miércoles, 27 de junio de 2012

El juego del tren

Todos los días, exceptuando los fines de semana, cogía el tren para ir y volver de su casa al instituto y viceversa. Era un día como otro cualquiera, al regresar de camino a casa, el vagón en el que iba parecía una lata de sardinas. No cabía ni un alfiler. Y todos los días que tomaba el tren de regreso a casa, esperaba verla a ella. Esa chica que iba a en el mismo tren pero distinta parada y de la que se había enamorado.

Aquel día en especial, no muy distinto de los demás, le resultó extraño no verla. No hacía más que buscarla con la mirada entre el montón de gente que iba en ese vagón. ¿Tal vez estaba en otro? ¿O se la tapaba la gente? El tren pegó una frenada casi inesperada y Yamato, quedó chafado contra la pared por un tipo joven y gordito al que no conocía pero que empezaba a odiar porque siempre era lo mismo. Para mejorar la situación, el tipejo se soltó de la barra a la que estaba sujeto y terminó de hacer de Yamato un mosaico en la pared del vagón.
-Cielos, qué resbalón -se rió tontamente el tipo, como intentando disculparse.
Este idiota siempre me aplasta, pensó Yamato, escurriéndose hacia la puerta del vagón para salir de aquella lata de sardinas... Y allí estaba ella, la chica de sus sueños, mirándole entrar. No puede ser, se dijo, sorprendido a más no poder. Casi creía que no la iba a ver aquel día y allí estaba, de brazos cruzados observándole.
Se puso tenso y recto, y tartamudeó un "buenos días" más bien torpe. Estaba atontado y no sabía qué decirle pero sabía que no podía dejar pasar aquella oportunidad para hablar con ella. Notaba que estaba rojo hasta las orejas, azorado como un tomate. El aviso de la llegada a una de las estaciones del trayecto del tren, le serenó un poco pero no lo suficiente como para dejar de sentirse torpe.


El tren se detuvo al llegar a la estación y la gran mayoría de los pasajeros de aquella lata de sardinas se bajaron allí, dejando el vagón con los mismos pasajeros de siempre a partir de aquel trayecto.
-Al fin se despejó un poco -dijo él, por decir algo, cuando el tren hubo reemprendido su marcha.
-Así es.
El muchacho se quedó mirando por la pequeña ventana de la puerta y vio a un tipo más bien delgado, al lado de una mujer joven, vestida con una falda roja, chaqueta crema, camisa debajo con un lazo en el cuello.  Yamato frunció el ceño y dijo:
-Ah, este tipo.
La chica miró hacia donde el joven observaba.
-Siempre se queda junto a una mujer. Tiene aura de pervertido.
La mujer al lado del sospechoso hombre se fue en dirección la puerta y el extraño hombre se deslizó lentamente hacia el trozo de barra donde la mano de la chica había estado sujeta. La chica que a Yamato le gustaba se rió con dulzura. Se ha reído, pensó con una sonrisa el muchacho.
-Eres muy observador, ¿no?
-En realidad no -contestó Yamato tras una pequeña tos de nerviosismo.
-No hablo de eso -repuso la mujer, para luego mirarle a los ojos-. Me refería a mí.
Yamato se quedó sin respiración. ¿Puede que, después de todo, ella supiera que la observaba y que se intentaba subir en el mismo vagón que ella para verla desde la distancia hasta que se bajaba y se reñía por no haber tenido valor para ir a hablar con ella?
-¿Qué personas suben en la siguiente estación? -preguntó la chica, cambiando radicalmente de tema.
Yamato hizo memoria y dijo:
-Uno que parece una patata y otro que es un charlatán.
-¿Quieres adivinar quién subirá primero?
-¿Cómo? -se sorprendió él-. Está bien.
-Yo creo que primero subirá el charlatán.
-Entonces, yo digo que será el de cara de patata -dijo el muchacho mientras el tren se iba parando paulatinamente.
La puerta del vagón quedó ante los dos hombres, listos para subir.
-Aquí vienen -dijo Yamato, nervioso.
La puerta se abre y parece que va a subir primero el charlatán, pero los gritos de unas colegialas porque un tren les levanta la falda mostrando sus coloridas braguitas le distrae, quedando atontado por esa visión unos instantes preciosos en los que el señor de cara de patata cruza primero la linea blanca y entra en el vagón, desinteresado completamente por aquel incidente.
-¡Sí! -exclamó Yamato-. Creo que gané -le dijo a la chica, mirándola con una sonrisa.
Ella se puso frente a él, cortándole la respiración momentáneamente al muchacho. Su mano se fue directamente a la entrepierna del cohibido Yamato, sin creerse lo que estaba pasando.
-¿Q-q-q-q-qué...?
-Es tu recompensa por ganar.
Le bajó la cremallera y continuó sus pervertidas caricias sobre los calzoncillos, notando como poco a poco se le iba poniendo un poco más dura cada vez. Sacándolo de su lugar con habilidad, fue a meterlo en la manga de su chaqueta, con una sonrisa en los labios, sin dejar de acariciar el miembro de un incrédulo Yamato.
-Te gusta el tacto de mi chaqueta, ¿no?
Mientras que con una mano sujetaba su sexo, la otra fuera de la manga acariciaba la punta con la mano, para luego acabar descubriéndola.
-Que carnosa es.
Tras haber estado tonteando un rato con su sexo, empezó a acariciársela con una mano, masturbando a Yamato, que ya solo se dejaba llevar. Empezaba lentamente, luego daba un pequeño acelerón y luego volvía a su ritmo inicial. Pasó de usar una mano a dos, para manejarse mejor y dar más placer al muchacho, que no sabía cuanto tiempo iba a poder aguantar sin correrse. La chica, como presintiendo que se estaba conteniendo, le susurró:
-Tu córrete. No hay problema.
Le lamió la oreja con tanta lascivia que Yamato no aguantó más y el orgasmo que tanto tiempo llevaba aguantando salió al fin, haciendo gemir al muchacho que no pensaba en otra cosa que en lo placentero que era aquello. Su semen blanco y pegajoso fue a parar a la pared de aquel pequeño cuarto. La chica se rió levemente, satisfecha de su trabajo.
-A los de limpieza no les gustará eso -comentó.
Empezó a lamerse los manchados dedos para luego decir:
-Juguemos a otra cosa. Si ganas, podrás usar esto -dijo mientras se subía un tanto la falda marrón que llevaba, mostrando una ropa interior rosa y clara, haciendo referencia a su sexo-. Dejaré que me folles hasta que le corras -esclareció.
Yamato no sabía muy bien como tomarse aquello y no tuvo tiempo de preguntar qué pasaría si perdía.
-Mira -dijo ella.
El muchacho obedeció. Una mujer joven estaba a punto de levantarse para bajarse en la siguiente parada. Frente a ella estaba el hombre charlatán y el tipo con cara de patata.
-¿Quién de esos dos ocupará su lugar cuando se baje? -preguntó la muchacha.
Yamato se quedó pensando unos instantes.
-¿Y bien?
-Q-Quizás el charlatán -tartamudeó él.
No pudo evitar fijarse en la ropa interior que asomaba tímidamente por debajo de la falda de ella. Retiró la mirada con velocidad antes de que se diera cuenta de su acto. El tren empezó a frenar al llegar a la estación. La chica se levantó nada más abrirse la puerta. El hombre con cara de patata se bajó tras ella. El charlatán ocupó el asiento vació con una sonrisa triunfadora. Al fin se sentaba.
-¡Lo conseguí! -dijo Yamato.
La chica se quedó poco más que sorprendida con la suerte del muchacho. Soltó un hondo suspiro y dijo:
-Hoy es tu día, ¿verdad?
El tren volvió a ponerse en marcha. La chica procedió a bajarse con lentitud la ropa interior rosada. Yamato enrojeció aún más si eso era posible. Ella se dio cuenta de ese pequeño detalle y dijo:
-Parece como si nunca hubieras visto a una chica.
-No, yo... -tartamudeó Yamato.
La chica pasó dos dedos por la pared manchada del semen del muchacho, para luego usarlo para lubricar su sexo y facilitar el que él se la follara. Pronto la verga de Yamato se puso nuevamente dura y erecta, excitado como estaba al verla lubricarse casi como si se masturbara.
-Vamos, no perdamos tiempo -le dijo mientras alzaba una pierna, apoyándose contra la pared y con una mano se abría el sexo humedecido.
Yamato le cogió la corva* y procedió a penetrarla con lentitud, no queriendo correr y hacerle daño aun estando lubricada. El muchacho gimió.
-No me he movido pero es que estás muy apretada -masculló.
-Te sentirás aún mejor cuando te muevas -dijo la mujer sin perder la sonrisa.
Yamato logró meterla entera para luego proceder a un lento movimiento, jadeando y disfrutando del momento, pero sin oír gemir a la chica.
-Apenas hace poco has eyaculado pero ya la tienes dura -gimió la muchacha, habiendo incrementado Yamato la velocidad conforme aumentaba su excitación con aquel juego.
-Es porque me gusta, me encanta -jadeó el muchacho.
Para ayudarse a calentarse más de lo que podía, pensó en ella desnuda, con aquellos pechos erectos, una sonrisa en los labios, esperándole a él, con la respiración acelerada y diciendo cosas como "sí, no te detengas. Siempre he querido que me hagas tuya. ¡Por favor, más fuerte, más!", lamiéndose el pecho, provocándole, gimiendo incansablemente.
-Cielos... Voy a... -gimió el muchacho, acelerando aún más, en esa zona en la que estaba a punto de notar el fortísimo orgasmo que venía.
-Sí, córrete donde quieras -le dijo la chica.
Una décima antes de que el orgasmo acabara con él, sacó veloz la verga del sexo empapado y eyaculó fuera, evitando que se quedara embarazada. El semen fue a pasar a la pared opuesta en la que ya había una mancha de la masturbación anterior, siendo aquella vez más abundante. La chica empezó a reír mientras Yamato jadeaba, apoyado su rostro en su hombro, intentando recuperar la respiración. Por algún motivo, aquello le parecía gracioso.
-Eres como un semental -susurró.
El revisor avisó de que estaban llegando a otra estación, en donde Yamato se tenía que bajar, pues esa era su parada, en dirección a casa.
-Oh... Aquí me bajo.
-Ni lo pienses -le detuvo la mujer, sin la ropa interior y mojada en ambos muslos-. Un último juego.
Yamato la miró con atención y esperó.
-Si gritara ahora, ¿de qué vagón vendrían las primeras personas?
El muchacho se quedó boquiabierto y paralizado. ¿Lo decía en serio? La chica gritó con todas sus fuerzas, la gente pronto se alarmó y buscaron el foco del grito. Yamato no podía pensar. ¿De qué vagón? ¡¿De cuál?!
-¿De cuál? -le preguntó ella, como si se estuviera riendo del joven-. ¡Si lo adivinas, haré como si no pasara nada!
-Parece que vino de allí -se oían las voces de los pasajeros.
Yamato se quedó paralizado, no podía pensar. Estaba paralizado del miedo y no podía ni responder. El tren se detuvo nada más llegar a la siguiente estación...



La chica estaba casi sola en el andén, esperando al próximo tren. Dos jóvenes se dirigían a las escaleras, conversando cuando una le dice a la otra:
-¿Te has enterado? Arrestaron a un pervertido en el tren.
-No te creo. ¿En serio?
-Oí que era muy joven.
-¿Segura?
Se alejaron y la chica no pudo oír más de aquella conversación. No dejaba de sonreír, mientras se colocaba un mechón de oscuro cabello tras la oreja. Soy muy observadora, ¿lo sabías?, pensó la muchacha.


viernes, 22 de junio de 2012

Éxtasis

Ya era de noche cuando finalmente me decidía a salir de mi casa para dirigirme a una discoteca.

