El tostador amaba a la tostada. Porque se pasaba el día tostándola, obviamente. Así que un día decidieron fugarse juntos.
-¡Esperad, quiero desayunar! -gritó el amo, contemplando atónito como se fugaba el tostador con la tostada.
Luego despertó del coma.
lunes, 21 de julio de 2014
lunes, 30 de junio de 2014
ß-transformadoras
Era una clase de adolescentes, ya casi adultos, lleno mayoritariamente por mujeres. Independientemente de la especialidad que estaban estudiando, sucedía, cada vez más a menudo, un curioso suceso. Cada cinco minutos, ya fuera a escondidas o sin ningún tipo de vergüenza, en pequeños grupos la mayoría de las veces, se sacaban una foto. Una detrás de otra. Cada cinco o diez minutos si sabían soportar tan agónica espera.
Una extraña enfermedad campaba a sus anchas por aquel aula, llamada ß-transformador, afectando solo a las mujeres. Los cambios podían ser en gran o pequeña medida; empero, la paranoia era demasiado grande para las "ß-transformadoras".
Una extraña enfermedad campaba a sus anchas por aquel aula, llamada ß-transformador, afectando solo a las mujeres. Los cambios podían ser en gran o pequeña medida; empero, la paranoia era demasiado grande para las "ß-transformadoras".
lunes, 23 de junio de 2014
Es la guerra!
Ya no sé ni en que día vivo... solo sé que llevo aquí encerrado durante días, semanas, meses... puede que incluso años.
Lo único que sé es que un grupo de gente me trae a diario comida y bebida... a la vez que me sacan al patio para poder estirar las piernas y que la musculatura se me mantenga mínimamente.
El tiempo pasa... y no hace mucho me dieron una manta para que pudiera taparme si hace frío...
Hace unas semanas intenté revelarme, sí... logré controlar un espacio de mi campo de concentración, de manera breve, pero importante, pues de aquel lado era de donde les suministraban el oxigeno para sobrevivir.
Pero mi expansión duró poco.
Unos días después me tiraron mi cama y me dieron una tienda de campaña... Una tienda de campaña de camuflaje.
Seguiré informando.
Firma,
Guau!
Lo único que sé es que un grupo de gente me trae a diario comida y bebida... a la vez que me sacan al patio para poder estirar las piernas y que la musculatura se me mantenga mínimamente.
El tiempo pasa... y no hace mucho me dieron una manta para que pudiera taparme si hace frío...
Hace unas semanas intenté revelarme, sí... logré controlar un espacio de mi campo de concentración, de manera breve, pero importante, pues de aquel lado era de donde les suministraban el oxigeno para sobrevivir.
Pero mi expansión duró poco.
Unos días después me tiraron mi cama y me dieron una tienda de campaña... Una tienda de campaña de camuflaje.
Seguiré informando.
Firma,
Guau!
lunes, 16 de junio de 2014
Refugio
Empezaba con el sonido de la lluvia contra el seco suelo y entonces abría los ojos. Fuera hacía frío, un frío húmedo que provocaba que se le metiera por entre los huesos y se aferrara como si no hubiera mañana. Ya había llegado el momento de salir. De cazar. Tenía hambre pero al mismo tiempo miedo de que lo cazaran otro año más. Estaba cansado y solo quería sumirse en la oscuridad.
Mientras contemplaba como el agua caía, derramándose desde las nubes, oyó una risa por el campo de hierba alta mojada. Una risa de felicidad, las pisadas de los charcos del barro. Se escondió mas adentro, protegiéndose con la oscuridad. Algo o alguien entró en su refugio, aún con la risa entrecortando su respiración.
-Uf, qué tormenta más imprevista -se dijo la chica-. Me he quedado empapada.
Olisqueó el aire disimuladamente para captar su aroma, descubriendo con sorpresa que era un plato jugoso para devorar. El sonido de sus tripas muertas de hambre le delataron. La chica se giró, sin miedo en la tez, más bien sorprendida.
-...
Rebuscó en sus bolsillos hasta dar con una pequeña linterna que guardaba para pequeñas emergencias como aquella o un apagón en casa e iluminó el interior del refugio. Corrió a esconderse. La chica ahogó un grito al ver desaparecer una cola reptiliana. A pesar de que el poco miedo que tenía le atenazaba el pecho, avanzó, curiosa.
Pronto sus ojos se miraron. Dejó caer la linterna mientras la criatura la observaba valorando la situación.
Fuera seguía lloviendo. Un rayo se dejó ver y un trueno retumbó en los cielos.
Mientras contemplaba como el agua caía, derramándose desde las nubes, oyó una risa por el campo de hierba alta mojada. Una risa de felicidad, las pisadas de los charcos del barro. Se escondió mas adentro, protegiéndose con la oscuridad. Algo o alguien entró en su refugio, aún con la risa entrecortando su respiración.
-Uf, qué tormenta más imprevista -se dijo la chica-. Me he quedado empapada.
Olisqueó el aire disimuladamente para captar su aroma, descubriendo con sorpresa que era un plato jugoso para devorar. El sonido de sus tripas muertas de hambre le delataron. La chica se giró, sin miedo en la tez, más bien sorprendida.
-...
Rebuscó en sus bolsillos hasta dar con una pequeña linterna que guardaba para pequeñas emergencias como aquella o un apagón en casa e iluminó el interior del refugio. Corrió a esconderse. La chica ahogó un grito al ver desaparecer una cola reptiliana. A pesar de que el poco miedo que tenía le atenazaba el pecho, avanzó, curiosa.
Pronto sus ojos se miraron. Dejó caer la linterna mientras la criatura la observaba valorando la situación.
