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lunes, 19 de marzo de 2012

Dulces sueños

La miro dormir, apenas se ha dado cuenta del cambio, del distinto peso del colchón o el peso ligero en la almohada. Ni siquiera que el olor es distinto. Parece dormida, muy dormida, pero sospecho que no es así, porque su respiración está ligeramente agitada. Además tiene las mejillas enrojecidas, con un rubor sensual, oscuro, terrenal. La observo y pienso que ella también se siente observada, pero me pregunto si sabe quién es la que le mira.

Juego su juego, de manera que apoyo mi cabeza sobre el codo y la miro. Sé que ella lo sabe y noto que su respiración se ha agitado más. Me llena de esperanza pensar que también sabe que soy yo, que se ha agitado más porque sabe que soy yo. Comienzo el ejercicio de fomentar mi excitación viendo su cuerpo desnudo, deleitándome con los ojos su piel en sombra, en la penumbra de la habitación a la caída de la tarde. Las persianas apenas dejan pasar unos rayos del sol de poniente, que se han detenido sobre las sábanas revueltas, al lado de sus pies. Y miro los pies descalzos, desnudos, recorro sus pantorrillas, altas y finas, la piel de sus piernas, delicada y brillante por un suave barniz de sudor, su cuerpo, boca abajo, deja ver la rotundidad de sus muslos, el pliegue sereno de sus nalgas, carnales, generosas, más blancas que el resto de su piel, más apetecibles que ninguna otra parte de su cuerpo.

Está doblada sobre su cintura, tan breve, y debajo de su brazo sobresale uno de sus senos, un poco, apenas se aprecia el pezón, oscuro, enredado con su pelo revuelto y esparcido por la almohada, medio tapando la cara. En su juego se sabe mirada y cada vez le cuesta más disimular que duerme. Los párpados se mueven, y es evidente su nerviosismo, y bajo la nariz, tiene un huequito entre ambos picos del labio superior en el que descansa una breve gota de sudor, como en una hoja de rocío.
No espero más; me puede el impulso de besarla, y me acerco a su labio, robando, absorbiendo, lamiendo y mi cuerpo se ha acercado casi sin darme cuenta al suyo, de forma agitada, sin yo quererlo ni esperarlo. La beso, le abro la boca con mi lengua y chocan los dientes, y gimo sin querer, de deseo, de ansiedad y de miedo a su reacción. Ha abierto los ojos, como asustada, y con ello me confirma que sabía que era yo, pero sigue jugando su juego de ignorancia, de pudor y provocación absoluta, porque lejos de cortarme su azoramiento, me ha levantado un fuego terrible desde lo más profundo de mi vientre, que sube y me atrapa sin dejar que mi garganta pronuncie las dulces palabras con las que tenía pensado tranquilizarla.

No hay tranquilidad, no hay cuartel, solo deseo, y cada movimiento que ella hace, cada uno de sus intentos por hablar o cambiar de postura son frenados por mi boca, que se mueve dentro de la suya, tragando sonidos, mordiendo labios, arrastrando su lengua dentro de mí, y no tengo piedad tampoco con su cuerpo. Me pongo encima, sujeto sus brazos con los míos y sostengo sus piernas enredadas a las mías. Me parece que lucha que intenta zafarse, pero no estoy dispuesta, ni mucho menos a soltar a mi presa. No quiero, así que insisto en mi fuerza, en esta dulce contienda de cuerpos unidos, que se juntan y sueltan, que se aferran y amoldan el uno contra el otro, y abro sus piernas con unos de mis muslos, bajando la mano toco su pelvis, el monte de venus, hermoso y blando y finalmente llego a su vulva, que está tan húmeda que apenas la rozan mis dedos han quedado impregnados de abundante líquido. No hay más juego. Separo mi boca de la suya, roja de tanto mordisco violento, y le digo:
-No finjas más, te gusta, también tú me deseas.
Y me ha mirado, primero con rabia, y luego ha bajado lo ojos, y se ha perdido. Me acerco, despacio, a su oído y le digo:
-Hoy serás mía, y harás todo lo que te diga, porque quieres hacerlo, porque lo deseas, porque te mueres de ganas. Así que lame mi mano, y reconoce tu propio sabor.
Parece, ha puesto cara de echarse a llorar, pero me ha sujetado fuerte, la cintura, y ha lamido mis dedos, cerrando los ojos, absorbiendo, separando y haciendo notar su lengua, y me mareo de deseo y de placer, me ablando ahora, viendo su cara, entre apenada y viciosa. Y mi deseo se hace por momentos más tierno, le busco el cuello, y arrastro mis labios, la punta de mi lengua por el perfil de su garganta, y busco de nuevo su boca, pero mi beso ahora le acaricia, le saluda suavemente, mientras me agito sin querer, mi cintura se mueve buscando un ritmo, que acomodar al suyo. Y también ella se agita debajo de mí, siento su vientre bajo el mío.