Después de todo, no deja de ser el lugar perfecto para conocer cualquier desconocida y pasar la noche perfecta y pasar al día siguiente como si nunca os hubierais visto.

Lógicamente me había arreglado para la ocasión. Unos pantalones vaqueros, zapatos, una camisa negra con un botón superior desabrochado y un peinado ligeramente desarreglado e informal.

Me sentía con seguridad, tenía claro lo que quería y lo que debía hacer... Y era tan simple como encontrar la persona indicada, camelarla y finalmente, convencerla de llevarla en un lugar solitario o a su misma casa.

El ambiente de la discoteca RedHell invitaba al desenfreno y a dejarse llevar por la música, una música electrónica que casi era hipnótica para los oídos, marcando un ritmo constante, juntandose con la coreografía de los lasers y las luces que se encendían y apagaban al ritmo de la música.

Sin demasiado interés me acerqué a la barra a pedir un gin tonic.

Me quedé mirando a la gente como bailaba, se metía mano, frotaban sus cuerpos calientes y sudorosos los unos contra los otros. Pero todo eso me aburría, en realidad no dejaba de ser un mero formalismo para llevar a alguien a la cama y disfrutar de una noche de sexo desenfrenada, o no... Todo dependía del alcohol que se llevase en sangre.

Me giré un momento sobre la barra resignado, inclinándome sobre mi vaso, observando como el hielo se fundía lentamente con la bebida. Me mantuve ajeno a todo por unos segundos hasta que una voz femenina me saludó.

Para mis adentros sonreía, pues ya tenía al fin alguien con quien, seguramente, podría pasar la noche y poder disfrutar de la sensación de ser un dios.

Sin girarme le respondí, manteniendo la mirada fija sobre mi vaso, fingiendo cierto desinterés por su presencia.

El efecto fue en cierto modo el esperado, pues la chica se acercó un poco más a mí. A lo que yo le ofrecí asiento mientras alzaba mi mirada y observaba su rostro y cuerpo.

Iba vestida con un vestido de una pieza, brillante-plateado, llevaba medias y unos zapatos a juego del vestido, pero además iba bastante maquillada. Todo sea dicho, algo bastante habitual para estas noches en la que se busca encontrar una pareja con la que aparearse y sucumbir a una noche de pasión o, simplemente, disfrutar de la noche sin pensar en el mañana.

La conversación inició siendo bastante banal, preguntándonos mutuamente si habíamos venido solos, de dónde eramos, qué estudiábamos o trabajábamos...

Tal como ya decía, algo de lo más banal y aburrido, pero no dejaba de ser el protocolo para estos casos.

Seguidamente, me la quedé mirando unos instantes en silencio, le sonreí y me fijé en que tenía unos ojos verdes, lo cual, no pude evitar decirle que me gustaban, mientras aprovechaba para acortar distancias entre ambos cuerpos.

Ella, nerviosa, se rió tímidamente, intentando quitar importancia a lo que le había dicho, pero aún así, me permití el lujo de seguir adulandola y usando mi zalamería. Lo suficiente como para poder ganar el terreno suficiente y poder besarla y poco a poco posar mi mano sobre su cintura y la otra sobre su mejilla.

Tras eso, nos quedamos mirando unos instantes y le propuse de irnos a otro lugar más tranquilo donde seguir la velada.

Algo que tampoco me fue muy difícil, puesto que sus amigos se habían largado hacía un rato y los míos... en fin, los míos nunca llegaron a estar ahí.

Así pues, ofreciéndole mi coche la lleve hasta su casa, dejándola frente al portal de su casa. Momento en que me propuso de acompañarla a tomar una copa como agradecimiento.

No pude negarme ante tal invitación de cortesía.

Su casa era un lugar humilde, aparentemente, vivía sola... Aunque me reconoció que compartía piso con dos compañeras de universidad, pero que se pasarían el finde fuera, por lo que nadie nos molestaría.

Mirando con más atención, se veía claramente el toque femenino y a la vez rebelde que destaca a los universitarios. Tampoco era algo que me importase mucho, pues que tras esa noche, dudaba mucho volver a pisar ese lugar.

Me senté en el sofá mientras esperaba que volviese con un par de copas de bourbon.

La noche prometía.

A penas se sentó, le dí un primer trago a la copa y empecé a besarla, mientras con una mano volvía a acariciar su mejilla y con la otra le agarraba de la cintura mientras subía por la espalda buscando la cremallera del vestido.

De mientras, ella me iba desabrochando la camisa y metía su mano dentro de esta para acariciar mi pecho y remover con sus dedos los pelos que sobresalían de mi pecho.

Cuando finalmente encontré la cremallera, se la bajé, dejando que el vestido cayese a mitad por su propio peso, al tiempo que ella terminaba de quitarme la camisa y, acariciando mi pecho, bajaba en busca del botón de mi pantalón.

Mis manos se posaron sobre sus pechos, buscando la parte inferior del sujetador y poder introducirlas para poder agarrarlos y apretar sus pezones, dejando que lanzase un ligero quejido de dolor y placer a la vez.

Una vez pudo desabrochar mi pantalón, metió mano en mi miembro, que empezaba a sentirse excitado por al situación, masajeándolo lentamente y sacándolo de su guarida dejándolo al descubierto.

A su vez, yo le desabroché el sujetador hábilmente con ambas manos, dejando a la vista sus firmes pechos.

Tras eso, ella se levantó y terminó de caer su vestido, quedándose solo con las bragas y las medias.

Me agarró de la mano derecha estirándome, invitándome a que la siguiera hasta su habitación.

Tumbándonos allí, terminamos de desnudarnos.

Seguíamos besándonos, acariciándonos y masturbándonos mutuamente mientras la excitación de ambos aumentaba.

A este punto, quise proponerle un juego muy simple, ella solo tenía que taparse la vista mientras yo la ataba en la cama.

La idea parecía excitarle aún más, pues accedió sin ningún problema.

Fui moviéndome libremente por la casa mientras buscaba todo lo necesario para poder llevar a cabo lo que necesitaba.

La dejé ciega e inmovilizada en la cama, abierta de piernas y plenamente a mi merced.

Empecé a acariciarla con suavidad, viendo como su piel se ponía de gallina ante el delicado paso de mi juguete. Pasando lentamente por la mejilla, el cuello, el pecho y, finalmente, el estomago, llegando a la zona púbica.

En aquel instante, dejé un momento mi juguete en un lado de la cama para lamerle el cuello salvajemente y descender, en esta ocasión, centrándome en sus pezones. Jugueteando con la lengua y mordisqueándolos a la vez, sin llegar a utilizar las manos en ningún momento.

Seguí descendiendo dejando que notase mi aliento sobre su cuerpo, sintiendo como me acercaba lenta pero peligrosamente a su monte venus.

En aquel momento, volví a tomar con la mano mi juguete temporal y mientras veía como su cuerpo temblaba de excitación en espera de que mi boca empezase a comerle el coño, la penetré salvajemente, dejando que de su boca saliese un quejido de dolor. Repitiendo la operación una y otra vez, mientras mi excitación aumentaba, sus fluidos me salpicaban mientras yo gritaba de placer y sentía su calor en mi cuerpo, tenía el poder de hacer lo que quisiera con ella.

Y así actué.

La penetré una y otra vez hasta que me cansé y dejé de lado mi juguete, para seguidamente seguir con las manos e introducirlas, pudiendo sentir sus entrañas, el calor todavía latente de su cuerpo.

Podía sentir como su cuerpo se estremecía entre mis manos, ante tal sensación, seguía notando el éxtasis del poder. La excitación en aquellos momentos ya iba disminuyendo, pero por fin había vuelto a sentirlo.

Sentir el éxtasis y la excitación.

Sentir el poder de un dios.

El poder de la vida y la muerte.


jueves, 14 de junio de 2012

Lily y el vampiro (Primera Parte)

I


Falta una hora para la salida del sol. Lo sé sin tener que leerlo en ningún sitio. Es puro instinto de supervivencia. Si no lo supiera habría muerto hace mucho tiempo.

Aquí, en una rama de árbol, espero la llegada de mi última víctima. De esta noche, claro. Sé que llegará, cada madrugada hace el mismo recorrido. Pero hoy tardará más en llegar a su destino. Eso si llega.

Ya la veo. Camina lentamente, está cansada y tiene sueño. Salto de mi elevado escondite y caigo dulcemente delante de ella. Se asusta. No esperaba una visita. Mi rostro blanquecino y mis afilados colmillos le hacen gritar desesperadamente. La abrazo y acerco mi boca a su cuello. Clavo los colmillos. La carne se abre lentamente y alcanzo su vena. Sorbo lentamente y su dulce sangre invade mi boca, mi lengua, mi garganta. Mi cuerpo entero. Y con ella miles de sensaciones. Se llama Lily. Tiene miedo. No entiende lo que ocurre. No siente dolor, más bien es una sensación levemente placentera. Sigo bebiendo, todavía tiene mucha sangre para darme. Lo estoy haciendo muy lento. Disfruto bebiendo sangre cargada de sensaciones y sentimientos.

Me llega más información. Es una chica muy caliente. Arde con el sexo. Es lo que más le gusta en esta vida. Tiene novio y le quiere. Pero necesita sexo a todas horas. No le importaría hacérmelo. Su calentura llega a mis venas y me arde el cuerpo. Dejo de beber y la separo de mí. Está muy débil, pero todavía se sostiene en pie. Y me mira fijamente a los ojos. Ya no tiene miedo. Me quiere a mí.

La cojo por la cintura y nos elevamos. Vuelo rápido, no tengo mucho tiempo. Ella, aturdida, se aferra a mi. Me besa en el cuello. Yo me estremezco al sentir el contacto y al oler el fresco aroma de su sangre.

Llegamos a nuestro destino. Se podría decir que es mi casa. Una cripta. La deposito en el césped verde oscuro de la entrada. Me quedo de pie y la miro. Sus castaños ojos también lo hacen. Es hermosa. Su pelo ondulado está esparcido por el suelo. Me agacho e hinco mis rodillas en el suelo, situándome a horcajadas encima de ella. La beso en los labios y en la barbilla. Bajo mi cara hasta su cuello y vuelvo a clavar mis afilados colmillos en las heridas de su cuello. Su sangre vuelve a llenar mis venas. Siento su calor muy dentro de mí y comienzo a sentir algo que hacía tiempo que no sentía. Noté que la verga se me había endurecido en pocos segundos, excitado y ardiente.

Ella también me mira. Su mirada es de conocimiento. Sabe lo que me pasa. Ha sentido mi verga enhiesta cuando estaba encima de ella y ahora puede ver mi erección haciéndose notar en mis ajustados vaqueros. Sus labios esbozan una ligera sonrisa y sus ojos miran mi entrepierna. Se muerde de forma lasciva el labio inferior. Anhela lo que yo tengo entre las piernas.

Se levanta y se pone frente a mí. Me besa y con su mano palpa mi entrepierna. Desabrocha los botones de la bragueta y mete su mano. Me la saca y me la aprieta. Me la observa con detenimiento. Es muy blanca en todo su tronco, En cambio la punta es de color púrpura. Se agacha y me la besa. Siente que ha perdido un poco de consistencia. Se levanta y me coge la mano y la lleva a su espalda. Bajo su cremallera y su vestido cae al suelo.