Fuera seguía lloviendo. Un rayo se dejó ver y un trueno retumbó en los cielos.
lunes, 9 de junio de 2014
Tarantela II
Pasó una semana; no había encontrado motivo alguno por el que su amada compañera de clase buscara por la clase al autor o autora de tan extraño poema. Seguía pensando en lo insólito de su mirada. Corrían las clases y la distracción de su pequeño universo seguía presente en su día a día. Los exámenes, algunos, los aprobaba con cincos raspados y sus profesores le advertían en mitad de la clase que si no mejoraba, o bien tendría que recuperar más de una asignatura en septiembre, o bien repetir curso.
Aquella última posibilidad, en la que nunca había caído, se presentí infernal y despiadada. ¿Repetir curso? ¿Y perder, tal vez para siempre, a su deliciosa y amada compañera de clase? ¡Jamás! Fue el empuje final a mitad de curso lo que seguramente le salvó, así como, tal vez, el apoyo y compasión que le brindaban sus profesores. La chica, sin embargo, no se percató del cambio producido; empero, su aura de tranquilidad y felicidad se veía perturbada por el desconocimiento del origen del poema.
Con un nuevo amanecer, llegó otro poema, otro motivo de perturbación, otro día de escrutación en el aula, esperando que el que le dejaba aquellas pequeñas notas tan cargadas de amor y de romanticismo se delatase. Un gesto, un guiño, una mirada... fuera lo que fuese, sabía que se delataría en cualquier momento... y ella estaría ojo avizor para desenmascararlo... ¿o tal vez era una chica? Pasó la mañana pensando en cada compañero de clase, en cada encuentro, en cada conversación, esperando así encontrar la más mínima posibilidad que señalaba al "culpable".
El poema que había recibido decía así:
Aquella última posibilidad, en la que nunca había caído, se presentí infernal y despiadada. ¿Repetir curso? ¿Y perder, tal vez para siempre, a su deliciosa y amada compañera de clase? ¡Jamás! Fue el empuje final a mitad de curso lo que seguramente le salvó, así como, tal vez, el apoyo y compasión que le brindaban sus profesores. La chica, sin embargo, no se percató del cambio producido; empero, su aura de tranquilidad y felicidad se veía perturbada por el desconocimiento del origen del poema.
Con un nuevo amanecer, llegó otro poema, otro motivo de perturbación, otro día de escrutación en el aula, esperando que el que le dejaba aquellas pequeñas notas tan cargadas de amor y de romanticismo se delatase. Un gesto, un guiño, una mirada... fuera lo que fuese, sabía que se delataría en cualquier momento... y ella estaría ojo avizor para desenmascararlo... ¿o tal vez era una chica? Pasó la mañana pensando en cada compañero de clase, en cada encuentro, en cada conversación, esperando así encontrar la más mínima posibilidad que señalaba al "culpable".
El poema que había recibido decía así:
Amanece con resplandor dorado,
se refleja en tus cabellos,
ilumina el arado.
Una cándida sonrisa,
con hermosos hoyuelos,
profundas, azuladas brisas.
Parpadeó entonces la amada compañera de clase, la cariñosa compañera de estudios y, en esa pequeña fracción de segundos, tuvo tiempo de contemplarla y apartar la vista, embargado su cuerpo con su encanto, su belleza... su sonrisa temblorosa. Temblorosa. TEMBLOROSA. ¿Por qué temblaba su sonrisa? ¿Acaso era el preludio de una carcajada? ¿Acaso escondía una potente risa que hubiera merecido una pequeña regañina de la profesora de turno? ¿O era inseguridad? ¿Era miedo? ¿Desconcierto por los poemas de desconocida procedencia? Por un torturador instante, pensó en ir y confesarle su amor, haciéndose visible ante ella, mostrándose, señalándose... Rompiendo, al fin y al cabo, el hechizo que la rodeaba. Decidió, pues, no arriesgarse. Quiso pensar que aquel ligero temblor en sus labios no estaba relacionado con su persona. Se repitió para sí los últimos versos, mientras evocaba su felicidad para con ella.
lunes, 2 de junio de 2014
Castaña
Castaña era un país donde vivían muchísimos castaños. De ahí su nombre, obviamente.
Era un lugar donde convivían los castaños y otra gente en paz y armonía, pero como todos, necesitaban un sistema de gobierno. El cual, casualmente, era muy parecido a una dictadura, pues, después de todo, el que era nombrado Olmo, siempre hacía lo que le daba la gana bajo el contexto de que lo hacía por el bien de los castaños.
Así pues, durante muchos años vivieron época de bonanza y las Ardillas gestionaban y prestaban el las castañas a los castaños, después de todo, su moneda se llamaba "castaña".
Así fueron muchos años, pero el Olmo de aquel momento, era un castaño que vivía en un mundo de arcoiris y felicidad y quiso negar la plaga que se venía encima. Así fue, que cuando llegó dicha plaga muchos castaños se encontraron que casi habían perdido todas sus castañas y algunas de sus ramas morían.
De tal modo fue, que los castaños decidieron castigar a dicho Olmo en unas elecciones y lo echaron de su puesto. Seguidamente, llegó otro Olmo quien prometía bonanza y recuperación. Pero para esa recuperación había que podar... podar y podar... Al punto que muchos castaños se quedaban sin ramas ni hojas y prácticamente morían. Incluso, eran arrancados de la tierra donde vivían por los agricultores, quienes supuestamente debían protegerles de todo.
Pero estos agricultores, eran la mano derecha del Olmo, quien hacía cumplir su ley y voluntad, pues... no os he dicho ya que era una dictadura? Sí, había elecciones, pero el Olmo, siempre terminaba siendo un dictador.
Algunos castaños querían retirarse de aquellas tierras y formar su propio territorio, aún sabiendo que muchos de sus castaños las pasaban mal, sus minidictadores, no dejaban de decir que estarían mejor fuera. Y así los fue convenciendo mientras les cortaba las ramas y arrancaba de raíz a los que estaban demasiado mal.
Muchos castaños se indignaban y se revoltaban, pero ante dicha actitud, el Olmo no tardaba en hacer llamamiento a los agricultores y dar algunos hachazos a los castaños rebeldes sin que estos pudieran defenderse. Pero en Castaña, todo era tan ideal, que la culpa no era del Olmo ni de los agricultores, sino, de los propios castaños que quisieron hacer oír su opinión.
