescentes o adultos que disfrutan del sexo como si el mañana no existiese.
Caricias y besos son casi inexistentes, el tiempo apremia, el sexo y el acto sexual se lleva a cabo en cada momento, como si el único objetivo de la existencia mutua fuese lograr el cénit, el placer máximo prometido por los dioses, el orgasmo.
Así llega la tarde, sus fuerzas van minvando, el acto deja de tener la importancia primordial, pues en el mediodía ya conocieron los límites físicos de sus propios cuerpos, dejandoles poco o nada por lo que conocer durante el acto y pasar nuevamente a disfrutar de nuevas experiencias preliminares probando juegos, juguetes, posturas...
Se sigue practicando el sexo, pero desde otro nivel más relajado, se prefiere disfrutar de los preliminares y con ello, el acto sexual, a medida que va pasando el tiempo, se acorta.
Llega finalmente la noche, ambos se miran, casi ni se atreven a tocarse, estan cansados, agotados, exhaustos... siguen amandose, pero no les queda más vida que para rememorar los principios del día, momentos en que estaban llenos de energia y vitalidad. Ahora, solo queda una sombra de lo que eran, pero sus sentimientos no han cambiado, siguen deseando acariciarse, amarse mutuamente, revivir los momentos sucedidos durante el día, pero su llama se va apagando y con ello, sus cuerpos se van demacrando...
Primero, se duerme él...
Ella se postra contra su pecho, escuchando los últimos latidos de su corazón, hasta que ella, a su vez se duerme... y con ello, llegó el final de su tiempo... dejando sitio al producto de su amor.
Una nueva vida.
Es la primera vez que duermen en la misma cama y pueden despertar viendose el uno al otro.
Con una tímida sonrisa se dan los buenos días.
Así, con la pasión de los nuevos enamorados, empiezan a acariciarse, disfrutar mutuamente de sus cuerpos, idealizando cada momento. Casi con miedo de que un simple soplido pudiera romper la magia o el cuerpo del otro, casi como si fuera de porcelana.
Parecen ir descubriendo cada nueva parte de sus propios cuerpos y el de su pareja, zonas desconocidas, placeres nuevos... parece como si fuera la primera vez de ambos, en el principio de la mañana.
El día va avanzando y el temor y delicadeza inicial se va cambiando por la pasión de los enamorados, de los jovenes adolescentes o adultos que disfrutan del sexo como si el mañana no existiese.
Caricias y besos son casi inexistentes, el tiempo apremia, el sexo y el acto sexual se lleva a cabo en cada momento, como si el único objetivo de la existencia mutua fuese lograr el cénit, el placer máximo prometido por los dioses, el orgasmo.
Así llega la tarde, sus fuerzas van minvando, el acto deja de tener la importancia primordial, pues en el mediodía ya conocieron los límites físicos de sus propios cuerpos, dejandoles poco o nada por lo que conocer durante el acto y pasar nuevamente a disfrutar de nuevas experiencias preliminares probando juegos, juguetes, posturas...
Se sigue practicando el sexo, pero desde otro nivel más relajado, se prefiere disfrutar de los preliminares y con ello, el acto sexual, a medida que va pasando el tiempo, se acorta.
Llega finalmente la noche, ambos se miran, casi ni se atreven a tocarse, estan cansados, agotados, exhaustos... siguen amandose, pero no les queda más vida que para rememorar los principios del día, momentos en que estaban llenos de energia y vitalidad. Ahora, solo queda una sombra de lo que eran, pero sus sentimientos no han cambiado, siguen deseando acariciarse, amarse mutuamente, revivir los momentos sucedidos durante el día, pero su llama se va apagando y con ello, sus cuerpos se van demacrando...
Primero, se duerme él...
Ella se postra contra su pecho, escuchando los últimos latidos de su corazón, hasta que ella, a su vez se duerme... y con ello, llegó el final de su tiempo... dejando sitio al producto de su amor.
Una nueva vida.
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