Es hermosa. Tiene los pechos pequeños y los pezones erectos. Son muy bellos. Alargo mi mano y se los acaricio. Su imagen me excita, pero mi verga no vuelve a recuperar su anterior firmeza. Miro su cuello. Ella parece comprender. Inclina su cabeza y pega sus pechos a mi cuerpo. Yo vuelvo a beber.

Mi verga vuelve a estar firme. Ella está muy débil pero puedo apreciar su ansiedad por tenerla dentro. Pero presiento algo que va a impedir nuestra unión. El sol, mi peor enemigo, no tardará en aparecer en escena. Tan rápido como puedo la rodeo con mis brazos y la llevo volando a donde la encontré hace apenas tres cuartos de hora. Vuelvo a mi cripta y me escondo de los rayos del sol. Falta un minuto para que amanezca.

Mañana volveré a verla.

II


Despierto en mi ataúd. Ya no hace falta dormir más, pero todavía es pronto para salir a beber sangre. Aún es de día. Recuerdo la noche anterior, esa belleza llamada Lily que, por el exceso de sexo que nadaba en su sangre, me dio el calor suficiente para que volviera a sentirme mortal. Falta poco para volver a verla pero, ¿qué debe estar haciendo ahora?

Pienso en ella con todas mis fuerzas. Mi mente sale del cuerpo y vuela al encuentro de Lily. Es sencillo. Cuando bebo sangre de una persona, quedo unida a ella para siempre. No hay lugar que pueda esconderla de mí. Puedo verla esté donde esté. Puedo oír lo que dice, ver lo que hace y, si he bebido mucha sangre suya, sentir lo que siente. Pero pocas personas tienen el privilegio de seguir viviendo después de recibir mi mortal mordedura. Lily ha sido una de ellas. Y probablemente será algo más.

Recorro mentalmente la ciudad en su búsqueda. El sol no destruye mi mente y, por tanto, no me mata. Me gusta mirarlo fijamente, en tono desafiante. Sé que no me puede hacer nada. La oscuridad de mi cripta protege mi inflamable cuerpo. Por fin siento su calor. Huelo su sangre. Está cerca de aquí. Ya la tengo. Apenas han transcurrido unos minutos y ya puedo verla.

Está en una oficina, trabajando. Veo ordenadores y varias personas en la misma habitación. Ella está hermosa. Su piel todavía es más bella a la luz del sol y su pelo brilla con los rayos del sol que entran por la ventana. Lleva un pañuelo de seda anudado al cuello. No quiere que nadie vea las marcas que dejaron mis colmillos en su delicado cuello.

Está leyendo algo del ordenador. Advierto que su temperatura se ha elevado desde que entré. Quizá pueda notar que estoy aquí. Intento leer su mente, pero solo consigo pensamientos sueltos: 'relato', 'me metí su polla en la boca', 'se corrió en mi cara', 'me la metió hasta el fondo', 'miles de orgasmos consecutivos'... Lo que ha estado leyendo le ha excitado muchísimo; de ahí el aumento de temperatura.

Cierra la puerta del baño y se baja la falda. Se sienta en la taza. Apoya su espalda en la pared y abre las piernas. Mete su mano en el atrevido escote que tiene su camiseta y se pellizca el pezón derecho. Éste adquiere firmeza muy rápidamente. Mientras tanto, la otra mano ya ha empezado a acariciarse el sexo. Lo tiene muy húmedo y se mete un poco el dedo. Después, empieza a frotarse el clítoris con un dedo. Se estremece y se pone más caliente. Sigue con dos dedos. Y con tres. Ya lo hace de forma salvaje. Suelta toda su calentura y se corre tres y cuatro veces seguidas.

Al terminar piensa en mí, en lo que le hice ayer. En lo que puede que hagamos hoy si voy a por ella...

Iré a por ti, princesa mía. Tenlo por seguro. Y no será sólo una noche. Será toda la eternidad. Hoy me meteré dentro de ti y luego beberás mi sangre. Seremos los dos inmortales.

De repente mi cuerpo reclama la presencia de la mente y ésta vuelve rápidamente a él. La razón: mi verga vuelve a estar firme. La miro y la sujeto con mi mano derecha. La imagen de Lily masturbándose en el baño está muy fresca en mi mente. Recuerdo mis masturbaciones mortales y vuelvo a rememorarlas, tres años después. Mi mano derecha cubre y descubre el glande purpúreo, y siento muy intensamente cada uno de los movimientos. Acelero el ritmo y llega el momento del orgasmo, al unísono con una larga y potente expulsión de semen.

Lily, quedan pocas horas para que nos veamos. Tú, lo intuyes y lo deseas, pero todavía no lo sabes. Voy a ir a por ti después de alimentarme y te voy a hacer mía esta misma noche. Después, te daré mi bien más preciado, la sangre, y serás como yo. Estaremos juntos toda la eternidad.



domingo, 10 de junio de 2012

Aventuras en el Espacio - Taras Bulba - La princesa Rida

Taras Bulba era una libertina y lo tenía más que asumido. Quien parecía no tenerlo tan asumido eran los demás. Era una viajera del tiempo y le gustaban los mundos paralelos. Sabía arreglar cualquier trasto y el Imperio de un sistema solar la estaba buscando. Y a ella le daba igual.
Iba detrás de una princesa de un reino cuyo nombre nunca se acordaba, aquella muchachita se llamaba Rida. Tenía un cabello rojo como los amaneceres, los ojos verdes como la yerba de los alrededores, un buen corazón y una inocencia muy tentadora. Por el motivo de que a Taras le parecía lo bastante sexy como para pervertirla, estaba a oscuras, bajo la cama de la princesa. Llevaba toda la tarde esperando a que ella regresara de no sabía que fiesta y la había visto desnudarse y sus ganas de sentir su cuerpo habían aumentado escandalosamente.

En aquellos momentos, estaba esperando a que el guardia que había detrás de la puerta se fuera de una vez, para seguir así con su aburrida ronda. Cuando esto pasó, Taras salió de debajo de la cama más sigilosa que una serpiente. A la luz de la luna que se colaba por la ventana, parecía una de esas princesas de cuentos.


Taras de acarició la mejilla, se arrodilló y le susurró al oído de la princesa que no se asustara.
-¿Quién eres? -susurró Rida.
-Soy la hermana perdida de Rax'tra -dijo Taras, haciendo alusión a la diosa del amor.
-¿La gran Diosa tiene una hermana?
-Sí, pero -se adelantó Taras, en susurros-, nunca te han hablado de mí porque soy algo así como la hermana mala. No te haré daño, solo te descubriré placeres que tus sacerdotisas considerarían altamente prohibidos.
-¿Como... como qué?
Taras sonrió y le subió el camisón hasta el pecho. Se inclinó sobre ella y le lamió el seno derecho, mordiendo con suavidad, disfrutando del tacto aterciopelado, poniéndose cada vez un poquito más duro hasta quedar como un pico de una lejana montaña.
-Como esto -le dijo Taras, respondiendo a su pregunta.
Las mejillas de la princesa se habían teñido de rojo a una velocidad sorprendente. Taras no se detuvo ahí. Le besó en el cuello, su lengua salió de la oscura cueva y bajó por la clavícula, el pecho, el ombligo hasta llegar a un ritmo torturadoramente lento a aquel sexo parcialmente humedecido.

Pegó un lametazo a aquel conejito mojado, sabiéndole el líquido robado a algo tan dulce como lo era el corazón de la princesa, que estaba intentando poner a punto de caramelo. Dulce, acaramelado, azucarado... Aquel conejito era, hasta el momento, el mejor de todas las princesas a las que había tenido ocasión de follar.

Sabiendo que era virgen, tuvo especial cuidado a la hora de colar sus dedos en aquella humedad palpitante. Un dulce gemido nació de los labios de Rida. Taras acarició la zona interna con suavidad mientras el pulgar tonteaba con su monte de Venus y sus dientes jugaban con su oreja. Poco a poco, fue metiendo unos pocos centímetros a cada vez sus inquietos dedos, tocando el punto favorito de Taras casi logrando que la inocente princesita llegara al orgasmo. Pero la viajera no la dejó y sacó con velocidad sus dedos de aquel lugar tan pernicioso. Fueron a parar a su boca, saboreando una vez más el fruto de aquella dulzura.

La tenía como a Taras le gustaba: a punto de caramelo. La besó en la mejilla y se ensañó con el cuello; buscaba desesperarla y que se liberara un poco de aquel libertinaje dormido que tendría en algún lugar. Se quitó el chaleco, la camisa y se desprendió del sujetador. Empezaba el fuego de verdad. Lo de antes tan solo había sido el calentamiento; ahora venía el plato fuerte. Atacó sus senos con la ferocidad de un lobo hambriento. Le arrancó más de un gemido a la princesa y acarició la oquedad tan mojada que le perdía. Le mordió el pecho, se lo lamió, lo acarició y pellizcó. Se lo retorció y los mantuvo siempre duros y erectos, como, desde el punto de vista de Taras, era como tenían que estar. Su lengua volvió a descender a un ritmo desesperadamente lento por su vientre, trazando círculos pecaminosos en torno a su ombligo. La princesita dulce y de caramelo, de piel aterciopelada, voz dulce y corazón de niña, alzó la cintura, como suplicando que bajara de una vez y le diera ese nuevo y extraño placer.
-¿Cómo te han enseñado a pedir las cosas, Rida? -le susurró Taras al oído, en un tono aterciopelado y tentador.
-Por favor...
Una sonrisa asomó a los pervertidos labios de Taras, quien bajó al mismo ritmo lento y desesperante de antes. Adoraba ver como Rida, la noble princesita, se retorcía de placer bajo su lengua. Le concedió -y se otorgó- el enorme placer de lamerle el conejito, superficialmente y casi haciéndole cosquillas. Fue presionando de cuando en cuando para luego volverse una constante.
Aquella inquieta lengua que se coló con lentitud en el húmedo sexo de la princesita adorable, que, para gozo y disfrute de Taras, gimió cuando empezó a ser follada por aquel músculo inquieto. La viajera le sujetó la cintura para luego clavarle las uñas, dejando tras de sí el camino de la piel ligeramente enrojecida. Era inevitable no sentir cómo Rida hacía todo lo posible y lo imposible por no correrse, como si pensase que estaba mal. Aquello no lo descartaba Taras, en un mundo donde el placer era mal visto.

Intensificó los movimientos de su lengua, haciéndolos más específicos y violentos, jugueteando con su montecito de Venus, mordiéndose la princesita el labio, corriéndose al fin, casi gritando de placer, recogiendo Taras el delicioso fruto de sus furtivas acciones.

Rida no se había librado, por supuesto, de la tarea de recompensar a Taras, quien se conformaba con unos ágiles movimientos en su oquedad húmeda cual cueva marina. Tenía los dedos algo torpes y nerviosos pero con ayuda de la viajera, corrigiéndola y tentándola con sus infinitas caricias, provocándola con ligeras palabras, llegó a ese punto donde tu cuerpo se convulsiona de placer, donde solo tienes en mente que deseas más hasta morir.