Todo siguió así durante un tiempo, el Olmo siguió impartiendo su régimen mientras protegía a los castaños que estaban bajo su sombra y otros castaños más afortunados, les pasaban empalmes para que crecieran mejor y tuvieran más castañas. Mientras el resto de castaños agonizaban o eran arrancados de la tierra.
Hasta que un día, apareció un ruiseñor que prometía derrocar al Olmo, castañas para todos, una igualdad que pondría fin a esa plaga...
Pero eso, ya es otra historia.
PD: Cualquier parecido con la realidad NO es mera coincidencia.
Era un lugar donde convivían los castaños y otra gente en paz y armonía, pero como todos, necesitaban un sistema de gobierno. El cual, casualmente, era muy parecido a una dictadura, pues, después de todo, el que era nombrado Olmo, siempre hacía lo que le daba la gana bajo el contexto de que lo hacía por el bien de los castaños.
Así pues, durante muchos años vivieron época de bonanza y las Ardillas gestionaban y prestaban el las castañas a los castaños, después de todo, su moneda se llamaba "castaña".
Así fueron muchos años, pero el Olmo de aquel momento, era un castaño que vivía en un mundo de arcoiris y felicidad y quiso negar la plaga que se venía encima. Así fue, que cuando llegó dicha plaga muchos castaños se encontraron que casi habían perdido todas sus castañas y algunas de sus ramas morían.
De tal modo fue, que los castaños decidieron castigar a dicho Olmo en unas elecciones y lo echaron de su puesto. Seguidamente, llegó otro Olmo quien prometía bonanza y recuperación. Pero para esa recuperación había que podar... podar y podar... Al punto que muchos castaños se quedaban sin ramas ni hojas y prácticamente morían. Incluso, eran arrancados de la tierra donde vivían por los agricultores, quienes supuestamente debían protegerles de todo.
Pero estos agricultores, eran la mano derecha del Olmo, quien hacía cumplir su ley y voluntad, pues... no os he dicho ya que era una dictadura? Sí, había elecciones, pero el Olmo, siempre terminaba siendo un dictador.
Algunos castaños querían retirarse de aquellas tierras y formar su propio territorio, aún sabiendo que muchos de sus castaños las pasaban mal, sus minidictadores, no dejaban de decir que estarían mejor fuera. Y así los fue convenciendo mientras les cortaba las ramas y arrancaba de raíz a los que estaban demasiado mal.
Muchos castaños se indignaban y se revoltaban, pero ante dicha actitud, el Olmo no tardaba en hacer llamamiento a los agricultores y dar algunos hachazos a los castaños rebeldes sin que estos pudieran defenderse. Pero en Castaña, todo era tan ideal, que la culpa no era del Olmo ni de los agricultores, sino, de los propios castaños que quisieron hacer oír su opinión.
Todo siguió así durante un tiempo, el Olmo siguió impartiendo su régimen mientras protegía a los castaños que estaban bajo su sombra y otros castaños más afortunados, les pasaban empalmes para que crecieran mejor y tuvieran más castañas. Mientras el resto de castaños agonizaban o eran arrancados de la tierra.
Hasta que un día, apareció un ruiseñor que prometía derrocar al Olmo, castañas para todos, una igualdad que pondría fin a esa plaga...
Pero eso, ya es otra historia.
PD: Cualquier parecido con la realidad NO es mera coincidencia.
lunes, 26 de mayo de 2014
Ella - El gato
Escrito por Frauenwelt
Atención lector: este relato contiene escenas para adultos.
Tal vez como cada día laboral, llegaba estresada, dejando caer la mochila en el sofá y luego dejándose caer ella con un suspiro más bien tierno.
-¿Otro día duro en trabajo? -pregunté, con la boca llena de cereales.
-No hables con la boca llena, que no te entiendo -me contestó desde el sofá.
Tragué después de masticar apresuradamente y volví a repetir la pregunta, mientras me inclinaba sobre el respaldo, vigilando a la leche.
-Hay gente que sencillamente le gusta tocarme los...
-Azucarillos... -me apresuré a decir.
-... porque se aburre en su casa y sienten la urgente necesidad de venir a mí, a desahogarse y todo lo demás.
Me metí otra cucharada de cereales en la boca mientras me contaba su día. Se parecía mucho al anterior, aunque no quise resaltarle la monotonía semanal.
-Además, estoy atrancada en un relato que no me nace... Tengo la moral... no sé ya por donde puede andar...
-Por el culo de las serpientes.
Rompió a reír mientras alzaba las manos como si estuvieran tocando el culo sensual de una serpiente con nalgas. Una auténtica mutación genética. Dejé los cereales ya solo con la leche en la mesa del comedor y me tiré con ella al sofá mientras le ronroneaba al oído.
Un gato atigrado pasó a nuestro lado con sus caminares sensuales, pasando del tema y como si nos quisiera decir "mira mi culo". Se llamaba Tigre, pero la mayoría del tiempo era "Gato del demonio" o "Dichoso-gato-quita-de-en-medio". Parecía que se dirigía hacia la cocina a comer algo así que nosotras aprovechamos que estábamos lejos de su inquisidora y fija mirada, que es capaz de taladrar el diamante cuando se fija en algo y nos escurrimos a la habitación, a relajarnos un poco.
Dejando la ropa por medio, me quedé boca arriba mientras que Nim adoptaba esa posición de tigresa que tanto me entusiasmaba. Crucé los brazos tras la cabeza y cerré los ojos mientras su lengua dejaba un curioso e invisible rastro sobre mi ombligo, ascendiendo y descendiendo, trazando el camino de una serpiente rectangular.
Entonces se detuvo en la mejor parte y eso me desconcertó. Se puso a mascullar... y es que el puto gato se le había subido a la espalda y se había acomodado.