Miro la habitación, hay un armario a los pies de la cama, un armario con luna, un espejo grande y viejo, un poco comido por los bordes que refleja lo que está pasando entre las sábanas.
-Vamos allí- le digo, mientras la arrastro a los pies de la cama y la siento en el borde, yo detrás. Veo ahora mi cara inflamada y roja, un poco salvaje, entre su pelo negro y suelto. Tiene una expresión infantil, como de niña enfadada que me hace perder el control.
La beso en la cara, en el cuello, en la boca volviendo su cara hacia atrás y miro la imagen repetida en el espejo, que me devuelve, como una tromba, junto a nuestra imagen una nueva oleada de deseo. Miro de frente y nuestros ojos se encuentra en el espejo, está seria, apenas puede respirar, quiere sonreír y no puede, está hermosa, allí sentada, desnuda delante del espejo y de mí.
-Abre las piernas, abre tus piernas que vea abrirse tu cuerpo.
Y se fue abriendo, despacio, y sonreía ahora sabiendo que cada segundo que pasaba iba aumentando mi deseo, ahora era ella la que mandaba sobre mí, la que se tomaba todo su tiempo para calentarme, la que se sabía dueña de la situación. Y finalmente muestra su sexo, perfecto, y precioso.
-Sube las piernas, y así se abrirá más, sube las piernas y dobla las rodillas, y mira como es este espectáculo de tu cuerpo abierto. Y después tócate, que yo sepa donde te gusta, cierra los ojos y apóyate en mí, que te vea tocarte, que sepa los lugares donde desencadenar tu placer.
Y en el espejo, un brillo blanco se desprende de su vulva y se derrama entre sus piernas cayendo y mojando la colcha.

Pero verla en el espejo, relajada sobre mí, tocando sus labios, introduciendo su dedo en los precisos lugares de su intimidad fija toda mi atención. Yo también participo, mis dedos vuelan buscando esos mismos lugares, investigando, deslizándose con el increíble jugo que está soltando todo su sexo. Y me retiro, cae sobre la cama, ahogando gemidos y gritos, respirando fuerte, las piernas abiertas y el sexo ofrecido a mí. Me arrodillo y paso mi lengua por todos esos sitios mojados, recogiendo su suave sabor dulce. Paro y comienzo, paro cuando veo que su agitación es más grande, que sus pezones están erectos, que se los pellizca compulsivamente y que sus pies se estiran buscando, buscando el placer.
-No te vas a correr todavía . Quiero que tu excitación suba, que sigas excitada mientras jugamos ahora, las dos juntas, una contra otra, mientras me tocas a mí.
Llora y gime pidiendo que la deje, que la mate de gusto, que le suelte al placer. Pero no cedo. Vuelvo a su cara, y me aprieto contra ella. Sus movimientos son tan violentos, busca tanto el orgasmo que su pelvis me hace daño cuando choca contra la mía.
-Y es que no quiero que estalles como una bengala, quiero que sigas caliente después de tu orgasmo, quiero que quede deseo después del placer, por eso vamos a retrasar el momento tanto como podamos.
Me mira casi con odio, o un furor ciego que la lanza contra mi pecho, y me muerde la carne blanca de mis senos y me arruga el pezón con sus dientes, mordisqueando, me hace desfallecer. Es ahora ella la que toma la iniciativa y eso me hace perder el control, me dejo caer sobre la espalda, completamente abandonada a sus manos, a su talle, a su boca y a su fuego.

Y nos juntamos, sus dedos buscan mi sexo, tan húmedo y más caliente que el suyo, y cada uno de sus roces me hace sentir mil aguijones, quiero que penetre mi vagina con sus dedos, que me dé bien fuerte, se lo digo apenas ahogando un grito, y obedece con furia, y me dice que me matará de gusto, que me hará caer de placer, que me dejará extenuada.