Llamaron a la puerta. Taras saltó de la cama y se vistió todo lo veloz que sus años de asaltar a oscuras y en la clandestinidad le habían otorgado. Se despidió de la princesa Rida con un fogoso beso carente de amor y susurrándole con un tono lascivo:
-Un placer conocerte y saborearte, princesa Rida.
Tras eso, saltó por la ventana. Rida brincó de la cama asustada y se asomó... no vio nada. No un cuerpo estrellado, ni un cuerpo cayendo; y aun después de las numerosas búsquedas no encontraron nada. Rida, tras aquello, creyó más que nunca que era la hermana no mencionada y olvidada de Rax'tra.
Lo que en verdad había sucedido era Taras se había "movido" a su nave, sin sufrir daños, usando su transportador que llevaba en el brazo. Había sido un regalo de un viejo amigo, aficionado a los viajes en el tiempo.

Taras suspiró, dejándose caer en la cama, recordando el dulzón sabor de la piel de la princesa Rida. Había sido, desde luego, un pequeño polvo... no era comparable con Bàthory pero era dulce, como el postre. Taras sonrió. Años más tarde a Rida se la conocía por sus amplios conocimientos en el placer, cambiando radicalmente el pensamiento y reglas de su mundo.
-Sin duda, una gran princesa -se dijo Taras, rememorando el caliente recuerdo que le había quedado de aquella inocente princesa.


jueves, 3 de mayo de 2012

Aventuras en el Espacio - La chica de Lagastus

Li llevaba toda la noche mirando a aquella chica alienígena tan humaoide y seguramente tan distinta a ella. Probablemente se habría dado cuenta de que no cesaba de mirarla, pero, ¡qué demonios! Aquello era Lagastus, la noche era joven y había tenido un día duro con la maquinaria de siempre.
Dejó de observar a su presa y se acercó a hablar con aquel bombón con el vestido retro, muy propio de la Era Antigua. De cerca, tenía unos ojos profundamente violetas, y un pelo verde yerba que la excitaba hasta límites insospechados.
-Hola, preciosa -saludó Li.
La mujer la miró de reojo, considerándola como la depredadora que era.
-¿Quieres tomar algo? -preguntó Li.
-¿Estás intentando ligar conmigo? -preguntó la mujer a su vez.
-¿Funciona?
Una sonrisa asomó a los labios de aquella nebulosa caída del cielo. Li la invitó a una copa de sulfuroso llamado así por su alta acidez en el sabor. La sexy muchacha le dijo que se llamaba Alay y que había ido a Lagastus porque se aburría. Era cavadora de hoyos y solo buscaba relajarse. Li le dio muchos menos datos respecto a su monótona vida y la arrastró a la calle donde tomaron un aero-taxi para ir al apartamento de Alay, en una segunda planta de un barrio muy aburrido y sin interés.

Li no tuvo reparos en ir comiéndosela por el camino, a pesar de las constantes miradas por el retrovisor del conductor. La ingeniera le mordía la oreja y el cuello con bastante agresividad, algo que calentaba de sobremanera a Alay. Por ello, y por las constantes caricias provocativas en el muslo interno de la chica alienígena, la puso a punto de caramelo.
Li la tumbó en la blanca y blanda cama nada más llegar a la habitación del pequeño lugar que tenía por vivienda, le subió el vestido y la emprendió a lametazos con aquella húmeda cavidad, arrancándole unos complacientes y excitantes gemidos de placer.
-Diría que eres de Alazeda -comentó Li, ascendiendo su lengua por el ombligo de la estremecida mujer.
-¿Por qué?
-Por tus movimientos y por el tatuaje del pecho. ¡Arf! Estás deliciosa -dijo Li, lamiéndole el pecho del tatuaje.
A pesar de las numerosas intentonas de Alay por buscar el placer de su ligue nocturno, ella no se dejaba. Li le mordió con ferocidad un picudo pecho en tanto que el otro sufría la tortura de una lenta caricia con el dedo índice. sus labios volvieron a atacar las profundas perversiones de la nada inocente alienígena logrando que se corriera en menos de dos minutos.

Li se tumbó a su lado en el justo momento en el que Alay se dormía. Era todo un manjar pero no terminaba de complacer a Li. Algo le decía que volvería a salir de caza a por algo aún más provocativo. Algo con tentáculos..., pensó sin que el sueño lograse hacerse con la indomable ingeniera.

To be continued...


viernes, 13 de abril de 2012

El trío de Hyrule

Allí estaban ellas dos, desnudas, la ropa yaciente en el frío suelo, arrodilladas en la cama, casi a los pies, besándose como si no hubiera mañana. La de la izquierda se llamaba Epona, de cabellos rojos como el fuego y ojos como el bosque; procedía del desierto de Gerudo y era una belleza. La de la derecha, de nombre Keeta, tenía el pelo corto y de un tono azul eléctrico que daba la sensación de que, si lo tocabas, recibirías una pequeña descarga, un hormigueo en los dedos; sus ojos también verdes eran más parecidos a las plantas que crecían en los jardines del palacio de Hyrule que a los Bosques Perdidos de Kokiry.

Los roces de sus labios eran suaves, mientras que Epona acariciaba el pelo de Keeta, ella le rozaba los pechos con las palmas abiertas, pellizcando de cuando en cuando, como buscando que un gemido acallado surgiera de sus labios. Epona, con la excitación en aquellos bonitos ojos, le acarició la nuca con una mano mientras que la otra descendía por su pecho, bajando por el ombligo hasta aquel húmedo y oscuro sexo. Rozaba su clítoris con los dos primeros dedos cual mariposa al posarse en una flor, arrancándole gemidos que me hacían dudar de mi aguante para ir hasta ellas y sentir el gozo del sexo con aquellas dos preciosidades de Hyrule.

Epona se aproximó más a Keeta, pasando de las caricias a la penetración de una forma suave y lenta, separando sus labios de los de ella, buscando el oírla gemir. Me mordí el labio, sintiendo que estaba tan caliente que iba a estallar en cualquier momento cual Montaña de la Muerte.
-Así, gatita, así -ronroneó Epona, profundizando más sus dedos, acariciando aquellas lúgubres cuevas por las que tanto deseaba perderme.
Epona me miró, con una sonrisa casi inocente, con una pregunta en los labios.
-¿Puede correrse, Shadow?
Una sonrisa asomó a mis labios y negué con la cabeza. No quería, deseaba verla retorcerse de placer bajo las caricias insistentes de Epona... cómo me suplicaba con la mirada.
-Keeta, no te quedes inmóvil, véngate de Epona -le provoqué.
Un ronroneo nació en la garganta de la aludida y, empujando a Epona hacia atrás, la tumbó, le separó las piernas y lamió de aquellas sinuosidades tan húmedas. Epona gritó de placer; la lengua hábil de Keeta se hundía en su interior, jugando con ella, provocando su placer de tal manera que me hacía dudar de mi resistencia.

Me acerqué a Keeta y vislumbré aquel sexo tan húmedo y palpitante, como si me estuviera gritando que la penetrara de una sola embestida, que la llenara con mi verga tan derecha y dura como me ponían aquellas dos fieras. No sé cómo recuperé el control y, en vez de empalarla como hubiera deseado hacer, metí dos dedos en aquella oquedad tan deliciosamente mojada.

Los gemidos de Keeta se vieron ahogados por el sexo de Epona. Ambas estaban a punto de caramelo, ambas parecían estar suplicando el poder correrse, el poder gemir más alto y el ser llevadas a las alturas durante unos instantes. Aumenté la velocidad del movimientos de mis dedos, provocando que Keeta se dedicara más a Epona, que se agarraba a las sábanas, sosteniendo un orgasmo que quería terminar de nacer y morir.
-Shadow... -gimió Epona.
-¿Sí, pequeña yegua? -dije con un tono calmado que no supe de dónde me salió.
-Déjame correrme, por favor...
Una fina sonrisa asomó a mis labios; privé de placer a Keeta solo por acercarme a Epona, ponerme a hojarcadas sobre ella y obligarla a lamer lo que tanto ansiaba. Su lengua era veloz a pesar de la postura, a pesar de que Keeta la estuviera provocando con dedos en el ano. Simulé que la penetraba, follándome con gusto y placer aquella boca de labios inquietos. Imaginé cuan de grande había de ser el placer para que Epona se corriese sin poder aguantar más.
Miré hacia atrás, viendo como Keeta se apresuraba a beber de aquella fuente. No quise correrme y, para evitarlo, saqué la enhiesta verga de la boca ansiosa de aquella mujercita de buen ver. Le hice una señal a Keeta para que se acercase.
-Epona, yegua mala.
-No pude resistir más, Shadow. Tú mismo estás que deseas follarnos ya.
Una sonrisa inocente salió a mis labios, dando aquello por toda respuesta. Keeta se posicionó sobre Epona, derecha, de manera que su húmedo y palpitante sexo quedaba cerca de sus labios.
-Compensa a Keeta, Epona.
Supe que lo hacía porque Keeta se puso tensa, entreabriendo los labios, gimiendo muy a menudo. Me acerqué a ella y la besé; aquellos labios eran una perdición. Tenían sabor a frambuesa por haber estado tonteando antes con la mermelada. Sus pechos tenían un tacto suave y pernicioso. Sus brazos rodearon mi cuello, pero yo la obligué a apoyar las manos en la cama, y al momento se puso a lamerme la verga, como buena ikaniana que era. Mordía con suavidad y llevaba un ritmo lento. Le acaricié las orejas mientras cerraba los ojos, sintiendo su lengua moverse, sus dientes morderme y sus gemidos acallados intentando salir.

Aquella dulce boca de labios tan suaves como los de Epona...

A pesar de que Epona había sido la que se había corrido sin permiso, decidí castigar a Keeta. Keeta, que venía de las regiones de Ikana, unas regiones muertas y malditas. Keeta, que disfrutaba con el martirio. Así, mandé a Epona coger el vibrador de la mesita de noche, dándome el mando y luego meter lentamente aquel diabólico chisme en el sexo húmedo de aquella que había dejado de lamérmela al retirarme yo. La obligué a quedarse en aquella posición, empezando ya directamente con una velocidad considerable. Keeta se estremeció de placer, con jadeos y gemidos, aguantándose las poderosas ganas de correrse.

Epona se mordió el labio. Estaban inquietas, deseosas de sentir ya como las follaba. Ella debía ser paciente y esperar a que Keeta se rindiera. No tuve más que moverle el vibrador para lograr que se corriera, siendo por una vez débil. Cayó agotada en la cama, jadeando. Epona, como si ya supiera qué hacer, la levantó tan solo para ponerse ella debajo y besar cándidamente sus labios. ¡Qué par de bellezas! Parecía como si se mezclase el agua y el fuego. Me puse tras ellas y, queriendo empezar por la fiera de Epona, la penetré con lentitud; húmeda, palpitante, deliciosa. Ella gemía, apretando el peco de Keeta que le mordía los labios.
-Epona, Epona... dime cuánto te gusta.
-Muchísimo, Shadow -gimió ella.
Rocé levemente el sexo de Keeta con los dedos, provocándola.
-¿Cuánto es muchísimo, Eponita? -pregunté, cogiendo el cercano vibrador.
-Mucho más de lo que piensas -alcanzó a decir.
-¿Tú que dices, Keeta? ¿Qué quieres para ella? ¿Lo deseas tú, calaverita? -pregunté, acercándole el vibrador.
-Epona lo desea más que yo -ronroneó, mordiéndola en el cuello.
Una sonrisa asomó a mis labios y Epona recibió el vibrador en el ano, bien adentro e intranquilo. Keeta, por su parte, recibió cuatro de mis dedos, con una única condición:
-Muévete, Keeta.
Ella obedeció con la prontitud que la caracterizaba. Sus labios besaron a Epona y esta le apretó el cuello, acercándola a ella más si sus moléculas les dejaban.
Aceleré el ritmo, aumentando el placer de Epona. Notaba como deseaba correrse, como su cuerpo así lo expresaba... y la frustración que debió sentir cuando se la metí a Keeta, como a ella le gustaba, de un solo golpe, rudo y seco. Epona no se quedó impasible y lamió el pecho de Keeta, mordiendo lo bastante como para que ella gritara de dolor.
-Keeta, ¿quieres correrte, verdad?
-S-sí...
-Hazlo, pero luego lamerás el sexo de Epona mientras la follo a ella.
-Golpéame más fuerte y haré lo que dices -masculló Keeta en su punto de fundirse.
Le hice caso, cogiendo sus bonitas caderas, sacando prácticamente todo el miembro para metérselo nuevamente con un solo golpe.
-¿Mejor, calaverita?
-S-s-sí, Shadow... -logró decir.
Estaba impaciente, loco por oírla gemir, sentir las contracciones de aquella oquedad tan perversa. Apretaba tanto... no pude resistir correrme, sentir como ella lo hacía a su vez, con un grito de liberación.
No me detuve a descansar y Keeta se apartó para que pudiera alzar a Epona, arrodillarla y follarla de aquella manera, más suave y más mimosa, pues ese era el estilo de mi pequeña yegua.