-Tigre, baja de ahí -dije, intentando espantarlo con cosas como "shu-shu".
Pero al gato el importaba un comino lo que estuviéramos haciendo. Estaba cómodo y punto. Nim, arriesgándose a que la arañase, se incorporó de pronto, cayendo el gato como por tobogán; oímos un "puf" y el gato salió corriendo a esconderse debajo de la cama, como el loco maniático que era.
Intentamos seguir, esta vez con una renovada pasión, centrándonos en el placer que la una sentía por la otra. Noté una intensa mirada. El puto gato se había subido a la cómoda y nos estaba taladrando con una de sus miradas. Nim se interrumpió en cuanto yo dejé de gemir y luego fue ella la que me taladraba con la mirada. Intenté mirarlos a los dos a la vez y por poco acabo como un camaleón.
-Nos está mirando... -susurré, como si fuera una confidencia
El puto gato parpadeó con paciencia. ¿Tiene de eso nuestro querido y mimoso minino?
-Pues que mire.
-Es un pervertido -susurré, mientras Nim soltaba un profundo suspiro y le tiró una zapatilla al gato que la esquivó impasible y se bajó de la cómoda, más chulo que cinco pesetas.
Volvimos a lo nuestro, yo notando la lengua de Nim adentrarse en unas profundidades ya muy conocidas, ella disfrutando con el sabor y los espasmos...
¡Crash!
¡Lámpara va!
El puto gato había decidido vengarse. Tuvimos que dejarlo para recoger los trozos de cristal de la lámpara rota, mientras yo perseguía al gato por la casa, en pelotas, mientras la sensata de Nim negaba con la cabeza. Bien pensado no iba a negar con un pie... o puede que sí...
Los vecinos de en frente, como bien me hizo saber ella tirándome una camiseta, estaban disfrutando del espectáculo.
Puto gato...
Atención lector: este relato contiene escenas para adultos.
Tal vez como cada día laboral, llegaba estresada, dejando caer la mochila en el sofá y luego dejándose caer ella con un suspiro más bien tierno.
-¿Otro día duro en trabajo? -pregunté, con la boca llena de cereales.
-No hables con la boca llena, que no te entiendo -me contestó desde el sofá.
Tragué después de masticar apresuradamente y volví a repetir la pregunta, mientras me inclinaba sobre el respaldo, vigilando a la leche.
-Hay gente que sencillamente le gusta tocarme los...
-Azucarillos... -me apresuré a decir.
-... porque se aburre en su casa y sienten la urgente necesidad de venir a mí, a desahogarse y todo lo demás.
Me metí otra cucharada de cereales en la boca mientras me contaba su día. Se parecía mucho al anterior, aunque no quise resaltarle la monotonía semanal.
-Además, estoy atrancada en un relato que no me nace... Tengo la moral... no sé ya por donde puede andar...
-Por el culo de las serpientes.
Rompió a reír mientras alzaba las manos como si estuvieran tocando el culo sensual de una serpiente con nalgas. Una auténtica mutación genética. Dejé los cereales ya solo con la leche en la mesa del comedor y me tiré con ella al sofá mientras le ronroneaba al oído.
Un gato atigrado pasó a nuestro lado con sus caminares sensuales, pasando del tema y como si nos quisiera decir "mira mi culo". Se llamaba Tigre, pero la mayoría del tiempo era "Gato del demonio" o "Dichoso-gato-quita-de-en-medio". Parecía que se dirigía hacia la cocina a comer algo así que nosotras aprovechamos que estábamos lejos de su inquisidora y fija mirada, que es capaz de taladrar el diamante cuando se fija en algo y nos escurrimos a la habitación, a relajarnos un poco.
Dejando la ropa por medio, me quedé boca arriba mientras que Nim adoptaba esa posición de tigresa que tanto me entusiasmaba. Crucé los brazos tras la cabeza y cerré los ojos mientras su lengua dejaba un curioso e invisible rastro sobre mi ombligo, ascendiendo y descendiendo, trazando el camino de una serpiente rectangular.
Entonces se detuvo en la mejor parte y eso me desconcertó. Se puso a mascullar... y es que el puto gato se le había subido a la espalda y se había acomodado.
-Tigre, baja de ahí -dije, intentando espantarlo con cosas como "shu-shu".
Pero al gato el importaba un comino lo que estuviéramos haciendo. Estaba cómodo y punto. Nim, arriesgándose a que la arañase, se incorporó de pronto, cayendo el gato como por tobogán; oímos un "puf" y el gato salió corriendo a esconderse debajo de la cama, como el loco maniático que era.
Intentamos seguir, esta vez con una renovada pasión, centrándonos en el placer que la una sentía por la otra. Noté una intensa mirada. El puto gato se había subido a la cómoda y nos estaba taladrando con una de sus miradas. Nim se interrumpió en cuanto yo dejé de gemir y luego fue ella la que me taladraba con la mirada. Intenté mirarlos a los dos a la vez y por poco acabo como un camaleón.
-Nos está mirando... -susurré, como si fuera una confidencia
El puto gato parpadeó con paciencia. ¿Tiene de eso nuestro querido y mimoso minino?
-Pues que mire.
-Es un pervertido -susurré, mientras Nim soltaba un profundo suspiro y le tiró una zapatilla al gato que la esquivó impasible y se bajó de la cómoda, más chulo que cinco pesetas.
Volvimos a lo nuestro, yo notando la lengua de Nim adentrarse en unas profundidades ya muy conocidas, ella disfrutando con el sabor y los espasmos...
¡Crash!
¡Lámpara va!
El puto gato había decidido vengarse. Tuvimos que dejarlo para recoger los trozos de cristal de la lámpara rota, mientras yo perseguía al gato por la casa, en pelotas, mientras la sensata de Nim negaba con la cabeza. Bien pensado no iba a negar con un pie... o puede que sí...
Los vecinos de en frente, como bien me hizo saber ella tirándome una camiseta, estaban disfrutando del espectáculo.
