miércoles, 17 de octubre de 2012

Los despertadores biológicos


El grito la sacó de su sueño. Un grito constante, agudo y cascado. Buscó a tientas en la mesita de la noche y, tocando una cabeza canosa, cesó el ruido. Se levantó con un bostezo y miró su viejo despertador. Ya era un anciano y era un engorro tener que estar cambiando sus vestimentas al menos cuatro veces al día. Aquello era lo malo de los despertadores orgánicos... o biológicos, como anunciaban en la televisión. Se dijo de ir a comprar uno después del trabajo y que ya no lo podía dejar más pues en algún momento se moriría y él llegaría tarde a la oficina por ser perezoso. Realizó la misma rutina de siempre. Encender la cafetera, mear, lavarse la mala cara del día anterior y ensayar una sonrisa, caída en fracaso como tal, afeitarse intentando no olvidar los informes y, de fondo, el maldito despertador orgánico.

Salió a la calle y oyó de pasada la radio de un tipo. Otra vez esa chica defensora de lo obsoleto que acababa de salir de la cárcel por escándalo y exibicionismo. La defensora de los despertadores de chatarra, como los llamaban los demás, porque aquella mujer decía que tener un despertador orgánico era inhumano. A él ni le iba ni le venía, solo quería algo que lo despertara por las mañanas y punto. Como si era orgánico como si no.

El trabajo fue tan monótono como siempre y, al salir de la oficina, no olvidó pasar por una tienda biológica. Estuvo mirando si comprar un embrión-despertador... pero salía muchísimo más caro que un bebé-despertador y, además, el otro había que mantenerlo para que saliera a gusto del consumidor. Por lo que eligió uno cualquiera y el dependiente se lo metió en una caja con rejas de madera para que el despertador no saliera por patas. Nada más llegar a casa, decidió probarlo. El otro despertador observaba en silencio, entristecido. Lo iban a sustituir. Al ponerlo en hora, el nuevo despertador empezó a llorar y hasta que él no le tocó la cabeza, no dejó de sonar. Una vez comprobado que iba, lo puso a la hora que debía sonar y lo dejó en su mesita de noche, cambiándolo por el otro. El anciano, del mismo tamaño que un reloj de noche, quiso llorar o protestar, pero no lo habían hecho para eso... "¿Qué más da? -pensó-, voy a morir..."
-Por favor, no te deshagas de mí -gimoteó.
El tipo lo ignoró. Todos hacían lo mismo. Todos y cada uno de ellos. En la fábrica intentaban remediar eso sin desconectar las cuerdas vocales que hacían que te despertaras.
-Por favor, no me tires, no quiero morir. Por favor, por favor, señor...
Lo ignoró, lo tiró al cubo especial orgánico... y a las pocas horas era recogido por un camión especial, llevado a la fabrica, triturado después de haber extraído las piezas importantes (esta era una parte engorrosa para los trabajadores, pues los gritos los obligaban a llevar protectores de audición) y eliminado.

Al día siguiente, el nuevo despertador sonó, con un grito distinto, con otro tipo de sonido. Lo apagó y realizó la misma rutina de siempre, sin pensar en lo que tenía realmente encima de la mesita de noche. Una atrocidad. Un ser humano en miniatura. Una persona. Una vida. Un despertador orgánico.

2 comentarios:

Wilhemina dijo...

Me pone la piel de gallina... Espero que eso no llegue a pasar jamas. Brrr

Trinity dijo...

Es bueno, pero debes seguir entrenándote en el ámbito de los relatos, Ika :P La práctica hace al maestro ^^ Aun asi y todo, me mola mucho. Es repugggggnante XD