Me muero, apenas puedo ser consciente de todo el placer que me agobia, que me estalla entre sus dedos, que me sube desde el centro de mi cuerpo hasta la garganta, y me anula. Estoy vibrando entera, de los pies a la cabeza, en un orgasmo intenso, largo, repetido, siento que floto y la veo volcada sobre mí. Se arrastra entonces sobre mí, y choca su sexo contra el mío, en cada arremetida mi placer sube en intensidad, lo roza con fuerza, y despacio, noto todo su sexo en contacto con el mío, oigo su voz, me dice cosas que apenas distingo porque son gruñidos bestiales, tacos, insultos, que me encienden.

Cae exhausta, está ardiendo de ganas de correrse y no ha podido, y me ha visto a mí estallar una y mil veces; está frustrada y la calmo con mi voz, la amanso con besos, con caricias, pero su fuego es un incendio que lo devora todo y quiere que le haga sentir, que le toque su interior, que roce su clítoris, que lo restriegue fuerte y que la mate de gusto, me dice.

Y combino mis dedos en su clítoris y en su interior, y su cintura se curva sus piernas se estiran, y se contrae su cara en un gesto mientras lanza un gemido interminable.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Sueños de verano

Había recibido su llamada. ¿Cuanto tiempo deberia hacer de aquello ya? casi no lo recuerdo, pero lo que jamas podre olvidar es... su voz, suave, harmoniosa, sincera... escucharla era una melodia que solo podrian apreciar los oidos mas exquisitos.

Pero, por fin hoy parecía que iba a ser el gran dia, al menos así lo recordaba, después de tanto tiempo.

Tenía que ir a la estación a buscarla, no quiso darme descripción alguna ni aceptó la mía propia, no hacía falta... el simple cruce de nuestras miradas nos bastaría. Además, no era la primera vez que nos encontrabamos. Claro que... siempre era en sueños... yo siempre le había imaginado... alta, esbelta, bella, cual Venus de Milo, pero con pelo liso y largo...

Estaba nervioso, no sabia como reaccionar, siempre habia idealizado este momento, pero ahora, no era una ilusión, ni mucho menos; era la pura y completa realidad.

Me debí adelantar como una hora a su llegada, pues el tiempo se me hizo interminable, los segundos parecían minutos y los minutos, horas. Me sentaba, me levantaba... no sabría explicar si era el calor, el nerviosismo, la desesperación... pero no podia estarme quieto, necesitaba moverme y no dejaba de mirar el reloj a cada momento. Pero algo me aliviaba y es que... a pesar de todo, cada vez faltaba menos. Eso me tranquilizaba, me hacia sentir bien, pero no conseguía quitarme de encima ese ansia.

Escuché como el interfono anunciaba su llegada.

No era imaginación mía, pues a lo lejos podía reconocer como aparecia el tren. En mi interior podía sentir como ella estaba dentro, tan ansiosa como yo.

Sentí como el corazón me daba un vuelco. Sentía como latía con fuerza en mi pecho, rápido y emocionado.

El tren se había parado, veía bajar y subir la gente, la buscaba con exasperación y no conseguia verla, hasta que, de repente, senti como si alguien me tocara la espalda.

A penas tuve tiempo de girarme, una mujer, me estaba besando... era ella, sí. No sabria describir como, pero de algun modo sabía que era ella.

Era mas bella de lo que había podido llegar a imaginar, de cierto modo, hubiera creído que era mi imaginacion, un efecto de la luz, de los nervios... pero daba la impresion de ser una divinidad...

Por momento creí estar junto a Afrodita. Pero era bien real a pesar de lo que pensara mi mente, podia tocarla, sentirla, incluso aún sentía la suavidad, dulzura de su beso, el roce de sus labios junto los mios cual petalo de rosa.

Estuvimos hablando un rato.

Estaba hipnotizado, anonadado por como hablaba, que decía... era increible que tanta belleza llegara a concentrar tanta sabiduria.

Era joven, pero a la vez... parecía tener la inteligencia y sabiduria de los antiguos sabios de la antigüedad.

Sus ojos me atraían, un verde esmeralda, parecían reclamarme, suplicarme que la besara.

No pude resistirme, me lancé sobre ella.

esandola apasionadamente, con un largo y acaramelado beso.

Notaba como me apretaba contra ella, como era correspondido. Me acariciaba el pelo, el cuello, la espalda... en un alarde de pasión la cogí con mis brazos y la lleve hasta mi habitación, echandola sobre la cama.

Seguimos besandonos, pero en esta ocasion, ibamos desnudandos, lentamente.