Puto gato...
lunes, 19 de mayo de 2014
Jana, la egocéntrica
Érase una vez...
una Emperatriz que se llamaba Jana. Tenía a su pueblo aprisionado bajo su yugo que consideraba bello y hermoso. Todos los artistas y retratistas tenían que poner su faz en todas las partes de su querido reino. Allá donde uno mirase, la Emperatriz Jana le devolvía la mirada.
Los esclavos... los súbditos de esta Emperatriz estaban obligados por ley a admirar constantemente la belleza de Jana, ya que contaba con tantos espías que eran incontables; le informaban de cada palabra que no fuese llena de admiración. Y aquel que incumplía, moría.
A Jana le gustaba mirarse en el espejo. Le gustaba que le retratasen. Le gustaba que la admirasen... Se consideraba tan bella, tan hermosa, tan espléndida... que un día, cuando le cayó unas gotas de aceite hirviendo en la cara, no se soportaba.
Y el fuego hizo el resto...
una Emperatriz que se llamaba Jana. Tenía a su pueblo aprisionado bajo su yugo que consideraba bello y hermoso. Todos los artistas y retratistas tenían que poner su faz en todas las partes de su querido reino. Allá donde uno mirase, la Emperatriz Jana le devolvía la mirada.
Los esclavos... los súbditos de esta Emperatriz estaban obligados por ley a admirar constantemente la belleza de Jana, ya que contaba con tantos espías que eran incontables; le informaban de cada palabra que no fuese llena de admiración. Y aquel que incumplía, moría.
A Jana le gustaba mirarse en el espejo. Le gustaba que le retratasen. Le gustaba que la admirasen... Se consideraba tan bella, tan hermosa, tan espléndida... que un día, cuando le cayó unas gotas de aceite hirviendo en la cara, no se soportaba.
Y el fuego hizo el resto...
lunes, 12 de mayo de 2014
Las escaleras rotas
Las escaleras no conducían a ninguna parte. Nunca terminaban. Lo sabía pero, por algún motivo que él desconocía, continuaba bajando y bajando y bajando y bajando y bajando y...
lunes, 5 de mayo de 2014
Idilio de perras - Segunda parte
Este es un relato para mayores de edad.
Cayó con las manos por delante cuando la Ama abrió el armario de repente. Marina, que salía jadeando, alzó la mirada. Yolanda le sonreía mientras negaba con la cabeza. La obligó a ponerse en pie mientras que con un cinturón de cuero pasaba veloz por unas intimidades tan mojadas que pareciese que se había dado una ducha más que esperado con el aliento escondido en la boca a que la madre de Yolanda se fuese. Marina se quedó quieta mientras su Ama daba una vuelta a su alrededor y la mirada como si estuviera calculando el valor de su piel.
-Perra mala -musitó, no sin un deje de placer mal escondido.
Enarboló el cinturón con el que empezó un azote, con un sonido que reboto en las cuatro paredes de Yolanda, testigos mudos de un amor ferviente y curioso. El primero dolió, dejándole la carne roja de la nalga como si se la hubiera teñido con tinte de rosa. El segundo fue dado desde la rabia del placer que le suponía a Yolanda contemplar los tiembles de Marina, que no podía encogerse, que osaba aguantar su mirada con cada latigazo en aquellas posaderas tan firmes y hermosas, mantenidas mediante el ejercicio y la natación. El tercero lo dio más arriba, haciendo retroceder sin permiso alguno a Marina; Yolanda, ante esta muestra de voluntad no concedida, la cogió de la muñeca y la puso a cuatro patas sobre el frío suelo. Una de sus botas se puso sobre su espalda y una sonrisa afloró sobre sus labios, sintiéndose poderosa y dueña del cuerpo y, tal vez, alma de aquella perrita desobediente.
-¿Qué pasó? ¿Que al salir del armario has olvidad quién eres? -chasqueó la lengua varias veces-. Tendré que reeducarte, entonces, ¿verdad? Porque cuando la perrita se porta mal...
Pasó con una lentitud exasperante el cinturón de cuero mojado y caliente por las intimidades oscuras de Marina. Utilizando el cinturón que ella misma llevaba, amordazó de una forma práctica a Marina, que la miró sorprendida ante la nueva táctica que había decidido adoptar. Aquello había dejado de ser un "aquí te pillo, aquí te mato".
Se arrodilló a su lado, se lamió los dedos y, utilizando cruelmente el índice, repasó el contorno de la figura carnosa de aquella concha de mar viviente y sonrosada. Metía el dedo hasta la uña y lo sacaba, tanteando el terreno humedecido de un monte de Venus excitado con el pulgar, mordiéndose Marina los labios por no gemir.
-Te has corrido sin mi permiso. ¿Tanto placer te daban unas simples velas? -preguntó, dándole una nalgada bastante sonora.
Tomando el objeto mencionado, lo lubricó con los fluidos sobrantes que se escurrían sin importarles la situación o los temblores de Marina, girando el frío objeto a pesar de haber estado encerrado en una cavidad oscura y ardiente.
-Contéstame, que te he hecho una pregunta -replicó, mordaz, Yolanda, preparando la vela más gruesa.
Marina intentó vocalizar algo con la mordaza mojada y babeante en la boca, pero todo lo que se oyó no fueron más que sonidos ininteligibles. La Ama sonrió, complacida ante el intento fútil por dar respuesta a una pregunta que ella misma sabía. La vela ligeramente humedecida se empezó a abrir camino por unos pliegues oscuros, secos y sin explorar aún.
La primera reacción de Marina hizo que Yolanda tuviera que contener una sonora carcajada que amenazaba con escaparse de su garganta, pues se había puesto bastante tensa para después inclinarse hacia delante, con un grito de dolor. Cogiéndola del collar, tiró de ella hacia atrás, mascullando que el movimiento había sido en un sentido incorrecto. La vela se abrió paso de una forma brusca, en parte por lo virginal del lugar, en parte por lo poco lubricada que se encontraba la vela. Marina siguió gritando ahogadamente, mordiendo el cinturón, notando el sabor de la tela como si fuera un fluido propio.