Keeta se coló bajo sus piernas y lamió ambos sexos, succionando, haciéndonos perder la cordura. La besé, paladeando aquellos labios que tantísimo me perdían, aquella lengua inquieta que tanto me buscaba.
Epona, húmeda, inquieta, siempre dispuesta, se corrió y Keeta recogió parte de aquel fruto.

Mis dos princesas estaban saciadas, mis dos preciosidades se habían acurrucado a mi lado, flanqueándome y dándome calor.

Ellas son mi mundo. Keeta y Epona. Epona y Keeta.

A veces, la oscuridad necesita ser iluminada para saber qué tiene en sus entrañas...


By Anubis

jueves, 5 de abril de 2012

El último pañuelo de seda

La mujer del corsé rojo se subió pausadamente los guantes negros de cuero hasta los codos.

El corsé se adapta tan perfectamente a su anatomía, que le realza los pechos hasta casi dejar al descubierto sus pezones. Es consciente de que está enseñando sus firmes nalgas y eso le gusta. Unas botas altas, negras, también de cuero, ocultan parcialmente unas largas piernas que se adivinan atléticas. El tanga, también rojo, era tan mínimo que apenas alcanzaba a ocultar a mis ojos su bonito sexo. Su oscuro cabello se desparramaba como una cascada sobre sus níveos hombros desnudos hasta la mitad de su espalda... Era muy guapa. Me avergonzaba mirarla, porque me sentía inferior. Por eso le sugerí esta idea.

La miré. Le pedí con la mirada que no se demorase más, que fuese ya a mí... necesitaba que me hiciera suya... dejé escapar un débil gemido...

Ella se acercó despacio a la cama. Yo, feliz, me dejé llevar, inconsciente de lo que me esperaba. Era la primera vez que me ataban a la cama. Antes de verme en aquella postura, ella sacó unos pañuelos de seda y con ellos me fue atando a cada extremo de la cama. Solo se puso los guantes porque se los había comprado hace años y no se los ponía nunca. Quería tener un recuerdo bonito para esos guantes. Pero a mí no me gustaban, hubiera preferido sentir sus manos en mi piel... pero no le dije nada. No quería hablar, quería que ella actuase por su cuenta.

Se situó a los pies de la cama, arrodillándose. No me miraba. Se inclinó sobre mis pies y, fugazmente, me lamió el dedo gordo del pie derecho con la punta de su lengua; me estremecí de placer mientras ella seguía para luego cubrírmelos de besos a media que iba ascendiendo por el pie hasta el tobillo, y de este, subió por la pierna hasta la rodilla. Son besos leves, apenas me rozaban la piel con sus labios, pero yo, que la vi venir, empecé a sentirme más húmeda. Al inclinarse alcancé a ver la voluptuosidad de sus pechos, que luchaban por salir de la cárcel de su corsé. Quería adorar esos pechos. Ojalá me deje hacerlo..., pensé; pero no podía decir nada, no podía pedírselo. Habíamos hecho ese pacto.

Deseaba que continuase, que me devorase, pero ella, quizás intuyendo mis ansias, decidió hacerse de rogar y apoyó su cabeza en mi muslo mientras deslizaba la palma de su mano en guantada y extendida desde el interior de mi muslo hasta mi bajo vientre, sin rozarme ni un milímetro de mi sexo.

Su mano izquierda descansaba sobre la cama, a mi lado. Quería que me la acercase a los labios... pero me muerdo la lengua, aguantando la ansia por decirle todo lo que deseaba. Entonces descubrió con satisfacción que mi sexo ya brillaba por la desbordante humedad que emanaba de él. Sonríe y me toquetea ligeramente esa zona mirándome pícara a los ojos... me temblaba todo el cuerpo... cada vez que me tocaba me estremecía.

Se levantó y dirigió a la cómoda. Abrió uno de los cajones y saca otro pañuelo de seda.

El último pañuelo de seda.

Me puse a hacer pucheros, no quería que me tapase los ojos... quería, necesitaba verla, devorarla con los ojos... pero mi grito fue mudo, como no podría ser de otra manera.

La oscuridad lo rodeó todo. Cerré los ojos y me rendí a mi suerte, a ella.

Sentía su cara cerca de la mía, podía sentir su respiración y la caricia dulce del inconfundible olor de su piel. Un dedo suave, forrado de cuero, me perfiló los labios: primero el labio superior y luego el inferior. Lo intenté besar, pero ella, juguetona, lo retiró rápidamente, dejándome oír su risa suave. El olor del cuero mezclado con el de su piel me estaban volviendo loca. Volvió a colocarme la mano en los labios y me pidió que le quite el guante con los dientes. Así lo hice, dedo a dedo.


Un ligero murmullo y entonces sentí que ella apoyaba la mano que acababa de desnudarle en mi sexo, suavemente, ¡tan suavemente que desesperaba! El clítoris se me hinchó, anhelando su contacto. Ella se rió. Me lo acarició una, dos, tres veces... levanté las caderas, como pidiendo más, pero ella parece que había decidido que aún no. Se colocó sobre mí, a cuatro patas. Sentía su largo pelo rozándome la piel. Comenzó a besarme los pechos, de forma incontrolada, sentía el roce de sus labios aquí y allá. Luego me las agarró y las sujetó de tal forma que las une. Hundió su cara entre mis pechos. El calor de su respiración me estremeció, sintiendo cómo cada vez me estaba humedeciendo más y más. Me dio varios lametones en ambos pezones. Apretaba más mis generosos pechos y se introdujo los dos pezones a la vez en la boca. Me los lame, los dos al mismo tiempo. Después le dedicó su particular homenaje a cada uno de ellos, por igual. Estaba tan excitada que creí que me volvería loca.

Cuando acabó con mis senos, las soltó y me besó el cuello para luego ir bajando por la clavícula. Notaba la abundancia de sus pechos sobre los míos. Ella volvió a ascender y me besó en los labios, nuestras lenguas se entrelazaron mientras su mano fue descendiendo lentamente hasta mi sexo, para quedarse allí acariciándome los labios. Siento como descendía sobre mis caderas, me abría los labios superiores y sopla levemente, como hacia dentro. Me recorrió un escalofrío y me entró la risa. Ella también se rió...

Por fin su lengua entró dentro de mí, cálida, ágil y profunda. Y apretó su cara contra mi sexo. Me imaginaba el dulce y salado sabor de su sexo, me imaginaba cuando mucho antes de eso hicimos un sesenta y nueve y entonces, justo entonces, ya no pude más y me sobrevino un orgasmo que me dejó exhausta. Fue tan fuerte que, cuando pasó, con solo el roce de sus dedos sobre mi clítoris, arqueé la espalda y sacudí las caderas, desesperada ante su contacto.

Me besó profundamente para que pudiera saborear mi propia miel. Estaba agotada, pero al mismo tiempo tan excitada, que tenía que controlarme para no morderle los labios. Me estaba volviendo loca el no poder verla, el no poder tocarla...

Luego ella se sentó sobre mi cara, con todo su sexo abierto ante mí... y por culpa del maldito pañuelo que tenía atado a la nuca no pude verla, disfrutar de la visión de sus pechos vistos desde abajo. Sus labios vaginales entraron en contacto con los de mi boca. Los apliqué dulcemente sobre ellos y comencé a buscarle, a acariciarle su hinchado clítoris con mi lengua. Sus jugos comenzaron a desbordarme, traté de tragármelo todo, pero era imposible, era demasiado. Noté cómo se deslizaban en frágiles gotas por entre mis comisuras. Las saboreé hasta la saciedad. Su olor me inundaba, su sabor calmaba mi sed, sus gemidos eran música celestial, sus manos me quemaban...

Finalmente, ella se corrió en mi boca. El espeso líquido se coló por entre mis labios antes de que me diera cuenta. Eso me desesperaba porque quería más, pero ella se levantó, se acurrucó a mi lado, abrazándome con las piernas, con los brazos, con todo. Sentía su cálido sexo en mi cadera mientras que con una mano me acariciaba el vientre... y entonces, Morfeo entró por la puerta... y nos acogió a ambas entre sus brazos.

jueves, 29 de marzo de 2012

En tiempos de guerra...

La quimera, si hubiera tenido cejas, habría alzado una o quizá las dos. Se hallaba solo y perdido en una de las numerosas calles de Londres. A saber donde se habría metido aquella cuadrilla de seres mutantes que habían pasado de transformar a aquella raza estúpida de humanos a destrozarlos como les viniera en gana. Y allí estaba él, Trece, contemplando a lo que se suponía que era una mujer humana. Y digo se suponía porque Trece no lo tenía muy claro. Tenía pechos, eso se veía... pero el pelo corto era lo que le hacía dudar.
Un gruñido de duda surgió de las profundidades de su garganta. No se la veía asustada, ni mucho menos. Es más, y por lo que le indicaba el olfato de Trece, estaba más caliente que la temperatura normal de una quimera sin un refrigerador. Ardor de moléculas.
-Hola... -saludó la mujer.
Trece, si hubiera sido un poco más hablador, habría respondido y puede que la hubiera invitado a una copa si hubiera sido humano. Pero ni lo uno ni lo otro era, y se lanzó sobre la humana con las claras intenciones de matarla. Pero ella no se movió. Cosa rara que hizo dudar a nuestra quimera. ¿Por qué no huye?, habría pensado de poder ver más allá de su enjambre. El olor que desprendía aquella cosa insignificante tenía un no sé qué que logró subirle la ya de por si alta temperatura. Avanzó hacia ella como un perro en celo, jadeando y babeando... todo un espectáculo de calentamiento quimera.

La humana, a pesar de que había reconocido los signos que denotan el "quiero follarte", no se movió de su sitio y se quedó observando los seis ojos amarillos de la quimera, como preguntándose qué venía ahora. Seguía viva y no la sorprendía. Probó a quitarse la camiseta. La quimera, con su característica delicadeza, le quitó el sujetador tan molesto en su camino a las vistas, dejándole la marca de su acción en el pecho. Ella no se quejó y Trece tampoco es que se fijara mucho.