Ella llevaba una blusa blanca y una falda negra, no demasiado larga.

Empecé a desabrocharle lentamente la blusa, la cual ya mostraba un generoso escote. Se la quité, dejando a la vista un sujetador de encaje negro.

A su turno, ella me iba quitando la camisa que llevaba, primero dejando a la vista mis abdominales, luego, empezaron a descubrirse mis pectorales, hasta quitarme completamente la camisa, dejando mi torso desnudo.

Le desabroche la falda, empezando a bajarle la cremallera y dejandola caer por sí misma, dejando a la vista un tanga negro de encaje junto a unas piernas esbeltas, finas, suaves como la seda, al igual que toda su piel.

Ella me desabrochaba el pantalon, cayendo por su propio peso, mientras, con gran habilidad, le quitaba el sujetador, dejando a la vista sus firmes y blancos senos.

Terminamos de desnudarnos mutuamente, besandonos lenta pero apasionadamente, dejandonos caer sobre la cama.

Fuí bajando por el cuello, acariciendole los senos con suavidad.

Le besaba, mordía su cuello, fino como el de un cisne, seguía descendiendo, sintiendo como su piel se tensaba, escuchando como su respiracion iba aumentando de ritmo, casi era imperceptible, pero los cambios se podía sentir en su pecho.

Llegué con mi boca hasta sus pechos, empezando a besarlos con delicadeza, lamerlos suavemente, acariciarlos y morder con cuidado los pezones, haciendo que estos se tensaran.

Podía oir como disfrutaba, como se extasiaba.

Después segui descendiendo hasta la parte baja de su abdomen, haciendo creer que me acercaba a su sexo, para volver a subir lentamente, dejandole sentir la friccion de mi barba sobre su estilizada figura.

Volví a ascender rápidamente hasta encontrarme con las finas facciones de su rostro, besandola de nuevo, mientras la acariciaba...

Mis dedos descendieron hasta su coño, notando cuan humedo y caliente estaba, acariciando con delicadeza, dejando que mis dedos fuesen abriendose camino con delicadeza, para ir masturbandola con suavidad y a medida que su excitación aumentaba, con mayor rápidez y violencia.

Cuando empecé a escuchar sus primeros gemidos de placer, fuí frenando el ritmo, dejando que disfrutara del extasis del momento y terminar sacando los dedos, no sin antes acariciar con suavidad su clitoris.

Acabé postrandome sobre ella, mirandola directamente a los ojos, perdiendome en el bosque verde que tenía como ojos y el fuego que era su melena.

Dejandome llevar por los instintos, mi miembro inhiesto empezó a penetrar lentamente, saboreando el momento a cada segundo, extasiandonos, fusionandonos en un mismo ser.

Poco a poco iba acelerando el ritmo, mientras nuestra respiracion se aceleraba, ella se agarraba a mi espalda, a mis nalgas, apretando con sanya, aranyandome, transmitiendome su placer.

Me acercaba a su oreja, asi que ella pudiese escuchar mi excitada respiración, morderle suavemente la oreja, mientras le susurraba en el oido palabras de amor sincero.

La pasión iba en aumento, las delicadezas y sutilezas se iban pasando por alto a medida que iba pasando el tiempo.

Los muelles vibraban bajo los cuerpos de los enamorados, gémidos de dolor y placer se escuchaban de la boca de ambos, viendose la espalda de él, marcada por los orgamos de ella. Él, lanzando improperios e insultos, embistiendola con más fuerza cada vez.

Pasamos horas asi, llegando al placer y extasis extremo varias veces, sintiendo el calor de nuestro cuerpo, el sudor que bañaba nuestra piel, con la sensación de que nuestras almas y corazones se fusionaban en uno mismo, hasta caer ambos rendidos de cansancio y placer, seguíamos besandonos, abrazados, hasta que finalmente nos durmimos uno junto al otro.

Por fin, al día siguiente, despertaba con la sensación que todo había sido un sueño, pero mi sorpresa fue despertame sin nadie a mi lado, pero aun así, desnudo.

Mi brazo buscó desesperadamente alguna muestra de ella, pero solo estaba el vacío dejado en el lugar que ella ocupaba.

Me alcé de la cama buscando alguna evidencia, alguna prenda.

No había nada.

No había prueba alguna de que lo ocurrido hubiese sido real, más que una pulsera de plata que parecía haberse olvidado en algún descuido, la cual reconocí como suya al instante, pues en ella, estaba grabado su nombre...

Raquel