Yolanda la sentó en el suelo, desapareciendo prácticamente el objeto, alarmando a Marina. La Ama la empujó hacia atrás con el pie, casi con desprecio y, mientras la alarma de la perra crecía por creer inocentemente que era un objeto ya no recuperable, intentando incorporarse, deseando sacárselo antes de que ahondara más y tuviera que ir a urgencias, roja de vergüenza y sin una explicación viable ante el suceso, Yolanda aprisionó sus brazos bajo las rodillas, chasqueando a modo reprobatorio la lengua. Lamió su cuello con codicia mientras Marina intentaba decirle que ya no estaba para juegos... pero Yolanda no quería escuchar, porque tenía la llave al pequeño y miserable problema de su perra.... pero eso era parte de la diversión: mantenerla en aquel estado de tensión permanente, mientras creía fervientemente que ese objeto extraño, la vela, no podría sacarla si no unas manos expertas y de guante blanco, aprovechando la ocasión para violarla mientras se revolvía bajo su pecho.
Le dio un tirón de aviso con los dientes en una de sus orejas. El comportamiento, lejos de disgustarla, la estaba excitando a una velocidad alarmante. Trazó un camino de caracol con la lengua a lo largo del pecho, pasando por ambas rotondas, deteniéndose en un semáforo invisible en el ombligo, donde la lengua se perdió unos instantes por aquella cicatriz de nacimiento antes de continuar su descenso, sosteniendo con fuertes manos los brazos de Marina, que se revolvía cual pez fuera del agua. Llegó a tal punto su desesperación que Yolanda tuvo que atarle los brazos a la espalda, a falta de un cinturón, con una de sus camisetas.
Volviendo a la tarea anterior, terminó por hundir la lengua en una oquedad inquieta, mojada y palpitante, como si fuera una daga en un corazón aún vivo. Con sus labios hizo ventosa, arrancándole un poderoso grito ahogado a la pobre muchacha, cuyos brazos empezaban a dolerle. Lamió la Ama como si fuera un cachorro la fuente de aquel pequeño manantial, poniendo especial interés en el monte de Venus, excitado e hinchado.
Ayudándose finalmente de los dedos, empezando por uno y terminado por cuatro pequeños tentáculos inquietos y una lengua que se encargaba de ese botón especial, Marina se terminó corriendo, arqueando la espalda de tal forma que parecía que en cualquier momento se le fuera a partir en dos. La Ama recogió satisfecha los frutos de sus esfuerzos constantes y continuos y, sin llegar a tragárselos en ningún momento, acercó su cara a la enrojecida de Marina y, desplazando hacia abajo la mordaza que impedía que las palabras salieran de la boca de su perrita, se dispuso a besarla.
-¡Ya no tiene gracia, Yolanda! ¡Suélta...!
La aludida la besó, abriendo su boca y la de Marina dejando que los fluidos propios de esta última se escurrieran por su mandíbula y emprendieran el camino abajo hacia su garganta, provocándole una ligera tos. Yolanda la volvió a amordazar, con una sonrisa muy lobuna.
-Te daría de comer pero estás muy revoltosa, perrita mía. Veamos que se puede hacer ante tu creciente excitación...
Se acercó unos instantes a su cama, levantó el colchón, revelando su última adquisición. Lubricante frío y un consolador azulado, de gran grosor y tamaño. Marina volvió a revolverse, aumentando el calor de Yolanda, que, ante su desesperación, alimentaba sus ansias de poder sobre aquel cuerpo atad. Podría hacerle tantas cosas si sus padres no volvieran en más de un día... podría torturarla y darle placer de tantas maneras... pero la perrita estaba tan revoltosa... Suspiró para sus adentros y se arrodilló frente a los pies de Marina, que ya se había cerrado, desafiante y ligeramente enfadada, estando más asustada que enervada.
Empezando un ligero lenguetazo, una confesión a aquella cavidad antes de desparramar el contenido del bote sobre él, no porque estuvieran las intimidades secas cual desierto, si no por el efecto que producía en la piel, de un frío intenso, más allá de un producto que se ha dejado toda la noche a la luz de las estrellas.
Marina se revolvió ante la fresca y heladora sensación que fue acompañada por una ligera presión en su oquedad humedecida. La Ama sacó la lengua, mientras daba pequeños empujoncitos con el consolador a la cueva viviente, contemplando casi fascinada como los propios músculos de tan preciada zona lo terminaban expulsando. Con cuidado y algo de mimo, fue empujando el consolador, oscuridad adentro, haciendo gritar por enésima vez a Marina, ya que el lubricante se había colado en el interior y era algo nuevo y diferente... y no sabía si le gustaba la sensación que le causaba.
Yolanda, utilizando una mano para mover un inquieto consolador en su interior, usó la otra mano para apoyarse en el suelo y, con los dientes, le quitó la mordaza a Marina, para besarla, casi ahogándola con su hálito, con sus labios, declarando la invasión con la lengua, contando los dientes que había dentro de esa boca tan dulce. Al mismo tiempo, sin tener muy claro la perra como lo hizo (y sin revelar Yolanda el secreto), tironeaba también de la vela escondida en unas profundidades sin explorar, como las de los océanos; Marina empujaba con los pies al suelo, arqueando la espalda mientras su Ama se llenaba la boca con sus dulces y sensibles pechos, cuyos pezones se ponían cual picos de montañas heladas. Alternando turnos de entrada y salida entre ambos objetos, sin permiso ni consideración ninguna, Marina empezó a llegar al límite del orgasmo.
A modo de especie de castigo, Yolanda se hizo la promesa de dejarla fatigada a base de fuertes sensaciones como era aquel orgasmo. Maniobrando con más libertad al invadir su boca los otros labios que se suelen pintar de carmín, devoraba el monte de Venus con una avidez insoportable, llenando cada hueco con su presencia.