Sin pensar en nada del romanticismo y en si las pieles humanas eran delicadas o no, la mujer se vio desnuda a base de zarpazos que para nada evitaron el roce con la piel, tan doloroso. Trece empujó a la chica sobre el primer mueble que encontró -un armario tumbado sobre un lateral- la colocó boca abajo sin darse cuenta de la poca o nula resistencia por parte de ella y se sumió en las bonitas cuevas de la humana, con un aullido que perfectamente podría haber roto cristales pero que le faltó una nota para hacerlo.

Caracterizada por su salvajismo, Trece le rasgaba la piel de los brazos a la humana que solo gemía de dolor por lo bajo. Quien dijera que la verga de las quimeras era grande, era un mentiroso pues, más que sufrir por las hondas penetraciones de aquella cosa mutante, padecía por los desgarros en su piel por sus primitivas garras. Resopló cuando la lengua de la quimera se pasó por su espalda, quizá en un intento de mantener algo de erotismo... en vano. Quimeras. No están concebidas para follar con romanticismo.
Terminó demasiado rápido para la masoquista mujer que, se dio la vuelta y se lanzó a la piscina de la aventura. Tontear con las quimeras nunca era seguro.

Tara se llamaba, la que lamió el cuello de Trece mientras le acariciaba el algo animado sexo de la criatura, en busca de alguna respuesta sexual que le permitiera continuar con el salvajismo empleado en el acto. Un ronroneo nació en la garganta de la quimera, cerrando los seis ojos -sorprendentemente a la vez- disfrutando del tacto de las manos de Tara en su cada vez más dura verga.
Esta vez fue ella la que le empujó contra algo -la pared- y la que decidió montar con cierta naturalidad. Las garras de Trece se aferraron con agresividad a las nalgas de la mujer, desgarrando su bonita piel. La sangre que goteaba en el suelo y su fresco aroma intensificaron el ardor de la quimera que tuvo la genial idea de acelerar el ritmo, provocando el placer en la humana. Placer que se intensificó en ambos cuando decidieron correrse en un intercambio de jugos, gritos y aromas.

Fue una auténtica lástima cuando una bala de un arma quimera atravesó la pared y los mató a ambos, tirados en el suelo, recubiertos de sudor, sangre y ceniza del suelo, con la mente puesta en el cielo del placer y los cuerpos aún unidos.
Cualquier humano que hubiera oído aquello, una noche de vigilancia, con la escopeta entre las piernas, no se lo habría creído, pero ya se sabía lo que se decía...

...En tiempos de guerra...

lunes, 19 de marzo de 2012

Dulces sueños

La miro dormir, apenas se ha dado cuenta del cambio, del distinto peso del colchón o el peso ligero en la almohada. Ni siquiera que el olor es distinto. Parece dormida, muy dormida, pero sospecho que no es así, porque su respiración está ligeramente agitada. Además tiene las mejillas enrojecidas, con un rubor sensual, oscuro, terrenal. La observo y pienso que ella también se siente observada, pero me pregunto si sabe quién es la que le mira.

Juego su juego, de manera que apoyo mi cabeza sobre el codo y la miro. Sé que ella lo sabe y noto que su respiración se ha agitado más. Me llena de esperanza pensar que también sabe que soy yo, que se ha agitado más porque sabe que soy yo. Comienzo el ejercicio de fomentar mi excitación viendo su cuerpo desnudo, deleitándome con los ojos su piel en sombra, en la penumbra de la habitación a la caída de la tarde. Las persianas apenas dejan pasar unos rayos del sol de poniente, que se han detenido sobre las sábanas revueltas, al lado de sus pies. Y miro los pies descalzos, desnudos, recorro sus pantorrillas, altas y finas, la piel de sus piernas, delicada y brillante por un suave barniz de sudor, su cuerpo, boca abajo, deja ver la rotundidad de sus muslos, el pliegue sereno de sus nalgas, carnales, generosas, más blancas que el resto de su piel, más apetecibles que ninguna otra parte de su cuerpo.

Está doblada sobre su cintura, tan breve, y debajo de su brazo sobresale uno de sus senos, un poco, apenas se aprecia el pezón, oscuro, enredado con su pelo revuelto y esparcido por la almohada, medio tapando la cara. En su juego se sabe mirada y cada vez le cuesta más disimular que duerme. Los párpados se mueven, y es evidente su nerviosismo, y bajo la nariz, tiene un huequito entre ambos picos del labio superior en el que descansa una breve gota de sudor, como en una hoja de rocío.
No espero más; me puede el impulso de besarla, y me acerco a su labio, robando, absorbiendo, lamiendo y mi cuerpo se ha acercado casi sin darme cuenta al suyo, de forma agitada, sin yo quererlo ni esperarlo. La beso, le abro la boca con mi lengua y chocan los dientes, y gimo sin querer, de deseo, de ansiedad y de miedo a su reacción. Ha abierto los ojos, como asustada, y con ello me confirma que sabía que era yo, pero sigue jugando su juego de ignorancia, de pudor y provocación absoluta, porque lejos de cortarme su azoramiento, me ha levantado un fuego terrible desde lo más profundo de mi vientre, que sube y me atrapa sin dejar que mi garganta pronuncie las dulces palabras con las que tenía pensado tranquilizarla.

No hay tranquilidad, no hay cuartel, solo deseo, y cada movimiento que ella hace, cada uno de sus intentos por hablar o cambiar de postura son frenados por mi boca, que se mueve dentro de la suya, tragando sonidos, mordiendo labios, arrastrando su lengua dentro de mí, y no tengo piedad tampoco con su cuerpo. Me pongo encima, sujeto sus brazos con los míos y sostengo sus piernas enredadas a las mías. Me parece que lucha que intenta zafarse, pero no estoy dispuesta, ni mucho menos a soltar a mi presa. No quiero, así que insisto en mi fuerza, en esta dulce contienda de cuerpos unidos, que se juntan y sueltan, que se aferran y amoldan el uno contra el otro, y abro sus piernas con unos de mis muslos, bajando la mano toco su pelvis, el monte de venus, hermoso y blando y finalmente llego a su vulva, que está tan húmeda que apenas la rozan mis dedos han quedado impregnados de abundante líquido. No hay más juego. Separo mi boca de la suya, roja de tanto mordisco violento, y le digo:
-No finjas más, te gusta, también tú me deseas.
Y me ha mirado, primero con rabia, y luego ha bajado lo ojos, y se ha perdido. Me acerco, despacio, a su oído y le digo:
-Hoy serás mía, y harás todo lo que te diga, porque quieres hacerlo, porque lo deseas, porque te mueres de ganas. Así que lame mi mano, y reconoce tu propio sabor.
Parece, ha puesto cara de echarse a llorar, pero me ha sujetado fuerte, la cintura, y ha lamido mis dedos, cerrando los ojos, absorbiendo, separando y haciendo notar su lengua, y me mareo de deseo y de placer, me ablando ahora, viendo su cara, entre apenada y viciosa. Y mi deseo se hace por momentos más tierno, le busco el cuello, y arrastro mis labios, la punta de mi lengua por el perfil de su garganta, y busco de nuevo su boca, pero mi beso ahora le acaricia, le saluda suavemente, mientras me agito sin querer, mi cintura se mueve buscando un ritmo, que acomodar al suyo. Y también ella se agita debajo de mí, siento su vientre bajo el mío.

Miro la habitación, hay un armario a los pies de la cama, un armario con luna, un espejo grande y viejo, un poco comido por los bordes que refleja lo que está pasando entre las sábanas.
-Vamos allí- le digo, mientras la arrastro a los pies de la cama y la siento en el borde, yo detrás. Veo ahora mi cara inflamada y roja, un poco salvaje, entre su pelo negro y suelto. Tiene una expresión infantil, como de niña enfadada que me hace perder el control.
La beso en la cara, en el cuello, en la boca volviendo su cara hacia atrás y miro la imagen repetida en el espejo, que me devuelve, como una tromba, junto a nuestra imagen una nueva oleada de deseo. Miro de frente y nuestros ojos se encuentra en el espejo, está seria, apenas puede respirar, quiere sonreír y no puede, está hermosa, allí sentada, desnuda delante del espejo y de mí.
-Abre las piernas, abre tus piernas que vea abrirse tu cuerpo.
Y se fue abriendo, despacio, y sonreía ahora sabiendo que cada segundo que pasaba iba aumentando mi deseo, ahora era ella la que mandaba sobre mí, la que se tomaba todo su tiempo para calentarme, la que se sabía dueña de la situación. Y finalmente muestra su sexo, perfecto, y precioso.
-Sube las piernas, y así se abrirá más, sube las piernas y dobla las rodillas, y mira como es este espectáculo de tu cuerpo abierto. Y después tócate, que yo sepa donde te gusta, cierra los ojos y apóyate en mí, que te vea tocarte, que sepa los lugares donde desencadenar tu placer.
Y en el espejo, un brillo blanco se desprende de su vulva y se derrama entre sus piernas cayendo y mojando la colcha.

Pero verla en el espejo, relajada sobre mí, tocando sus labios, introduciendo su dedo en los precisos lugares de su intimidad fija toda mi atención. Yo también participo, mis dedos vuelan buscando esos mismos lugares, investigando, deslizándose con el increíble jugo que está soltando todo su sexo. Y me retiro, cae sobre la cama, ahogando gemidos y gritos, respirando fuerte, las piernas abiertas y el sexo ofrecido a mí. Me arrodillo y paso mi lengua por todos esos sitios mojados, recogiendo su suave sabor dulce. Paro y comienzo, paro cuando veo que su agitación es más grande, que sus pezones están erectos, que se los pellizca compulsivamente y que sus pies se estiran buscando, buscando el placer.
-No te vas a correr todavía . Quiero que tu excitación suba, que sigas excitada mientras jugamos ahora, las dos juntas, una contra otra, mientras me tocas a mí.
Llora y gime pidiendo que la deje, que la mate de gusto, que le suelte al placer. Pero no cedo. Vuelvo a su cara, y me aprieto contra ella. Sus movimientos son tan violentos, busca tanto el orgasmo que su pelvis me hace daño cuando choca contra la mía.
-Y es que no quiero que estalles como una bengala, quiero que sigas caliente después de tu orgasmo, quiero que quede deseo después del placer, por eso vamos a retrasar el momento tanto como podamos.
Me mira casi con odio, o un furor ciego que la lanza contra mi pecho, y me muerde la carne blanca de mis senos y me arruga el pezón con sus dientes, mordisqueando, me hace desfallecer. Es ahora ella la que toma la iniciativa y eso me hace perder el control, me dejo caer sobre la espalda, completamente abandonada a sus manos, a su talle, a su boca y a su fuego.

Y nos juntamos, sus dedos buscan mi sexo, tan húmedo y más caliente que el suyo, y cada uno de sus roces me hace sentir mil aguijones, quiero que penetre mi vagina con sus dedos, que me dé bien fuerte, se lo digo apenas ahogando un grito, y obedece con furia, y me dice que me matará de gusto, que me hará caer de placer, que me dejará extenuada.

Me muero, apenas puedo ser consciente de todo el placer que me agobia, que me estalla entre sus dedos, que me sube desde el centro de mi cuerpo hasta la garganta, y me anula. Estoy vibrando entera, de los pies a la cabeza, en un orgasmo intenso, largo, repetido, siento que floto y la veo volcada sobre mí. Se arrastra entonces sobre mí, y choca su sexo contra el mío, en cada arremetida mi placer sube en intensidad, lo roza con fuerza, y despacio, noto todo su sexo en contacto con el mío, oigo su voz, me dice cosas que apenas distingo porque son gruñidos bestiales, tacos, insultos, que me encienden.