Ambas perdieron la cuenta de cuantos llegó a tener Marina en los siguientes veinte minutos, pero cuando la perra despertó, estaba en la cama, arropada pero con una ligera incomodidad. Al levantarse, notó como si fuera un tampón, un objeto de gran tamaño que... empezó a vibrar ligeramente, como un gato que se siente a gusto que ronronea.
Yolanda le sonrió sentada en la silla del escritorio.
-Lo llevarás mañana a clase, a modo de castigo por tus impertinencias de hoy.
Marina enrojeció, la Ama se le acercó y brindó a sus secos labios un poco de su saliva, buscando consuelo entre sus manos, buscando una forma de satisfacerse sin llegar a darle a ella nada, sintiéndose castigada más que premiada, pues cierto era que Marina había disfrutado muchísimo más que Yolanda... quería su parte, quería que Marina se vengara, que le hiciera algo que ni a ella misma se le ocurría pensar... pero sabía que, por su naturaleza, ese suceso nunca se llegaría a dar.
¿O tal vez sí?
Cayó con las manos por delante cuando la Ama abrió el armario de repente. Marina, que salía jadeando, alzó la mirada. Yolanda le sonreía mientras negaba con la cabeza. La obligó a ponerse en pie mientras que con un cinturón de cuero pasaba veloz por unas intimidades tan mojadas que pareciese que se había dado una ducha más que esperado con el aliento escondido en la boca a que la madre de Yolanda se fuese. Marina se quedó quieta mientras su Ama daba una vuelta a su alrededor y la mirada como si estuviera calculando el valor de su piel.
-Perra mala -musitó, no sin un deje de placer mal escondido.
Enarboló el cinturón con el que empezó un azote, con un sonido que reboto en las cuatro paredes de Yolanda, testigos mudos de un amor ferviente y curioso. El primero dolió, dejándole la carne roja de la nalga como si se la hubiera teñido con tinte de rosa. El segundo fue dado desde la rabia del placer que le suponía a Yolanda contemplar los tiembles de Marina, que no podía encogerse, que osaba aguantar su mirada con cada latigazo en aquellas posaderas tan firmes y hermosas, mantenidas mediante el ejercicio y la natación. El tercero lo dio más arriba, haciendo retroceder sin permiso alguno a Marina; Yolanda, ante esta muestra de voluntad no concedida, la cogió de la muñeca y la puso a cuatro patas sobre el frío suelo. Una de sus botas se puso sobre su espalda y una sonrisa afloró sobre sus labios, sintiéndose poderosa y dueña del cuerpo y, tal vez, alma de aquella perrita desobediente.
-¿Qué pasó? ¿Que al salir del armario has olvidad quién eres? -chasqueó la lengua varias veces-. Tendré que reeducarte, entonces, ¿verdad? Porque cuando la perrita se porta mal...
Pasó con una lentitud exasperante el cinturón de cuero mojado y caliente por las intimidades oscuras de Marina. Utilizando el cinturón que ella misma llevaba, amordazó de una forma práctica a Marina, que la miró sorprendida ante la nueva táctica que había decidido adoptar. Aquello había dejado de ser un "aquí te pillo, aquí te mato".
Se arrodilló a su lado, se lamió los dedos y, utilizando cruelmente el índice, repasó el contorno de la figura carnosa de aquella concha de mar viviente y sonrosada. Metía el dedo hasta la uña y lo sacaba, tanteando el terreno humedecido de un monte de Venus excitado con el pulgar, mordiéndose Marina los labios por no gemir.
-Te has corrido sin mi permiso. ¿Tanto placer te daban unas simples velas? -preguntó, dándole una nalgada bastante sonora.
Tomando el objeto mencionado, lo lubricó con los fluidos sobrantes que se escurrían sin importarles la situación o los temblores de Marina, girando el frío objeto a pesar de haber estado encerrado en una cavidad oscura y ardiente.
-Contéstame, que te he hecho una pregunta -replicó, mordaz, Yolanda, preparando la vela más gruesa.
Marina intentó vocalizar algo con la mordaza mojada y babeante en la boca, pero todo lo que se oyó no fueron más que sonidos ininteligibles. La Ama sonrió, complacida ante el intento fútil por dar respuesta a una pregunta que ella misma sabía. La vela ligeramente humedecida se empezó a abrir camino por unos pliegues oscuros, secos y sin explorar aún.
La primera reacción de Marina hizo que Yolanda tuviera que contener una sonora carcajada que amenazaba con escaparse de su garganta, pues se había puesto bastante tensa para después inclinarse hacia delante, con un grito de dolor. Cogiéndola del collar, tiró de ella hacia atrás, mascullando que el movimiento había sido en un sentido incorrecto. La vela se abrió paso de una forma brusca, en parte por lo virginal del lugar, en parte por lo poco lubricada que se encontraba la vela. Marina siguió gritando ahogadamente, mordiendo el cinturón, notando el sabor de la tela como si fuera un fluido propio.
Yolanda la sentó en el suelo, desapareciendo prácticamente el objeto, alarmando a Marina. La Ama la empujó hacia atrás con el pie, casi con desprecio y, mientras la alarma de la perra crecía por creer inocentemente que era un objeto ya no recuperable, intentando incorporarse, deseando sacárselo antes de que ahondara más y tuviera que ir a urgencias, roja de vergüenza y sin una explicación viable ante el suceso, Yolanda aprisionó sus brazos bajo las rodillas, chasqueando a modo reprobatorio la lengua. Lamió su cuello con codicia mientras Marina intentaba decirle que ya no estaba para juegos... pero Yolanda no quería escuchar, porque tenía la llave al pequeño y miserable problema de su perra.... pero eso era parte de la diversión: mantenerla en aquel estado de tensión permanente, mientras creía fervientemente que ese objeto extraño, la vela, no podría sacarla si no unas manos expertas y de guante blanco, aprovechando la ocasión para violarla mientras se revolvía bajo su pecho.
Le dio un tirón de aviso con los dientes en una de sus orejas. El comportamiento, lejos de disgustarla, la estaba excitando a una velocidad alarmante. Trazó un camino de caracol con la lengua a lo largo del pecho, pasando por ambas rotondas, deteniéndose en un semáforo invisible en el ombligo, donde la lengua se perdió unos instantes por aquella cicatriz de nacimiento antes de continuar su descenso, sosteniendo con fuertes manos los brazos de Marina, que se revolvía cual pez fuera del agua. Llegó a tal punto su desesperación que Yolanda tuvo que atarle los brazos a la espalda, a falta de un cinturón, con una de sus camisetas.
Volviendo a la tarea anterior, terminó por hundir la lengua en una oquedad inquieta, mojada y palpitante, como si fuera una daga en un corazón aún vivo. Con sus labios hizo ventosa, arrancándole un poderoso grito ahogado a la pobre muchacha, cuyos brazos empezaban a dolerle. Lamió la Ama como si fuera un cachorro la fuente de aquel pequeño manantial, poniendo especial interés en el monte de Venus, excitado e hinchado.
Ayudándose finalmente de los dedos, empezando por uno y terminado por cuatro pequeños tentáculos inquietos y una lengua que se encargaba de ese botón especial, Marina se terminó corriendo, arqueando la espalda de tal forma que parecía que en cualquier momento se le fuera a partir en dos. La Ama recogió satisfecha los frutos de sus esfuerzos constantes y continuos y, sin llegar a tragárselos en ningún momento, acercó su cara a la enrojecida de Marina y, desplazando hacia abajo la mordaza que impedía que las palabras salieran de la boca de su perrita, se dispuso a besarla.
-¡Ya no tiene gracia, Yolanda! ¡Suélta...!
La aludida la besó, abriendo su boca y la de Marina dejando que los fluidos propios de esta última se escurrieran por su mandíbula y emprendieran el camino abajo hacia su garganta, provocándole una ligera tos. Yolanda la volvió a amordazar, con una sonrisa muy lobuna.
-Te daría de comer pero estás muy revoltosa, perrita mía. Veamos que se puede hacer ante tu creciente excitación...
Se acercó unos instantes a su cama, levantó el colchón, revelando su última adquisición. Lubricante frío y un consolador azulado, de gran grosor y tamaño. Marina volvió a revolverse, aumentando el calor de Yolanda, que, ante su desesperación, alimentaba sus ansias de poder sobre aquel cuerpo atad. Podría hacerle tantas cosas si sus padres no volvieran en más de un día... podría torturarla y darle placer de tantas maneras... pero la perrita estaba tan revoltosa... Suspiró para sus adentros y se arrodilló frente a los pies de Marina, que ya se había cerrado, desafiante y ligeramente enfadada, estando más asustada que enervada.
Empezando un ligero lenguetazo, una confesión a aquella cavidad antes de desparramar el contenido del bote sobre él, no porque estuvieran las intimidades secas cual desierto, si no por el efecto que producía en la piel, de un frío intenso, más allá de un producto que se ha dejado toda la noche a la luz de las estrellas.
Marina se revolvió ante la fresca y heladora sensación que fue acompañada por una ligera presión en su oquedad humedecida. La Ama sacó la lengua, mientras daba pequeños empujoncitos con el consolador a la cueva viviente, contemplando casi fascinada como los propios músculos de tan preciada zona lo terminaban expulsando. Con cuidado y algo de mimo, fue empujando el consolador, oscuridad adentro, haciendo gritar por enésima vez a Marina, ya que el lubricante se había colado en el interior y era algo nuevo y diferente... y no sabía si le gustaba la sensación que le causaba.
Yolanda, utilizando una mano para mover un inquieto consolador en su interior, usó la otra mano para apoyarse en el suelo y, con los dientes, le quitó la mordaza a Marina, para besarla, casi ahogándola con su hálito, con sus labios, declarando la invasión con la lengua, contando los dientes que había dentro de esa boca tan dulce. Al mismo tiempo, sin tener muy claro la perra como lo hizo (y sin revelar Yolanda el secreto), tironeaba también de la vela escondida en unas profundidades sin explorar, como las de los océanos; Marina empujaba con los pies al suelo, arqueando la espalda mientras su Ama se llenaba la boca con sus dulces y sensibles pechos, cuyos pezones se ponían cual picos de montañas heladas. Alternando turnos de entrada y salida entre ambos objetos, sin permiso ni consideración ninguna, Marina empezó a llegar al límite del orgasmo.
A modo de especie de castigo, Yolanda se hizo la promesa de dejarla fatigada a base de fuertes sensaciones como era aquel orgasmo. Maniobrando con más libertad al invadir su boca los otros labios que se suelen pintar de carmín, devoraba el monte de Venus con una avidez insoportable, llenando cada hueco con su presencia.
Ambas perdieron la cuenta de cuantos llegó a tener Marina en los siguientes veinte minutos, pero cuando la perra despertó, estaba en la cama, arropada pero con una ligera incomodidad. Al levantarse, notó como si fuera un tampón, un objeto de gran tamaño que... empezó a vibrar ligeramente, como un gato que se siente a gusto que ronronea.
Yolanda le sonrió sentada en la silla del escritorio.
-Lo llevarás mañana a clase, a modo de castigo por tus impertinencias de hoy.
Marina enrojeció, la Ama se le acercó y brindó a sus secos labios un poco de su saliva, buscando consuelo entre sus manos, buscando una forma de satisfacerse sin llegar a darle a ella nada, sintiéndose castigada más que premiada, pues cierto era que Marina había disfrutado muchísimo más que Yolanda... quería su parte, quería que Marina se vengara, que le hiciera algo que ni a ella misma se le ocurría pensar... pero sabía que, por su naturaleza, ese suceso nunca se llegaría a dar.
¿O tal vez sí?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