Cae exhausta, está ardiendo de ganas de correrse y no ha podido, y me ha visto a mí estallar una y mil veces; está frustrada y la calmo con mi voz, la amanso con besos, con caricias, pero su fuego es un incendio que lo devora todo y quiere que le haga sentir, que le toque su interior, que roce su clítoris, que lo restriegue fuerte y que la mate de gusto, me dice.

Y combino mis dedos en su clítoris y en su interior, y su cintura se curva sus piernas se estiran, y se contrae su cara en un gesto mientras lanza un gemido interminable.

viernes, 3 de febrero de 2012

La Prometida de Cthulhu

Sasha estaba muy cansada pues había del trabajo a las once de la noche y ni siquiera le quedaban energías para tomar una necesitada cena.

Su trabajo era asfixiante y el estar tantas horas encerrada en su cubículo, casi absorbida por el monitor del ordenador, le había quitado toda la energía vital y la imaginación a su vida. Sólo ansiaba llegar a su cama, que la atraía como imán y dejar su mente en blanco.

Con las piernas débiles, entre dormida y despierta, se desnudó frente a la cama para ponerse el pijama, pero estando sola en casa y sin ninguna preocupación dejó que la fuerza atrayente del colchón la dominara y se dejó caer en él, desnuda como estaba. El extraño collar con un medallón hecho con conchas marinas que le regaló su jefe quedó en el suelo junto a la cama.

Sasha era independiente de su famila desde hacia un par de años, vivía en la capital, sola, con un buen trabajo y si quería no le faltaban pretendientes para tener novio o solo para tener con quien salir.

Morena, delgada, de pequeños y preciosos pechos, coronados con duros pezones y, a pesar de su delgadez, resaltaba aún más su trasero, de nalgas duras que seguramente conservarían firmes más allá de los escasos 24 años que ya tenía.

Pero boca abajo, agotada y profundamente dormida, los detalles buenos de su dolorido cuerpo era lo que menos la ocupaba.

El silencio y la calma la rodeaban, la habitación a oscuras era un solo objeto continuo para ella, en su inconciencia, un objeto neutro y sin vida, pero en realidad no existe la inconciencia total. Dormimos, soñamos, pero una parte de nosotros aún está atenta, por lo menos a un fragmento del espectro de la realidad, un fragmento que rara vez notamos al estar despiertos y que de hacerlo nos daríamos cuenta de que justo antes de que todo se empieza a corromper, y todo sale mal, un instante antes de eso se forma una arruga en la tela del continuo espacio-temporal.

Fue como una gota de un líquido oscuro que cayó e hizo olas sobre la cristalina y lisa superficie de la mente dormida de Sasha, como un guiño de la realidad, todo se volvió confuso, la parte que no dormia de Sasha comenzó a sentir que ese oscuro objeto sin vida que era su habitación, lenta y discretamente comenzaba a respirar.

Paulatinamente, notaba que esa oscuridad cobraba vida independiente y conciencia, y que ese ser oscuro en formación de alguna forma había desarrollado órganos oculares que la observaban, que la vigilaban con detenimiento, siguiendo con perversa y espectral lujuria el contorno de sus piernas, hasta sus nalgas que se levantaban con cada respiración, su espalda desnuda hasta su cabello, todo provocaba a la criatura que se formaba a su alrededor, y todo en ella incitaba al monstruo a irse haciendo cada vez más tangible.

Sasha casi podia sentir el aliento de la criatura en las plantas de sus pies, el aliento de una boca que se formaba de pesadas sombras y a cada segundo parecía cada vez más carne negra, carne viva, que, sin embargo no respiraba por una nariz, que no tenía, si no por cada por de su informe estructura, que moldeaba a placer, como cuando apareció esa boca donde no la había, y la podía hacer desaparecer y formarla en otra parte de su ser.

La bestia agrupaba fuerzas y Sasha lo sabía, a cada segundo era más fuerte, más real y en control de sus funciones superiores a las de cualquier ser humano.

El cuerpo de la chica se estremeció cuando sintió algo grande, baboso y húmedo tocar su pie a lo largo, pero no hizo nada, ni siquiera despertó, para ella todo era un sueño más, una extraña pesadilla causada por el extremo cansancio.

Todo eso cambió en un segundo, en un abrir y cerrar de ojos. Sasha abrió los ojos espantada al sentir como un tentáculo prensil y baboso sujetaba con fuerza uno de sus tobillos.

En cuestión de un terrorífico segundo pasó por su mente la pesadilla, y se dió cuenta de su terrible situación y un segundo fue todo lo que la bestia le permitió pensar pues inmediatamente un tentáculo idéntico sujetó su otro tobillo y como si fuera una muñeca abrió sus piernas de golpe y la tiró hacia el suelo.

Sasha se agarró con uñas y dientes a las mantas sobre la cama, pero fue inútil.

Ya en el suelo, junto a la cama, tres tentáculos más siguieron a los dos primeros, recorriendo las piernas de Sasha, empujando sus nalgas, al pasar por ellas, hasta llegar a sus brazos, dos sujetaron sus muñecas abriéndola en posición de cruz, mientras el tercer tentáculo, aun libre, manoseaba torpemente sus pechos. Una especia de baba espesa salia de sus ventosas dejando los pechos de la chica húmedos y chorreantes.

El tentáculo subió hacia la cara de Sasha y ella pudo verlo momentáneamente en la penumbra; se moviá como si fuera un ser independiente que observaba su rostro de lado a lado, era rojizo y azul a la vez y lo que vendría siendo la cabeza parecía un extraño y puntiagudo glande de hombre.

De un golpe el tentáculo metió la punta en froma de glande en la boca de la sorprendida joven, que apenas podía ofrecer resistencia. Las ventosas le succionaban los labios y la lengua como lujuriosas y hambrientas bocas, mientras que Sasha sentía como otro apéndice de la criatura le subía entre las piernas para amoldarse sobre su vulva como una mano para masajearla con rudeza. Por momentos se sentía como una sola bola, como puño sobre el sexo de Sasha y ella temía una penetración salvajemente forzada, y luego se estiraba hasta tocarle también el culo, haciéndola estremecerse, casi como si pulsara con cada estiramiento, alargandose en la punta hasta aprecer del grosor de un dedo.

Sasha forcejeo con renovada energía, consciente ya del peligro, dio un tirón con sus brazos, pero el ente solo la estiró con sus tentáculos, tensando su cuerpo aun más y el otro, el dedo, se metió en su culo rápida y maliciosamente, como un pulpo se encoge y deforma para meterse en su refugio.

Sasha sintió el frío y húmedo invasor de su culo pero estaba tan apretadamente sujeta que solo pudo lanzar un grito quebrado.

Alejados de la escena podríamos haber visto en la penumbra una sola forma con piernas, brazos y cabeza de mujer envuelto en una masa de tentáculos en constante movimiento, y podríamos oír también los chasquidos líquidos de esos apéndices usando a la mujer para su placer y los gemidos ahogados y quejidos asustados de la chica.

Ella, que lo vivía en primera persona, ella en medio de ese entramado de apéndices bulbosos y babosos, se veía totalmente imposibilitada de huir, y aterrorizada vivía la realidad, quizá masoquista, de estar sujeta y ser penetrada por boca y culo por los miembros interminables de una criatura desconocida.

Masoquista porque algo nuevo en ella estaba despertando, el tentáculo se movía en su recto como una serpiente enloquecida y además hacía centelleantes penetraciones de un solo par de centimetros adentro y afuera, como animal en celo, que ya practicamente la hacía sentir que alucinaba.

Sasha ya lamía como en trance el apéndice en su boca dejándole tanta saliva como baba soltaba, chorreaba esta mezcla de su boca, mientras su culo era llenado inmisericordemente.

Pero los miedos de la joven volvieron a aparecer y ella recobró la conciencia cuando un séptimo tentáculo hizo su aparición y sin preambulos la penetró, que aunque ya humedecida no alcanzaba a acomodar ese rojizo miembro con forma de glande.

Sasha casi escupió el que aun tenía en la boca para tratar de gritar, pero el reclamo se quedó atorado en su garganta como vómito y solo pudo abrir los ojos como platos y exhalar aire ronca y dolorosamente.

El tentáculo expulsado de la boca de la joven, lleno de babas y saliva se prendió de su pecho y acomodó una ventosa en cada duro pezón, comenzó a succionar como si la estuviera lamiendo, escalofríos de temeroso placer recorrieron el cuerpo de la joven que ya sudaba copiosamente y se mordía los labios y apretaba los ojos tratando de resistir.

El tentáculo en su sexo ya se movía mejor al encontrar menor resistencia, pero el delgado en forma de dedo en su culo, como si estuviera celoso e insatisfecho comenzaba a engrosarse más con cada penetración. Justo cuando Sasha lo empezaba a disfrutar, se estaba tornando doloroso otra vez, y casi como si la criatura supiera que ella estaba a punto de gritar de dolor un octavo tentáculo como un presto y ávido pene se introdujo en su boca y la joven, casi como por instinto y para olvidar el dolor, comenzó a chuparlo embravecida.

Sasha, siendo penetrada por vagina, culo y boca se sentía más mujer de lo que se había sentido en mucho tiempo, en el sentido más estricto, de sentirse hembra, libre de follar, pero el caso es que estaba siendo obligada, se la estaban follando y ni siquiera sabía quién o qué, y esas ventosas succionando sus pezones no hacían sino maximizar su masoquista placer.

El cuerpo de Sasha se movía al compás que le marcaban las penetraciones de los tentáculos agresores, sujeta, temblorosa y gimiente, Sasha se movía de atrás hacia delante como una muñeca, con un ritmo brutal y sádico que la estaba penetrando hasta el alma y la hacía sentir que para ella el sexo ya no sería igual sin una dosis de sumisión y una cantidad de fuerza y brutalidad.

Pero algo en ella sentía que todo aquello no era el acto en sí, sino solo un sádico preámbulo, como si algo en toda aquella baba de la criatura hubiera traspasado su piel y le hubiera dejado algo de la consciencia de ese ser espantoso y así supo que esos apéndices, que la usaban, penetraban y manejaban a su antojo no eran sino brazos y dedos y labios y lenguas y dientes de esa bestia, muy a su manera, la verdadera penetración y la culminación de su violación estaba por venir.

Sasha, en trance de nuevo, lamía con ganas mientras era penetrada con fuerza por culo y vagina y casi sonrió, o lo hubiera hecho de haber podido, al sentir el movimiento entre sus piernas de un noveno tentáculo, idéntico a los anteriores, la simbiosis que estaba de alguna manera logrando con la bestia la hacía ya intuir algunos de sus movimientos y sabía que había una razón para que el tentáculo que poseía su culo fuera perdiendo su grosor paulatinamente.

Lentamente el noveno tentáculo se acomodó junto a su predecesor en el ano de Sasha, ambos tentáculos habían adelgazado hasta parecer listones de carne para que el noveno se fuera metiendo habilidosamente en el ya lubricado y algo distendido culo de la chica. Sasha levantaba las nalgas instintivamente, tanto como le permitian los otros que la sujetaban, para evitar una penetración mas dolorosa y quizás sacar algo de placer de la nueva experiencia.

Ya adentro ambos tentáculos comenzaron a moverse a ritmos diferentes, mientras uno penetraba el otro retrocedía, como pistones, y ambos, poco a poco fueron recuperando su grosor expandiendo el recto de Sasha como nunca antes la chica lo había sentido.

Y como pistón se movía el que tenía metido en la vagina también, y succionaban acompasadamente el que estaba apoderado de sus pezones y el que tenía en la boca, y que ella lamía excitada, quizá porque el efecto narcótico y erotizante que sentía era alguna especie de droga que estaba en la baba que fluía del ser, y Sasha inconcientemente quería más y más, para aumentar su placer y olvidar el grotesco ser que se lo estaba dando. Pero, paradojicamente, era ese líquido el que le daba conciencia también de la criatura que la poseía, lo que la unía aun más a eso. Eso que le murmuró en la mente tu entrada vaginal es aún estrecha, necesita ensancharse para que recibas el regalo a la humanidad...

En ese instante Sasha sintió como los tentáculos que la sujetaban hacían un efuerzo y levantándola del suelo la pusieron boca arriba dejándola como flotando unos centímetros sobre el suelo. Pero nunca, durante toda esta maniobra, los otros tentáculos dejaron de penetrarla.

Solo uno de los que estaban en su culo se retiró y el que quedó se acopló y ensanchó otra vez, como quiso.

Sasha sabía lo que pasaría a continuación, se repetiria en su sexo la rutina de lo que sucedió en su culo con el tentáculo sobrante, solo que esta vez la joven no sabía, sería una técnica diferente. La criatura ni se molestó en avisarle mentalmente. Sasha se preguntaba porque el tentáculo que bombeaba tan apasionadamente su vagina no menguaba aun su grosor. Cuando el tentáculo libre la penetró como si se tratara de una lanza. La chica sintió como si la estuvieran empalando y comenzó a gritar histéricamente, su llanto ahogado por el glande baboso en su boca.

Los penetradores vaginales luego de acomodarse bombeando hacia dentro y afuera comenzaron también a girar con rapidez en su interior, como tratando de abrirla no tanto buscando su placer, el cual ya le habían provocado a raudales con anterioridad.

Con el dolor vino también momentáneamente la conciencia a la mente de Sasha, pero solo como relámpagos que por un segundo o dos iluminaron su situación. Y era entonces cuando ella se recriminaba el ser tan puta, el haber llegado a disfrutar el ser poseída por un desconocido ser sin forma.

Pero el dolor le trajo un nuevo y potente tipo de orgasmo que la hizo agitarse casi como si le aplicaran energía eléctrica al cuerpo. Los tentáculos tuviero que sujetarla con más fuerza incluso el que tenia incrustado en el culo se introdujo más profundamente. En su febril imaginación, Sasha creyó que le saldría por la boca a través de la garganta, pero obviamente esto era imposible.
El glande abandono su boca y Shasa aprovechó para jadear, babas y saliva chorreaban por las comisuras de su boca abierta mientras recordaba las veces que bromeó con sus amigas lo puta que podia llegar a ser. Esa noche se sentía usada, inferior a todos, pero a la vez se sentia una puta importante, porque en la conciencia compartida con la criatura sabia que esta, eso, era algo superior a ella en todos los sentidos, superior a cualquier ser humano, y que lo que le hacía la criatura lo consideraba como un favor, una deferencia de un ser de niveles superiores a una hembra humana. Sasha, en su delirio, se preguntaba si la criatura sabría el concepto de lo que es ser burócrata, y a que niveles estaba ella en su puesto en el mundo.

El tentáculo que había abandonado su boca se amoldó fromando una paleta, casi como mano humana, sujetó a Sasha por la nuca y levantó su cabeza. Ella pudo ver entre sus piernas el remolino que formaban los apéndices que giraban en su vagina, mientras el que le castigaba su culo no dejaba de bombear, provocándole incontrolables espasmos de placer. Luego, de repente, el torbellino entre sus piernas se detuvo, los dos apéndices se retiraron a la oscuridad y solo se oía el chasquido del que la penetraba analmente, atareado como obrero obediente a su amo.

Y asi fue como Sasha lo vio por primera vez, o parte de él por lo menos. La chica vio que de la misma oscuridad de la que surgían misteriosamente los tentáculos, surgía también una criatura, una masa de carne púrpura y oscura, en la cual no se distinguía rostro, ni siquiera boca, ojos o nariz, pero si una personalidad, ominosa y cruel como nunca Sasha la habia sentido en ser humano ninguno y, para su sorpresa, se sentía irremediablemente atraída a eso, hipnotizada y fatalmente entregada al destino que esa cosa le preparaba.

Y entre el horror y la fascinación Sasha vio como en su parte baja las carnes purpuras del ser se movían y tomaban forma y Sasha pudo ver que la cosa tambien tenía genitales, una especie de miembro viril del mismo color del resto de sus carnes se comenzaba a extender y luego a levantarse en tremenda erección, bajo de esta se formaron también dos masas como testículos del tamaño de una naranja cada uno.

La chica, ensimismada con semejante espectáculo, no sabía si reír o llorar, si aquello que veía era espectacular, horroroso o ridículo. Solo sabia que lo que estaba a punto de suceder iba a ser inolvidable y doloroso.

Sasha se agitó brutalmente, escalofríos recorrieron su cuerpo como un racimo de relámpagos cuando la criatura la arrastró más cerca de su masa púrpura abriendo sus piernas hasta casi lo imposible. La piel de Sasha se veía pálida y más aún por el contraste con la carne del ser. Con las plantas de sus pies pudo sentir la carne gomosa y húmeda y dobló las rodillas como acto reflejo para no tocarlo, pero esto era lo que buscaba la criatura, aflojando un poco la tensión que ejercian sus tentáculos le permitió doblar sus piernas y así eso pudo acercarse más a su objtivo. Como gigantesco y diestro dedo, el pene del ser se acomodó y apoyó contra el pubis de Sasha. Ella sintió su humedad y sobre todo su peso, algo escurría de su orificio y Sasha sentía una enorme curiosidad por verlo, palparlo, olerlo.

Dos tentáculos se amoldaron como manos de nuevo a la entrada de su ya dilatada vagina y la abrieron más, Sasha se estremeció. Los apéndices que la sujetaban por los ya enrojecidos tobillos la soltaron pero solo para volverla a agarrar, ahora por los muslos. De un diestro tirón la acomodaron contra el cuerpo de la criatura quedando el glande de su miembro justo en la entrada vaginal de la joven forzándola, con la presión que ejercida, a abrirse un poco mas. Sasha respiraba con la boca abierta, le ardía la vulva pero se preparaba, pues sabía que el dolor más fuerte aparecería pronto.

Fue en ese mismo instante que la criatura hizo presión hacia adelante. La chica boqueaba desesperada tratando de aspirar aire, los ojos tan abiertos que no podía más. Sentía como si el puño de un hombre estuviera forzando la entrada a su cuerpo. La criatura habia metido su poderoso miembro en el delgado y agitado cuerpo de Sasha.

La chica solo sentia dolor y centelleantes piquetes en la piel interior de su vagina, nada parecido al placer, hasta que uno de los tentáculos se volvió a hundir en su boca acariciando su lengua, narcotizándola con su líquido hipnótico haciendo que la chica lo lamiera como si se tratara de un glande humano, absorbiendo asi más de su enajenante gel.

Al tiempo que Sasha sentía que su cuerpo se relajaba, también lo hacia su vagina y a la vez, para su sorpresa, también se dilataba poco a poco dejando entrar cada vez más del monstruoso miembro a su vagina. Sasha comenzó a gemir y fue casi como si la criatura lo hubiera tomado como una señal y comenzó a a bombear lentamente pero con fuerza y seguridad, como un pistón, una máquina de vapor que poderosamente va tomando velocidad.

El tentáculo en la boca de Sasha se retiró, ya no era necesario, el placer invadía cada célula del cuerpo de la chica, ella gemía y gritaba apretando los puños mientras el pistón de carne púrpura tomaba velocidad entre sus piernas.

Su cuerpo se agitaba atacado de placer y dolor, un tentáculo en su culo, otro lamiendo sus pezones y un increíble miembro en su sexo. Sasha estaba sorprendida de que su pequeño cuerpo soportara tanto castigo y aun lo disfrutara, había perdido la cuenta de los orgasmos, todos sin excepción eran como estallidos de estrellas en su cabeza que nublaban su vista por varios segundos, todos la dejaban cansada pero hambrienta de más.

Cuando sentía que ya no podía más y estaba a punto de desmayarse Sasha se dio cuenta de un cambio en la criatura. La chica notó como esta se tensó y acercó su cuerpo más a ella y, si era posible, la pentró aun más profundamente. Sasha conocía esa reacción en los hombres, esa especie de largo espasmo anterior a la eyaculación, pero en este caso no sabnía que esperar, podría ser cualquier cosa.

En cuestión de segundos tuvo su respuesta. Un orgasmo, más poderoso que los anteriores sacudió su cuerpo y llenó su cabeza de luz y de mil imagenes nuevas de otros mundos, al mismo tiempo sintió como su vagina se llenaba de una tibieza líquida, agradable y abundante.

Fue lo último que supo hasta que despertó al día siguiente a las cuatro de la tarde, con el cuerpo tan dolorido que sentía como si tuviera todos los huesos rotos; levantó la cabeza, asustada, creyendo encontrar su vagina tan dilatada que parecería un gran hoyo entre sus piernas, pero para su sorpresa no fue así, ni siquiera tenía rasguños en el cuerpo, ni marcas rojos por donde fue sujetada. Solo le quedaba el dolor y un extraño dibujo negro sobre el antebrazo como si fuera un pequeño tatuaje, pero parecía mas bien la cicatriz de una quemadura reciente con la forma de un sol del que salen algunos rayos.

Hasta el dia siguiente Sasha se presentó al trabajo y extrañamente su normalmente tirano jefe no hizo mención de su falta el día anterior ni el retardo de ese día. Lo que es más, a partir de ese día cambió su actitud hacia ella totalmente e incluso le dio un jugoso aumento de sueldo.

Alelada y sorprendida Sasha se dirigió a su cubículo pero en el pasillo alguien la sujetó y tiró del brazo. Para cuando Sasha levantó la vista y vio que se trataba del conserje, este ya la había metido en el cuartito de útiles y ahí, entre escobas, trapeadores y productos de limpieza, el tipo la empezó a desnudar. Sasha ni siquiera conocía su nombre, solo se dejaba hacer mientras lo observaba atontada. Aunque hubiera querido no podria defenderse con su frágil cuerpo de uno sesenta y tantos contra el uno ochenta y cinco lleno de musculos del hombre.

Sasha estaba como hipnotizada viendo la marca en el antebrazo del conserje, la misma que ella tenía, y sabia que nada podía ni debía hacer para evitar aquello, ella era la única mujer que llevaba la marca en el mundo, una entre cientos de hombres que la llevaban, quizà miles.

Sasha repasaba friamente las posibilidades en su mente, todo encajaba, el collar que extrañamente le regalò su jefe, un amuleto, un llamado, todo mientras el corpulento conserje la penetraba de pie, sudando y bufando.

Era solo el primero de muchos que le harian lo mismo en el futuro, incluido su jefe, individualmente, en pares, en grupos. Para los iniciados era ella la mujer del amo y la puta de todos y Sasha llegó a disfrutarlo, imaginando las posibilidades mientras el tipo se corría dentro de ella. Sabía que no tenia nada que temer, que todo era parte del ritual y ella no podía quedar embarazada por ello, sin importar cuantos la tomaran, porque embarazada ya estaba, y el producto de su vientre, resistente a toda enfermedad y castigo, sería adorado por los hombres con la marca en el antebrazo y sería el esclavizador de mujeres en todo el mundo, y, en sus fantasías mas escondidas, Sasha lo visualizaba como su futuro amante.